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El grito de la selva

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En el campo del señor Carlos Makoviac, un campesino de Misiones, se está librando una lucha de titanes, que ya lleva unos 400 años. Una enredadera gigante, que nuestro buen hombre llama sin piedad “la estranguladora”, está asfixiando a un palo rosa de unos 50 metros, el árbol más alto de toda la selva Paranaense.

La batalla durará presumiblemente otros 200 años. Cuando por fin gane la “estranguladora”, morirá el palo rosa. Pero igual suerte correrá también su asesina, porque no tendrá ya de quién seguir agarrándose. Y se caerá.

Esta historia es una especie de parábola entre el bosque y el hombre.

Cuando el último árbol de este rico ecosistema americano, que supo ser el segundo en importancia detrás del Amazonas, haya sido derribado, ¿qué pasará con el oxígeno que generaban sus especies, las lluvias y la humedad que producían y albergaban, y la biodiversidad que allí se multiplicaba? El hombre ya ha “estrangulado” el 85 por ciento de la selva Paranaense que solía extenderse del Paraguay a las costas de Brasil, pasando, obviamente, por toda la provincia de Misiones, donde queda el 75 por ciento de lo que se mantuvo en pie. En otras palabras, un monito la podía cruzar desde las Cataratas hasta el mar sin tener que bajarse nunca del “colectivo” que eran las ramas de los arboles. Ya no más.

Para que sepamos bien de qué estamos hablando, vale la pena aclarar que esta selva es la misma que les da el marco de majestuosa imponencia a las Cataratas del Iguazú. Pero muy buenas especies de este parque fueron cortadas por quien supo ser su dueño, un señor vasco, que tiraba furioso los troncos más valiosos por la Garganta del Diablo. Se sabe que se extrajo petiribí, cedro, guatambú y cancharana, madera muy preciada.

El Parque Nacional Iguazú tiene 68 mil hectáreas. Luego, la provincia sumó otras 85 mil hectáreas a la conservación con el Parque Urugua-í. Prácticamente todo el resto del ecosistema, con algunos manchones por aquí y por allá, fue desmontado para plantar tabaco, yerba, soja, y sobre todo, pinos. Los pinos se usan principalmente para hacer pasta fluff, el elemento absorbente de pañales descartables, tampones y toallas femeninas. Pero, en el ecosistema de esta selva, no da lo mismo un pino que el palo rosa como el del señor Makoviac. La verdad, parece una locura tirar árboles para plantar otros, pero esto fue lo que ocurrió.

El Parque Uruguaí fue creado en 1990 para tratar de mitigar el impacto ambiental de la represa del arroyo del mismo nombre. Antes de eso, eran simplemente terrenos fiscales. Ya había comenzado el proceso de remate de estas tierras. De hecho, se llegaron a vender tres lotes. Y a los que estaban ocupando los terrenos ilegalmente, los echaron sin piedad, como recuerda muy bien el señor Makoviac, sentado en el patio de su casa lindera con la reserva. Hace más calor que de costumbre. El cambio climático, dice. Un poderoso ventilador de pie nos sirve de consuelo en un mediodía tropical.

De los tres terrenos que llegaron a venderse, uno lo compró el hermano de Makoviac, Don Albino, hoy de unos 70 años. Otro, un señor brasileño. El tercero lo adquirió una pareja de conservacionistas, que eventualmente lo puso a disposición de la organización Banco de Bosques.

Esta organización funciona de la siguiente manera: pequeños donantes entran al sitio de la ONG en internet (www.bancodebosques.org) y van “salvando” de a metro cuadrado el terreno.

Ya son 300 donantes que se han sumado a la iniciativa, entre argentinos y extranjeros. Cuando se termine de salvar todos los metros de este pedazo de bosque (44 hectáreas en total), se procederá a adquirir los otros terrenos.

Por lo menos el señor Albino parece muy interesado en recibir una oferta, porque ya se confiesa viejo y cansado.

Luego, toda la superficie rescatada será donada al Parque Provincial, para que pueda ser conservada a perpetuidad. No podrá volverse a lotear, cortar o dañar de ninguna manera. Restaurar su riqueza natural es a la vez rescatar patrimonio nacional de verdad.

Entramos a machetazos por el campo de Banco de Bosques, llamado Caá Porá, que según la leyenda guaranítica es una especie de Diana que corre desnuda por el monte. Hay que abrirse paso por la selva, porque ésta tiene la virtud de regenerarse muy fácilmente, y hacer que el viajero ignoto pueda perderse tragado por su garganta vegetal.

Emiliano Ezcurra, el director de la ONG, lleva un puñado de estacas en su mochila azul. Tienen en una de sus puntas el nombre de los donantes y la exacta ubicación geográfica de los árboles que ellos han elegido para salvar.

Se utiliza para la georreferenciación el sistema de Google Maps. Y ahora, estamos en plan de poner en el terreno la realidad virtual de la computadora.

Ezcurra es un tipo de un entusiasmo inagotable, hay que decirlo. El cuenta que la intención de Banco de Bosques es cambiar el paradigma de la conservación. Antes se esperaba que un millonario filántropo o el Estado se encargaran de proteger áreas vitales como ésta. Ahora son los propios ciudadanos, desde cualquier parte del mundo, los que pueden hacer lo mismo. Con tan sólo 20 pesos por mes se pueden ir rescatando pedazos de selva. Nuestra selva. Incunables especies argentinas.

Hoy son 300 donantes, mañana pueden ser 3 millones“, señala Ezcurra. “Con 20 pesos por mes, podés estar tranquilamente hablando de una verdadera máquina de salvar bosques, frenar emisiones de gases de efecto invernadero, al tiempo que creás de cientos de puestos de trabajo en zonas marginales“.

Tuvimos sólo una idea, que es la de crear el software de Banco de Bosques. Este combina tres cosas que ya existían: las ganas de la gente de saber dónde va la plata que dona, el Google Maps y el formulario de medios de pago online. Sólo con eso podemos poner patas para arriba el mercado de compra de tierras con naturaleza, hoy algo exclusivo de millonarios, empresas o fondos de inversión“, añade Ezcurra, mientras vamos entrando por el monte, que está lleno de sorpresas. Entre ellas, una víbora coral. Si te muerde, lo que es altamente improbable, te mata.

No hay suero antiofídico que te pueda salvar.

En la expedición viene Eli Gutiérrez, una mujer que tiene una óptica en Puerto Iguazú y goza, además, del extraño privilegio de ser descendiente del gran Julio Verne, el novelista francés que nos enseñó a ver el futuro.

Como vive relativamente cerca ­Caá Porá está a unas dos horas de esa ciudad­ viene personalmente a clavar su estaca. “Me parece imprescindible la conservación, la conciencia con el entorno. Son tan importantes como los grandes aportes económicos. Sin esto, no podemos avanzar realmente en un proyecto de conservación“, señala.

La voz del agua

Este ecosistema tiene la capacidad de volver a producir vida rápidamente, pero sus ejemplares más añosos necesitarán un tiempo eterno para poder volver con su esplendor original. Los lugareños les dicen “capoera” o “capoerón” a esos terrenos pelados donde volvió la naturaleza a hacer su trabajito. Reservan la palabra selva sólo para los lugares donde hay árboles altos y poca vegetación en el piso, porque no entra el sol desde hace centurias. Al penetrar en la selva, cambia automáticamente el grado de humedad del ambiente. Se siente que uno está en un impiadoso baño turco, porque es inevitable que el cuerpo suelte ríos de transpiración.

Caá Porá tiene porciones de capoera, de capoerón (vegetación ya más desarrollada) y de selva. Pero ahora vamos a visitar también el pedazo de selva del señor Carlos Makoviac, porque no hay nada como un actor local para guiarte por sus secretos. Los hermanos Makoviac hablan de sus árboles, plantas, bichos y animales como si por todos ellos corriera la misma sangre. Con esa familiaridad, con esa pasión. “¿Sabías que el agua habla, que el agua duerme? Vos podés escuchar las conversaciones del agua que está cayendo“, dice Albino. “El río Iguazú duerme. A cierta hora descansa. Cuando hay luna llena, el agua habla más“, asegura.

Y aun así, con esta capacidad de sentir el pulso de la naturaleza con cada célula de sus cuerpos, los Makoviac confiesan que muchas veces se sienten tentados por convertir la madera que conservan en pie en dinero, porque nadie les recompensa el trabajo de 50 años de haber mantenido selva intacta en sus tierras.

En lo de Don Carlos hay un árbol que se llama Sombra de Toro. Tiene unos 1.500 años. Hay que tomarse un tiempito para dar la vuelta a su alrededor. Es gordo, alto y orgulloso. Se llega hasta Sombra de Toro atravesando un caminito que su dueño llama “la 9 de Julio”: hay un palo rosa que es tan alto como el Obelisco porteño. “El precio para no sacar estos palos rosados es que mis hijos se hayan ido afuera y no hayan vuelto nunca más. Nos dicen locos por esto. Pero la selva está viva y es vida. Sin selva, no hay oxígeno“, cuenta. Y mientras camina, va mostrando la “farmacia”: los yuyos que sirven para curar heridas, los que tienen antibióticos, los que espantan las víboras.

El paso del tigre

Estas tierras de suelo rojo intenso y sombra es por donde circula “el tigre”, como los lugareños llaman con reverencia al yaguareté, el imponente gran carnívoro argentino, del que se cuentan cada vez menos ejemplares. Don Carlos asegura haber visto algunos, pero jura que nunca mató ninguno.

Habla de él como si fuera una criatura de proporciones míticas. Según su versión, cuando el animal tiene hambre hace un temible chasquido con las orejas. Y cuando anda con el vientre lleno, puede “relinchar como un caballo, berrear como un becerro, ladrar como un perro“.

Cuando las tierras de Urugua-í eran fiscales, los cazadores se metían sin pena a buscar yaguaretés, por cuyas pieles se pagaban fortunas. Por eso, quedan apenas entre 30 y 60 ejemplares en todo Misiones. Preservar su hábitat es también cuidar un pedazo de la herencia cultural de la Argentina.

La zona donde está Caá Porá es clave para el yaguareté“, afirma el biólogo Agustín Paviolo, investigador del Conicet y del Instituto de Biología Subtropical de la Universidad de Misiones. Y es a su vez una “trampa ecológica”. Esto es porque mientras hay condiciones ambientales fabulosas para el desarrollo de la especie, el sitio sigue siendo de fácil acceso para los que quieran vender el cuero del tigre para fabricar carteras, alfombras o abrigos. “Los encuentros de cazadores y yaguaretés siguen siendo frecuentes. Hubo unos diez animales muertos en este pedacito de selva“, sostiene.

Paviolo asevera que si se cerrara el paso de cazadores en esta porción de selva, se reduciría mucho el índice de mortalidad del yaguareté. Conservar esta especie significa algo más que una declaración de corrección política.

Como es el gran depredador de la selva sudamericana, también está en el tope de la cadena trófica. Y así regula al resto de las especies que hay en todo el ecosistema, lo que incluye, por cierto, al hombre. No porque se lo vaya a comer, sino porque cuando hay desbalances en el ambiente se puede, por ejemplo, producir enfermedades que nos afecten. “La presencia del yaguareté tiene además un potencial turístico muy importante, porque la selva que tiene esta especie indica que está en buen estado“, agrega.

Es por estas cosas que Ezcurra dice que hay que aprender a mirar el bosque (o la selva) no como el vacío que está detrás de la frontera agrícola, sino como un sitio de creación de valor y desarrollo. “Tenemos que abandonar la mentalidad pampeana de que el bosque es un estorbo y que en él no hay nada. La clave es darse cuenta de que hay una vida productiva en el bosque. La frontera la tenemos en la mente“.

A Ezcurra se le ocurrió la idea de Banco de Bosques viendo los avisos en los diarios, en los que se anuncia la venta de gran cantidad de propiedades con bosques “aptos para la soja” por apenas unos 500 dólares la hectárea. ¿Y si en vez de comprarlos para el desmonte se los adquiere para la preservación? Y así puso en marcha este proyecto en Misiones. Hay mucho más para salvar, como la estancia La Fidelidad, en el Chaco, para la cual la ONG junta botellas de PET, con el fin de convertirla en parque nacional.

Fuente: Revista Viva / Domingo 10 de Febrero de 2013

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