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El día a día de la Ciencia

Azar cósmico y bombardeo meteorítico

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El lunes 14 de enero de 2013 esta columna estuvo referida al “impacto de superbólidos en el último siglo”.

Por Ricardo N. Alonso, Doctor en Ciencias Geológicas (UNSa-Conicet).

Analizábamos allí el peligro potencial que representan los objetos cósmicos que medran en el espacio cercano y la media docena de casos de impactos violentos registrados en el último siglo. Desde el recordado evento de Tunguska en 1908 en la región de Siberia, pasando por el de la Amazonia brasileña de 1930 (Río Curacá), el de la Guyana Británica en 1935 (Rupununi), el de Sikhote Alin en la frontera entre Rusia y China de 1947, el de 1976 de Irian Jaya en Nueva Guinea, nuevamente en la Siberia (Río Vitim, 2002) y finalmente el del Altiplano Peruano (Carancas) en 2007.

Cada uno de ellos con sus propias particularidades, dado que el impacto fue en unos casos un cuerpo metálico (siderito), en otros cuerpos rocosos (aerolitos), una mezcla de los dos anteriores (siderolitos) e incluso pedazos de algún cometa, o sea hielo con fragmentos metálicos.

El denominador común es que todos habían caído en regiones despobladas, mayormente selváticas o bosques, o tundras o desiertos sin haber afectado la vida de personas, aún cuando la energía liberada por muchos de ellos fuera equivalente a varias bombas atómicas y hubiesen arrasado decenas de kilómetros a su alrededor.

La vida vegetal y animal sí sufrió las consecuencias tanto de la explosión como de los incendios huracanados que se desataron desde el foco del impacto. En Tunguska se registraron 80 millones de árboles arrasados y se encontró una manada de 1.500 renos fundidos. Otros incidentes con meteoritos estuvieron restringidos a un perro que fue alcanzado en Egipto así como algunos techos de casas y automóviles perforados.

No sabemos cuántas fatalidades pudo haber 5.000 años atrás cuando el Chaco santiagueño fue bombardeado por una lluvia de meteoritos de hierro-níquel algunos de los cuales pesaban varias decenas de toneladas. Sí sabemos que la vida cambió para siempre hace 65 millones de años cuando un asteroide de 10 km de diámetro se estrelló en Yucatán extinguiendo a los dinosaurios, dando origen a la expansión de los mamíferos (que llevaría a los humanos) y marcando el final abrupto del período Mesozoico (de la vida media) para dar inicio al Cenozoico (de la vida nueva).

Desde la ciencia y desde la ficción se piensa que si los dinosaurios no se hubiesen extinguido, serían ellos quienes habrían alcanzado un nivel de inteligencia y desarrollo tecnológico que los hubiese llevado hace varios millones de años a navegar hacia las estrellas. El pasado de la Tierra está sembrado de gigantescos cráteres de impacto meteorítico que nos recuerdan la vulnerabilidad de la vida frente a los peligros del espacio exterior. Precisamente este mes saldrá publicado en la revista Tectonophysics el hallazgo de un cráter de 200 km de diámetro y 300 millones de años de antigedad en la cuenca de Walburton (Australia).

Esta sería según los autores del artículo la tercera estructura más grande del planeta después del cráter de Vredefort en Sudáfica y de Sudbury en Canadá. Es posible que la mayoría de las eras y períodos geológicos estén marcados por catástrofes de origen cósmico que afectaron el planeta. El sabio francés Georges Cuvier pensaba que cada cierto tiempo se producían “revoluciones globales” que extinguían la vida existente para dar inicio a nuevas formas de vida.

Se lo considera el padre de la llamada teoría del catastrofismo, cuya coincidencia y concordancia con el relato bíblico, especialmente el tema del diluvio, hizo que fuera ampliamente aceptada. Luego quedó obsoleta bajo el peso de estudios diferentes como los que llevaron adelante Lyell y Darwin. Sin embargo, al igual que el vino nuevo en toneles viejos, fue reflotada al descubrirse en muchos de los estratos que dividen eras o períodos los restos anómalos de elementos químicos, tal el caso del iridio y otros platinoides, que indicaban una procedencia desde el cosmos. Fue cobrando fuerza lo que se ha dado en llamar el “neo-catastrofismo”. Todo esto viene a cuento a raíz del nuevo impacto de un meteorito en Rusia, esta vez en la región de Chelíabinsk en los Montes Urales el pasado 15 de febrero de 2013, con amplia cobertura en los medios internacionales.

Precisamente terminaba mi artículo de El Tribuno del 14 de enero pasado comentando que los meteoritos eran “gigantescas bombas del espacio” y que la humanidad tuvo en este tema una “gran suerte”. Y completaba diciendo que “el peligro potencial de los superbólidos impactando fuera de regiones despobladas sigue siendo motivo de preocupación permanente de los astrónomos y estudiosos del espacio exterior”. Exactamente un mes después ocurría este nuevo fenómeno en Rusia, que por suerte solo dejó pérdidas materiales por unos 50 millones de dólares pero sin haber afectado la vida de las personas, aún cuando se reportaron 1.000 heridos principalmente por la explosión de vidrios.

Por lo que se sabe se trató de un objeto que medía unos 17 metros de ancho, con una masa de 7.000 a 10.000 toneladas cuando chocó con la atmósfera; que ingresó con una velocidad de 60.000 kilómetros por hora y que explotó a unos 20 kilómetros por encima del suelo con una fuerza de cerca de 500 kilotones de TNT, esto es unas 30 veces la energía liberada por la bomba atómica de Hiroshima. La estela que dejó y que fue filmada y distribuida en tiempo real es exactamente igual a la que pintó el artista plástico ruso P.J. Medvedev, quien el 12 de febrero de 1947 fue testigo del superbólido que se estrelló en forma de lluvia de meteoritos en las montañas Sikhote Alin en la frontera Ruso-China y decidió plasmar el fenómeno en un cuadro al óleo.

Dicho impacto dejó millones de pedazos de meteoritos metálicos y varios cráteres de impacto de decenas de metros de diámetro. La masa total de fragmentos recuperados del siderito se estima en 70 mil toneladas. Si el superbólido de Tunguska de 1908 hubiese caído con una diferencia de cinco horas, la trayectoria lo hubiese llevado a impactar directamente sobre San Petersburgo con todo el desastre que eso hubiese significado. Una simple cuestión de azar. El espacio exterior está lleno de objetos cósmicos que pueden enfilar hacia la Tierra. Su eventual caída es estocástica y contingente. El filósofo y escritor americano Will Durant decía que “La civilización existe por consentimiento geológico”. Y cuánta razón tenía.

Fuente: El Tribuno de Jujuy / Lunes 04 de Marzo de 2013

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