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El día a día de la Ciencia

Cuando la ciencia pasa de los laboratorios a la pantalla

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Programas como CSI (y sus spinoffs), Dr. House, Bones, Lie to Me y The Big Bang Theory, además del argentino Area 23, marcan un cambio de paradigma y generan curiosidad en los televidentes respecto de lo que son y lo que hacen los científicos.

Por Sebastián Ackerman

En el año 2000, en el panorama de las series policiales irrumpió una que intentaba resolver crímenes de un modo particular: la intriga típica de “misterio a resolver” pasaba de la calle y el policía intuitivo, que descubría quién cometió el delito, a los laboratorios y un equipo de policías forenses que, tras una serie de pruebas, lograba identificar al delincuente. Tal fue el éxito de CSI (lunes a las 21 por AXN) que tuvo dos ramificaciones: CSI Miami y CSI NY. Y la razón científica se extendió a otras series: desde entonces, Dr. House (repeticiones, lunes a sábado a las 19 por Universal), Bones (viernes a las 21 por FX), Lie To Me (repeticiones, domingos a las 21 por Investigación Discovery) y la comedia The Big Bang Theory (martes a las 21.30 por Warner) hicieron de cómo resolver asesinatos, la manera en la que se puede curar una enfermedad, las fórmulas de la física experimental o la aplicabilidad de sus teorías el contexto en el que las historias que cuentan tienen lugar.

Los científicos ganaron en popularidad: el laboratorio forense liderado en sus inicios por Gil Grissom ya va por su decimotercera temporada, el médico encarnado por Hugh Laurie ingresó en el 2012 en el Libro Guiness de los Records por ser “la ficción más popular del mundo” (81,8 millones de espectadores en 66 países), y el primer episodio de la sexta temporada de la sitcom protagonizada por cuatro nerds y su vecina mesera fue visto por más de 15 millones de personas sólo en los Estados Unidos. Página/12 consultó sobre este fenómeno a expertos no sólo sobre las series, sino que además son expertos en el campo científico: los biólogos Diego Golombek y Luis Cappozzo, el físico Alberto Rojo y la química Valeria Edelsztein. La pregunta, claro, es por qué la ciencia pasó de generar “ratas de laboratorio” a estrellas de televisión.

En el día a día

El siglo XXI marca una diferencia en cuanto a desarrollo e innovación científica y tecnológica: cada conocimiento nuevo que se produce en un laboratorio tiene consecuencias (casi) inmediatas en la vida cotidiana. “Responde a una lógica de los medios en los cuales la ciencia y la tecnología real están siempre presentes”, observa Golombek, y agrega que no es simplemente una promesa de lo que vendrá. “Hay cambios vertiginosos en comunicación, en energía, en salud, con lo que estos personajes se vuelven un poco más parte de la realidad cotidiana. De ahí que estén tan reflejados en las series actuales, más allá de que están exagerados, igual de exagerados que está un policía o un detective en una serie.” Y Cappozzo apunta que detalles de la vida cotidiana, “desde los smartphones hasta los análisis que hace el médico o las operaciones bancarias, requieren que se conozca desde un lenguaje que proviene del mundo de la ciencia. Estamos en el siglo de la ciencia y la tecnología”.

Pero no es sólo una cuestión del día a día, sino también una especie de apuesta al futuro, creen. Un cambio de paradigma, para decirlo en términos científicos. Golombek opina que estas series posiblemente se deban “a lo que la gente está acostumbrándose a ver, la riqueza de una sociedad no está solamente en las reservas que tiene en el Banco Central, sino también en sus ideas, las patentes, y en cómo puede intercambiar tecnología. Si esto va creciendo en el imaginario social se va a ver reflejado en la tele”, analiza. Edelsztein, por su parte, sostiene que da cuenta de una apertura de la comunidad científica y un mayor interés del público respecto de qué hacen los científicos. “Estas series están mostrando un lado de la ciencia que no es el que uno se imaginaría, porque cuando se piensa en la ciencia es un tipo medio ermitaño –arriesga–. Pero se pueden hacer otras cosas, que tienen una explicación, y pueden servir para resolver un crimen, hacer un diagnóstico, y también puede ser divertido. Eso hace que a la gente le interese. Genera curiosidad.”

Divulgación sin vulgarizar

Un debate muy encarnado en el mundo científico –y sobre el que no hay ni habrá una postura unificada– es si las distintas formas de “divulgación científica” ayudan a la comprensión no sólo de los resultados de experimentos o avances científico-tecnológicos, sino también a las maneras y los caminos realizados para llegar a ellos. Y si los programas televisivos eran motivo de rispideces, las series aumentaron el escozor de la polémica. “A través de la televisión e Internet tienen una masividad que de otra manera no podrían lograr”, concede Edelsztein, y está convencida de que la televisión da “una oportunidad genial para comunicar ciencia”. “Hay que ver cómo se hace con los tiempos de televisión, con el formato de televisión. Es difícil, porque tenés que por un lado mantener lo televisivo, y por el otro lado también es interesante mantener cierto rigor, transmitir algún concepto. Es una oportunidad genial.

¿Cómo compatibilizar, entonces, la función de entretenimiento de las series de televisión con la necesidad de cierto rigor en cualquier planteo científico? Rojo tiene una propuesta polémica: aprovechar la masividad para, además de transmitir conocimiento probado, estimular el desafío a eso probado. “Disfruto cuando series o películas no respetan los principios físicos por un propósito artístico. La transgresión inteligente puede ser tan interesante como el rigor”, apuesta. Y Cappozzo, protagonista y asesor de la argentina Area 23, define: “Comunicación de la ciencia: hay que poder mostrar cómo opera el pensamiento científico, que es tan importante como dar una noticia científica, porque así cualquier persona curiosa va a tener mayor facilidad para poder comprender e interpretar una noticia sobre ciencia. Por eso las series son excelentes: porque, además, entretienen. Y todo el tiempo están explicando cómo es ese proceso”.

Me vuelve loco tu forma de ser

Grissom, House, Lightman, Brennan y, sobre todo, Sheldon Cooper –los personajes de las series mencionadas– tienen una gran dificultad para adaptarse a la vida social o les cuesta diferenciar entre el sentido literal y el figurado. De alguna forma, esas representaciones recogen lo que muchos imaginan que es (y hace) una persona que se pasa todo el día en los laboratorios diseñando fórmulas y experimentos. ¿Es tan así? “Hay un montón de detractores de estas series, médicos o científicos, porque dicen que estereotipea, que da la idea de que los científicos son asociales, que no pueden relacionarse, y lo interesante es poder reírse de uno mismo, porque hay un montón de cosas que uno ve reflejadas”, señala Edelsztein. Y aunque asegura que nadie es como aparecen los personajes en las series, ve cosas suyas reflejadas. “Y también muchas del entorno, especialmente en The Big…, que es la que más tiene que ver con el lugar donde estoy. Hay muchas cosas que son parte del comportamiento natural del hábitat…”, confiesa divertida.

Esa idea preconcebida tiene que ver con la representación del científico como una persona solitaria, en bata, que pasa más tiempo con las pipetas que fuera del laboratorio. “Lo del científico hosco es un estereotipo”, se planta Rojo. “Es cierto que si tu profesión es pensar, sos propenso a la introspección. Pero en el mundo científico hay hoscos y simpáticos, algunos incluso muy mediáticos y buenos científicos. Ahora, podés ser muy hosco y ser científico, pero no podés ser asocial (a la manera del estereotipo) y ser conductor de TV o especialista en marketing. La diferencia es quizá que la ciencia es un ámbito en que el hosco puede ser exitoso”, compara. Y Edelsztein coincide en que los rasgos de los personajes son tomados de la realidad, aunque rara vez se dan todos juntos. “Yo no me cruzo con gente que sea como Sheldon Cooper o House, pero hay sí workaholics que dedican su vida a hacer investigación y las relaciones humanas les cuestan mucho. Eso sí existe”, asegura.

Nada al azar

En las series analizadas, incluida la propuesta argentina, ninguno de los detalles científicos está librado al azar: ni los procesos químicos para determinar un ADN, la definición de la causa de una muerte analizando los huesos de la víctima, las causas de enfermedades extrañas y cómo curarlas o las fórmulas escritas en un pizarrón son producto de la imaginación de los guionistas, sino el resultado del trabajo de asesores científicos. Y sus voces se convirtieron en una parte central de las series, tanto para llenar espacios en blanco en los guiones o participar de la redacción original, escribir fórmulas en las pizarras, indicar cómo debe ordenarse un laboratorio o los “movimientos típicos” dentro de éste, e incluso actitudes domésticas o sociales.

Lo ideal es que el rigor científico se conjugue con el agregado dramático, aun cuando “la exposición es en gran medida superficial”, según Rojo. “De otro modo, creo que perdés a la mayoría de la audiencia. Algunas series en efecto están inspiradas en hechos reales: un ejemplo es el episodio de CSI basado en la pericia que hicieron Ernesto Martínez y Willy Pregliasco en el caso de Teresa Rodríguez”, ejemplifica. Golombek pudo hablar con David Saltzberg, el asesor científico de The Big…, y remarca que “no manda fruta”, una condición de la divulgación científica. “Cuando podés descansar en el rigor científico, tenés que aprovechar al máximo el formato, porque un programa de tele que habla de ciencia es un programa con las reglas y el formato que tiene la televisión”, piensa. Y añade que Mayim Bialik (que interpreta a Amy Farrah Fowler) es doctora en neurociencias de la UCLA, por lo que “no va a dejar pasar verdura en el guión. Eso es una escuela de cómo hacer divulgación científica: no mandar fruta, pero después dejarse llevar por el formato”, rescata.

Industria argentina

Area 23, que puede verse en TecnópolisTV (por la TDA u online), es una ficción protagonizada por Carolina Peleritti en el papel de Eugenia Simone, experta en biología molecular. Ella regresa al país tras diez años de investigar en el extranjero para incorporarse a un grupo de trabajo en un laboratorio de alta complejidad, que se dedica a resolver problemas de biología molecular y celular, genética, clonación, organismos genéticamente modificados y de salud pública y ecología. Aquí, como en las series norteamericanas, hay un asesor científico, que además es uno de los protagonistas: Luis Cappozzo. A diferencia de las políticas neoliberales expulsivas del sistema científico argentino, una de las intenciones del programa es despertar la vocación por la investigación y la innovación científica. “Necesitamos más geólogos, químicos, físicos, biólogos, científicos en general”, enumera, y también “mostrar que la industria puede mejorar procesos productivos a partir del buen uso de la ciencia”, apuesta.

En la primera temporada todos los temas tratados muestran cómo desde un laboratorio puede colaborarse en solucionar problemas de la gente: un ADN como herramienta para establecer un vínculo filial en un caso de un hombre que asegura nunca haber conocido a la mujer que dice ser la madre de su hijo; o la repetición de síntomas en casos de hospitales públicos donde mujeres jóvenes participaron en programas de fertilización asistida y tuvieron problemas por vivir en una zona con liberación accidental de tóxicos; o las consecuencias para el organismo de vivir en pueblos donde se rocían las plantaciones con agroquímicos. “Cualquier semejanza con la realidad, ¡es responsabilidad de la producción!”, bromea Cappozzo, que admite que hace años se debatió entre la posibilidad de dedicarse por completo a la actividad científica o ser actor.

Fuente: Página 12 / Martes 26 de Marzo de 2013

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