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El día a día de la Ciencia

Talentos argentinos

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Entrevista a dos físicos. Son dos científicos egresados del Instituto Balseiro. Victoria, detenido y torturado por la última dictadura militar, es una autoridad en energía atómica. Calderón ocupa un puesto de responsabilidad en INVAP.

Desde la apertura de Tecnópolis, quedó claro que el desafío del conocimiento en la ciencia y la tecnología forma parte de la vida cotidiana de millones de argentinos. La formación de talentos exige muchísimos recursos. El Instituto Balseiro fue creado a principios de 1955 como parte de las actividades de la Comisión de Energía Atómica, con el propósito de formar expertos en distintas disciplinas.

A los pocos meses, fue desplazado Juan Domingo Perón por un golpe alineado con los intereses de la gran potencia de Occidente durante la Guerra Fría: los Estados Unidos. Del Balseiro, sin embargo, siguieron saliendo expertos que tenían una visión soberana de su tarea. El último golpe cívico militar, el de 1976, intentó terminar con esa camada de científicos y tecnólogos.

El físico Máximo Victoria, egresado en 1962 del Balseiro, fue una de las víctimas. En esta entrevista cuenta su vida, antes, durante y después de aquella noche negra. Lo hace junto a Tulio Calderón, también egresado del Balseiro en 1983, y que en la actualidad es el gerente de Proyectos Aeroespaciales y Gobierno de INVAP, una empresa estatal que desarrolla proyectos de altísimo valor agregado en tecnología. Victoria y Calderón no se conocían antes de esta nota. Sin embargo, Victoria descubrió que el padre de Calderón lo había iniciado en la pasión de este físico notable desde su niñez: el aeromodelismo.

–Éste es un encuentro curioso, que va más allá de la pasión que ambos tienen por la ciencia.

Máximo Victoria: –Cuando me encontré con Tulio, al ver su nombre en la tarjeta, le pregunté si era pariente del Tulio que conocí en mi infancia, en Tucumán, el que me ayudó en la creación de un vicio que me ha acompañado más de 50 años. Soy aeromodelista casi más que físico. Y resulta que fue el padre de Tulio.

Tulio Calderón: –Son esas casualidades sorprendentes. Ayer estaba con mi padre que cumplía años, él se había recibido de ingeniero civil en Tucumán, pero desde muy chico se interesó por la aviación.

–Es muy curioso, Tulio, que vos hayas hecho una carrera que, en la actualidad, te llevó a estar a cargo de asuntos aeroespaciales de INVAP. De algún modo te subiste al aeroplano de tu papá.

T.C.: –En la familia muchos hicimos el curso de piloto de planeador. También hice Ingeniería por infección paterna y con un ánimo de encontrar cómo las cosas pueden ser útiles. Luego de Ingeniería Nuclear, de trabajar muchos años en reactores, fui pasando por el tema electrónico y luego a la electrónica de satélites cuando empezó el trabajo intenso, hace unos 20 años, en Argentina. Al día de hoy no sólo tengo que ver con satélites sino también con radares y otras cosas así.

–Los dos estudiaron en el Instituto Balseiro. Máximo, entraste en el año 1958, cuando se hizo el acuerdo entre Juan Perón y Arturo Frondizi, y egresaste en 1961. Pegaste raspando que no te recibieras con José María Guido, que algunos le llaman el presidente de los mocasines y que en realidad fue puesto por el general Rosendo Fraga, quien le ordenó que se sentara en la Casa Rosada. Tulio, entraste en 1979, en plena dictadura, y egresaste cuando llegaba la democracia. ¿Qué tiene de particular el Instituto Balseiro? ¿Qué diferencias hay entre estudiar allí en un periodo democrático y en uno dictatorial?

T.C.: –Sin dudas es un lugar muy interesante donde se concentran muchos alumnos pero, a su vez, hay más profesores que alumnos. Los profesores investigan durante el día, dan clase un rato y uno convive en un campus. Es un tema de inmersión. Desde ya que la realidad política influye, pero hay un enorme respeto al mérito personal de la gente, lo que puede contribuir independientemente de todas las otras características del entorno.

M.V.: –El año pasado mi promoción festejó los 50 años. Es un largo camino. Para mí, haber ido a estudiar allí, en Bariloche, fue un cambio radical. Yo fui uno de los tantos que en esa época todavía tuvo a Balseiro como profesor. No es solamente un recuerdo sino que lo atesoro como parte de mi formación. Balseiro tenía la idea de que un lugar alejado de la gran capital y un poco aislado sería más fácil para que los estudiantes se dedicaran a estudiar y trabajar. Y así surgió la idea de esta especie de monasterio para formar físicos e investigadores en el país.

–Sí, la primera promoción inició sus clases en 1955, o sea que esto surgió como una idea de Perón.

M.V.: –Balseiro estuvo en la Comisión de científicos destinada a estudiar a Richter (N. de R.: Ronald Richter era un físico austríaco, radicado en la Argentina después de la Segunda Guerra y estuvo a cargo del Proyecto Huemul destinado a generar energía atómica a partir de la fusión nuclear. Richter estaba instalado en Córdoba, donde estudió Física el mismo Balseiro). Supongo que fue ahí donde conoció las posibilidades del lugar donde después armó el Instituto. Por lo que conozco de la historia, fue allí donde también comenzó a pensar que existía la posibilidad de crear una institución única de su tipo en el país en su momento.

T.C.: –Había bastante intensidad y calidad en las cosas nucleares en la Argentina. Pero sucedían en grandes lugares como Buenos Aires, Córdoba, Rosario… Ronald Richter había venido a la Argentina con una propuesta de la fusión nuclear. Esto tuvo mucho apoyo y, como todos estos caminos históricos que no son fácilmente predecibles, generó un montón de reacciones. La comisión que investigó esto estuvo presidida por Balseiro. Y apreció que estar lejos de Buenos Aires tenía también sus ventajas. Era una apuesta al interior. La gente tenía que tomar la decisión de dejar a su familia para ir a investigar. Era un lugar agradable para vivir y es fácil atraer a talentos jóvenes.

–¿Qué requisitos debía –y debe– tener un joven que quiera aplicar al Balseiro?

M.V.: –En mi época tenías que tener dos años vencidos con buenas notas de una carrera ingenieril o técnica. En realidad, lo que decidía la entrada era una especie de entrevista que hacían el propio Balseiro y otros profesores en Buenos Aires.

T.C.: –Sigue siendo así. Fue un buen método que funciona hace más de 50 años. Hoy en día, hay otras carreras además de Física, como Ingeniería Nuclear, Ingeniería Mecánica e Ingeniería en Telecomunicaciones. Una vez que uno está dentro, tiene una beca completa –que paga el Estado– para que se formen durante toda la carrera.

–¿Cuántos aplicantes y puestos reales tiene el Instituto?

M.V.: –Creo que debe formar a diez físicos por año.

–Requiere esfuerzo, investigación y capacitación. Debe ser algo muy exigente…

T.C.: –Lo es, pero tiene grandes ventajas, como tener muy buenos profesores y compañeros.

–¿Cuánto les sirvió a ustedes en el mundo de sus profesiones? ¿Cuánto reconocen en otras naciones este título del Balseiro?

M.V.: –En Física, por lo menos, la fama del Balseiro ha ido creciendo con los años. Creo que hoy se cumple el sueño de Balseiro: que el instituto sea en América latina algo como el Massachusetts Institute of Technology… Creo que ese título me sirvió cuando, en 1976, tuve que salir a buscar trabajo.

T.C.: –Lo mismo que hizo el Balseiro al principio con Física, pasó más tarde con Ingeniería Nuclear. Argentina es referente, tiene un Programa Nuclear de más de 60 años. Ha construido más de 14 reactores aquí y en varias partes del mundo. No se conoce tanto, pero la tradición argentina en materia nuclear arranca de la tradición que tiene en Física. El Balseiro no solamente era un centro regional. Mis compañeros eran de Perú, Uruguay… Luego, cuando comenzamos a vender reactores en el exterior, las primeras formaciones de recursos humanos que hizo Egipto las entrenamos acá. Fue cuando le vendimos un Centro Nuclear. También a los de Argelia. Y en estos momentos se están entrenando las primeras promociones de ingenieros nucleares de Arabia Saudita. Estas son relaciones país-país que uno lo aprecia 40 años después, cuando alguno de esos científicos es presidente de la comisión de energía atómica de su país.

–INVAP ganó licitaciones en distintos lugares del planeta, compitiendo con los mejores del mundo…

T.C.: –Uno se sorprende de que la gente se sorprenda. Es así porque las visiones que tiene el país son múltiples, pero estando dentro de una colectividad de científicos, ingenieros e investigadores que tiene apoyo de un estamento muy alto del gobierno no se sorprende. Energía Atómica, por ejemplo, tiene apoyo de Presidencia de la Nación. Lo que se vio en esta década es que no sólo es una prédica, sino un accionar práctico. Se dice que hay apoyo y se ve que hay una implementación notable de esas políticas y programas a través del Ministerio de Planificación. En estos momentos, Argentina termina su central de Atucha II y programa otras. El reactor instalado en Australia está en funcionamiento; hace 20 años que trabajamos en Egipto; estamos vendiendo reactores a Estados Unidos. Esta es una industria de alto valor agregado. Es chica, pero es algo importante en la política del país.

Castro Madero irrumpe en la CNEA

–Quiero leerles algo: “Máximo Victoria se presentó a trabajar el 24 de marzo, como todos los días, en su cargo directivo en el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), donde se desempeñaba desde 1973. Estaba de licencia en la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). Pero el director del INTI le dijo que debía volver a su antiguo puesto. Lo recibió el flamante interventor del organismo, el almirante Carlos Castro Madero, que había asumido ese mismo día”, empezaba la noche negra en Argentina. ¿Cómo fue tu vida en esos días?

M.V.: –Yo volví a la Comisión, en la avenida Constituyentes (y General Paz), donde estaba mi grupo de investigación. Allí me indicaron que tenía que ver al jefe de Personal. Cuando me presenté, me dijo que estaba detenido por terrorista. Me sacaron a punta de fusil. Me desnudaron en la planta baja para asegurarse de que no estaba armado. Luego llegaron otros agentes que bajaron de un auto aparentemente privado. Me montaron al auto y 100 metros más adelante, me sacaron, me pusieron una capucha y me metieron en el baúl. Me llevaron directamente a un barco que creo estaba apostado en el puerto de Buenos Aires. Ahora creo que era el Bahía Aguirre. Estuvimos dos o tres semanas. Hablo en plural porque a medida que pasaba el tiempo me enteré por las voces que estaban otros compañeros de la Comisión de Energía Atómica. Luego de esa primera etapa de cautiverio me llevaron a otro buque en el que fui interrogado por los servicios de la Marina. Después de un mes de estar secuestrados aparecimos legalmente detenidos a disposición del Poder Ejecutivo en Devoto.

–En ese entonces había distintas formas de militancia. ¿A ustedes los metieron presos por temas específicos de los proyectos en materia nuclear?

M.V.: –Era una de las excusas, creo. Desde los comienzos de la dictadura, la CNEA tuvo un presidente de la Marina. Tenían interés en los submarinos atómicos. Que yo sepa, esa idea nunca se materializó, al menos dentro de la Comisión.

–Visto a la distancia… ¿la dictadura quería independizarse de Estados Unidos en materia nuclear y quería tener sus propios proyectos hasta el delirio de ser su propia potencia o querían alinearse con Estados Unidos como sucedió en los noventa?

M.V.: –Mi respuesta es un poco compleja. De plano te diría que no querían independizarse. Si bien el Ejército y la Marina tomaban una posición nacionalista en ese terreno, la realidad de las cosas demostraba que no era así. El origen de mi enemistad con los órdenes militares viene de cuando volví de Estados Unidos, donde había estado dos años como postdoctorante. A mi regreso, volví al Centro de Metalurgia que la Comisión tiene en la avenida Constituyentes. Una de mis tareas era la evaluación de materiales nucleares. Hasta ese momento no me había especializado en el tema. La Comisión había comprado la primera central de Atucha. Hubo una discusión técnica que luego se convirtió en política sobre qué tipo de centrales nucleares debía construirse en el futuro en Argentina. En realidad, la pregunta era mucho más profunda: ¿cuál era el futuro tecnológico del país? Pero específicamente, ¿cuál era el plan nuclear de estas centrales? La respuesta no fue clara. Se convirtió en una cuestión política y en los años setenta fue un tema de fuertes debates y controversias. Quedaba claro que los militares habían tomado ya una opción. Cuando esta discusión se hace pública, la dictadura puso a (el vicealmirante Carlos) Castro Madero como uno de los que decidían cuál era la dirección que el sistema debía tomar. Una primera decisión era de pasar a comprar centrales Westinghouse a Estados Unidos.

–Parece de una lógica contundente. Esta era una dictadura igual que las otras dictaduras latinoamericanas. Todas tocaban en un concierto donde la batuta siempre la tuvieron los Kissinger, los Nixon o algún otro que estuviera al frente del complejo tecnológico militar más poderoso de la historia de la humanidad. La lógica imperial indica que no alcanza con tener los bancos sino también controlar las tecnologías sensibles de estar vinculadas a los nuevos armamentos, especialmente los atómicos.

El desafío de la soberanía tecnológica

 –Tulio, además de tu formación en el Balseiro, estuviste en la Universidad de Stanford, en Estados Unidos. Hablemos de cómo es el desafío de una Nación para capacitar e invertir recursos que construyan políticas soberanas en estas materias.

T.C.: –Yo comencé a estudiar a finales de los setenta hasta principios de los ochenta. La carrera de Ingeniería Nuclear se creó en 1977. Yo entré porque me resultaba muy interesante y compleja. El país tenía muchas inversiones y se había decidido comprar algunas centrales con una tecnología que se podía nacionalizar en gran medida. Consistía en usar agua pesada, que era una cosa que se podía comprar y usar el uranio natural tal cual se encuentra en la naturaleza. Canadá estaba adelante en esto, otros países iban experimentando y Argentina fue en esa dirección. La otra opción era el uranio enriquecido. ¿Recuerdan la Guerra Fría? Había dos potencias y claramente si una Nación tenía el dominio de esa técnica estaba un paso adelante respecto de los armamentos nucleares. Era algo restringido. Muchos países usaban el uranio enriquecido y usaban el agua normal. Al meterse la Argentina en la línea del uranio natural y el agua pesada, capitalizó la central de Atucha I, la de Embalse y la de Atucha II. En esta última década, Atucha II se recuperó luego de estar parada por 20 años. Los proyectos tanto de inversiones como en materia laboral se lograron en esta última década. Y ahora se está hablando de qué pasa más allá. Entonces Argentina está en condiciones de preparar sus propias centrales nucleares. Hay que mirarlo en un contexto histórico, en períodos de 50 años. Cuando se construye un reactor, dura 40 años; luego se le extiende la vida y es prácticamente eterno. Los reactores que lanza INVAP, que son experimentales, son el resultado de una larga historia. Se hicieron en la Argentina y no se compraron en el exterior gracias a que existe la carrera de Ingeniería Nuclear del Balseiro. Concretamente, el R6 (un reactor nuclear) fue hecho en Argentina. Se decidió fabricarlo y en cuatro años estaba listo. Esa fue la base que nos permitió exportar reactores a Argelia, a Egipto, a Australia… y ganamos un par de licitaciones que no se concretaron. El reactor crítico de Bariloche tiene ya 30 años. Entonces, si los proyectos y las unidades productivas duran 30 años, las decisiones políticas en este tema se están tomando implícitamente a dos o tres generaciones adelante.

–Si podemos tener una institución pública como el Balseiro, ¿qué nos pasa en otras áreas en las cuales da la impresión de que nuestro talento está vedado a intereses de empresas extranjeras? Es una pregunta que no se si la pueden responder ustedes, pero vale la pena dejarla planteada… Máximo, vos decías que tuviste que ir a buscar trabajo afuera.

M.V.: –Pasé algo así como ocho meses en distintas cárceles argentinas…

–¿Estuviste en Sierra Chica?

M.V.: –Sí, hasta el final de la historia, octubre o noviembre de 1976. Con el traslado a Sierra Chica todavía tengo pesadillas. Ahí fue donde me rompieron los huesos. Cuando conseguí zafar, todo el mundo me recomendó que me fuera. Por suerte había renovado mi pasaporte unos meses antes del golpe. Así que partí con mi familia dos o tres días después de que me liberaron. Primero fuimos a Bélgica donde estuve en el Instituto Belga de la Soldadura haciendo la metalurgia pura y dura. A raíz de esos trabajados, me contrataron como director de Investigaciones y Desarrollo en un instituto de Francia. De ahí me invitaron a Suiza a dar un seminario en lo que hoy es el Instituto de Investigaciones en Física ¡Me hicieron una propuesta a la que no podía negarme…! Esto fue en febrero de 1980.

–Quince científicos y trabajadores de la Comisión Nacional de Energía Atómica fueron secuestrados y desaparecidos durante la última dictadura. Otros 11, como Máximo, pudieron salvar su vida. Muchos otros fueron expulsados. ¿Venís a la Argentina cercanos al 24 de marzo por algún motivo específico?

M.V.: –No necesariamente por el 24 de marzo. En realidad, me parece importante materializar esta historia en los juicios que se están llevando a cabo contra los responsables de esa represión. Y yo espero poder declarar.

–Hasta la Noche de los Bastones Largos, en julio de 1966, los institutos de investigaciones de las universidades –especialmente la de Buenos Aires– tenían recursos, autonomía y gente de talento para sostenerlos. También el respeto hacia los investigadores. Eso tiene que haber influido para que vos, Máximo, tuvieras las ofertas de las que hablás…

T.C.: –Lo que es tecnología asociada a las industrias es un diferenciador enorme entre los países con más potencial de crecimiento. Las diferencias entre las economías primarias y las que pueden trabajar en temas de alto valor agregado son notables. La gente es excelente en Argentina. Somos un país mediano que estamos en el lugar 20 en un montón de cosas. Habiendo voluntad, en muchas cosas, en 20 años es sólo jugar en equipo. Tenemos figuras en casi cualquier disciplina. Cuando uno mira la base de las Escuelas Nacionales de Educación Técnica que se perdieron en los noventa y que está costando mucho recuperar… perdés la base industrial. Sólo recuperar esa base industrial toma una generación. Y eso creo que está pasando ahora. Corea (del Sur) es un país que quedó devastado por la guerra, pero pasa a ser una potencia en dos generaciones. Las políticas que se plantean hoy en estos temas están mirando hacia adelante 50 años. Estamos fabricando radares que van a durar 30 años. Argentina intentó comprar sus radares afuera dos veces. Dos grandes licitaciones en los ochenta y los noventa. La pregunta es: ¿por qué es mejor hacer las cosas acá que comprarlas afuera? Solamente la perspectiva económica te da la respuesta. Si comparás lo que cuesta hacer acá con lo que gastás comprando afuera es mucho menos. Además, adquirís la posibilidad de exportar. En la actualidad estamos trabajando en INVAP en muchas áreas. El Decreto 1407, firmado por Néstor Kirchner, define el plan nacional de radarización. Estamos inmersos trabajando para los ministerios de Defensa y de Planificación Federal. Hicimos los radares de Defensa, de control de tráfico aéreo, y ahora estamos haciendo los de control meteorológico. Todo esto se basa en una decisión de alto coraje, que se inició en los noventa, de la Comisión de Actividades Espaciales, que determinó hacer un radar espacial que midiera la humedad en La Pampa. En la actualidad, para Suramérica, para la Unasur, somos el referente en tema radares. El siguiente paso es tener la capacidad de exportar estos radares.

Soberanía y largo plazo

–Máximo ¿qué cosas te marcaron de esa época que te permitió seguir con tu carrera de investigador y científico? ¿Qué barreras de la Argentina te han generado –si es que las hay– entre un antes y un después cuando volvés a ver a amigos y colegas?

M.V.: –Mi tesis de grado tuvo la característica que fue experimental en un campo en el cual no había ningún trabajo en la Argentina. Ahora se llama Ciencia de Materiales pero en ese tiempo era Metalurgia Física. Para hacer mi tesis tuve que construir un laboratorio que todavía existe en el Balseiro. Había una media docena de postulantes en eso. Es decir, había logrado tener todos los medios para estructurar un programa de investigación en su totalidad. Luego tuvo sus altos y bajos. Recién en los últimos años, gracias a una política que creo extremadamente eficiente de desarrollo científico y tecnológico, volvemos a tener grandes programas de investigación que son sostenidos por el dinero del Estado, y si se quiere, además, eventualmente de la industria. Mi valor científico quizás viene menos de la ciencia que de mi capacidad de organizar programas científicos. Lo que me llevó a Suiza, de alguna manera, fue que alguna gente conocía esa capacidad. Los suizos querían construir una máquina nueva para testar materiales en condiciones particulares. Ese fue el comienzo de 30 largos años de carrera en la Unión Europea.

–Curiosamente, cuando la Argentina crea equipos modificamos muchas cosas. Me parece que en muchas otras cosas tenemos mentalidades medievales y nos cuesta el trabajo colectivo.

T.C.: –El trabajo en equipo lo es todo. Uno lo escucha al ministro Lino Barañao decir que ya pasaron las épocas donde un investigador llegaba a un Premio Nobel trabajando solo en un laboratorio. Hoy las instituciones tienen proyectos a largo tiempo y son docenas de personas trabajando por un proyecto común. Hoy en día la ciencia es global. En industria trabajamos para proyectos que son definidos por el Estado, las agencias o las empresas grandes. Arsat (Argentina Satelital S.A., con el 100% de las acciones del Estado), por ejemplo, está llevando un plan de comunicaciones ambicioso: triplica sus fibras ópticas, tiene tres satélites geoestacionarios, televisión digital en todos lados, comunicación a todos los entes de gobierno y datacenter de disponibilidad en Buenos Aires. Argentina va a cambiar radicalmente en menos de cinco años en sus estructuras comunicacionales. Hoy en día hay una dinámica donde la base ya se ha generado y hay una capacidad mucho más eficiente para adelante.

M.V.: –La historia de la idea genial todavía existe. Pero de esa idea a la práctica tecnológica hay un camino a recorrer que nunca es individual. Hay una complejidad en el sistema que uno trabaja y modifica para conseguir esos avances tecnológicos.

–Tulio, cómo es la complementación entre el sector privado y el Estado.

T.C.: –El Estado tiene varias formas. Nosotros (INVAP) somos una Sociedad del Estado y tenemos similitudes con las sociedades anónimas. Nuestras acciones pertenecen al Estado que, en este caso, es Río Negro. No tenemos presupuesto así que actuamos con la lógica privada en muchos aspectos. Esto no es un invento argentino. Buena parte de las empresas que conocemos, en Francia por ejemplo, son del Estado. Los conglomerados de Estados Unidos arrancaron también así.

–¿Dónde está la diferencia?

T.C.: –Nuestro estatuto es generar trabajos genuinos de tecnología en la Argentina sin costarle un peso más al Estado. Es competir contra los que compiten. Al no tener que pagar dividendos a nadie, reinvertimos esos dividendos y repartimos el 15% de las ganancias entre los empleados.

M.V.: –Yo he sido, en buena parte de los 50 años que llevo investigando, pagado por el Estado. Me parece importante resaltar que no siempre ha sido así. El hecho de que el Estado pueda financiar no sólo la investigación puntual sino un programa de trabajo es una labor importante del Estado.

Fuente: Miradas al Sur / Domingo 31 de Marzo de 2013

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