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El día a día de la Ciencia

La belleza de lo científico

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Un físico argentino analiza la relación que une ciencia, literatura, y arte en general.

Es posible que algún día sí se invente un sistema capaz de rastrear el recorrido de una idea, un radar que muestre cómo una hilacha de pensamiento nace y termina por convertirse en el eje de una novela o en una teoría científica. El físico, guitarrista y escritor tucumano Alberto Rojo cuenta que hasta hoy, sin embargo, el funcionamiento del cerebro es una especie de territorio comanche por el cual le cuesta avanzar a la ciencia.

Creo que hoy por hoy, uno de los grandes saltos científicos sería lograr entender las redes neuronales, porque no tenemos mucha idea sobre qué ocurre exactamente en el cerebro”, cuenta este científico salido del Instituto Balseiro, que desde hace varios años trabaja como docente de física cuántica en la Universidad de Oakland (Estados Unidos). Tras escribir varios libros en los que se ocupó de temas como el azar o la física en la vida cotidiana, Rojo presenta “Borges y la física cuántica” (Siglo XXI editores), un libro en el que intenta rastrear el recorrido de ciertas ideas artísticas que se adelantaron a teorías científicas o, por el contrario, de teorías que afectaron las disciplinas artísticas de su tiempo.

En los artículos que recopila el libro analiza la influencia de los pintores renacentistas en las investigaciones astronómicas de Galileo, explica el funcionamiento del GPS a través de una trama policial, señala la similitud entre el cuadro “Noche estrellada” de Van Gogh y los halos de materia oscura, o habla sobre cómo Jorge Luis Borges, con su cuento “El jardín de senderos que se bifurcan”, postuló una teoría cuántica del tiempo antes que la física.

La hipótesis de fondo de cada uno de esos artículos –y que él reconoce que no es suya, sino “un precipitado de ideas de otros sustanciada en hechos históricos”– es que muchas veces la ciencia no avanza buscando la verdad sino más bien la simplicidad, la simetría o el equilibrio, ideales ligados más bien a lo bello. “Creo que en el fondo, la ciencia es una creación de la mente igual que lo es el arte, que la misma imaginación que crea el arte crea la ciencia. No hay que engañarse con la creencia de que las leyes físicas gobiernan el Universo, esa es una idea más religiosa que otra cosa. En el fondo, las leyes físicas no son leyes sino descripciones nuestras, síntesis mentales de las regularidades del Universo”, explica Rojo.

La idea de empezar a buscar estos cruces entre disciplinas le viene a Rojo desde chico. Creció leyendo literatura gracias a la biblioteca que tenía el padre, es un guitarrista experimentado que llegó a grabar con Mercedes Sosa y también un fanático desde la adolescencia de divulgadores científicos como Carl Sagan, Martin Gardner o Isaac Asimov.

Cuando comenzó a estudiar física, lo sorprendió ver la cantidad de biólogos, físicos o astrónomos que aludían a la literatura y hasta incorporaban fragmentos de un cuento o un poema como epígrafe para sus trabajos. “Uno, además, empieza a descubrir que hay cierto lirismo en muchos trabajos científicos, una suerte de estética subyacente en la ciencia. De hecho, parecería ser que toda idea sofisticada e inteligente acaba siendo verdadera. Es un enigma por qué la realidad se comporta de la forma que a nosotros nos parece más interesante, pero la historia de la ciencia apunta a que, aparentemente, es así”, explica Rojo.

Uno de los ejemplos más claros de ese lirismo en la ciencia lo encuentra en el denominado “año milagroso” de Einstein, que en 1905 escribió cuatro de sus trabajos más importantes, entre ellos la Teoría de la Relatividad. Según Rojo, durante ese año Einstein tomó ideas como la de los cuantos (unidades que permiten dividir la energía de la luz en cantidades enteras), que ya había sido formulada por Max Planck en el año 1900 pero que existía como una ficción matemática, para elaborar teorías que poco tiempo después sí pudieron ser probadas de forma experimental.

En los trabajos de ese año admirable de Einstein confluyen la realidad y la ficción de un modo que no tiene precedentes en la historia del conocimiento. La palabra ficción aparece en casi todas las ideas que él toma”, asegura el físico argentino.

Noticias: ¿Ve algún parecido entre los temperamentos de Einstein y Borges, la otra personalidad que más nombra en su libro?

Alberto Rojo: Sí, creo que ante todo eran dos iconoclastas, dos personas que repensaron la realidad por su lado, sin seguir modas, y por eso dejaron obras sinceras.

Borges no se hizo conocido sino que tuvo 60 años, hasta entonces escribió una literatura que no parecía tener proyección, unos cuentos que hasta fueron considerados pedanterías. Einstein hizo algo parecido, escribió sus cinco trabajos más famosos mientras trabajaba en una oficina de patentes en Zurich, buscando solo lo que lo intrigaba.

Otra cuestión podría ser un cierto desapego por la familia y la patria, creo que eran dos personas un poco universales. Además, me parece que los dos tenían una idea religiosa análoga. Creo que ambos creían en ese dios de Espinoza, en la idea de que hay un misterio al que uno está vinculado. De ahí viene la palabra religión, re-li-gar, estar ligado a un misterio.

Relaciones

Entre los principales ejemplos de influencia de la ciencia sobre una corriente artística, Rojo menciona a la pintura puntillista o el cubismo: detrás de un cuadro plasmado con puntitos gravita, según él, la imposición del atomismo en la teoría de la física y la idea de que los átomos son reales. “Lo mismo se puede decir del cubismo. Hay una parte de transgresión de la perspectiva tradicional de la pintura, pero también hay un juego con varias visiones simultáneas de lo mismo. Uno no puede dejar de pensar que Picasso pintó “Las señoritas de Avignon” en 1906, justo después de que Einstein planteara que el espacio y el tiempo son prácticamente intercambiables. Más allá de que no conociera esa teoría, hay algo de esas ideas que están en la matriz cultural de la época”, hipotetiza el físico argentino.

Noticias: Da la sensación de que la física hoy ha perdido un poco de peso como disparador de ficciones en comparación a otras disciplinas científicas. ¿Usted qué cree?

Rojo: Creo que hay cosas como los universos paralelos que siguen funcionando, pero es cierto que no vivimos un auge de la física como en los años ´40, ´50 o ´60, con la explosión de la física nuclear, o como en los ´70 con la electrónica, una época en la que todo era “tron”. Hoy los grandes avances, en ese sentido, se están dando en el territorio de la biotecnología. Es increíble lo que puede llegar a pasar y está muy cerca.

Imagínese cuando le pongan un chip y podamos generar conciencia colectiva entre los dos, una especie de wi-fi entre los dos cerebros, que permita pensar entre varios: eso está ahí, ya hay chips para implantes.

Noticias: ¿Qué otras ramas de la ciencia ve como disparadores de ficciones o arte?

Rojo: Bueno, en materia de comunicación vemos cosas que eran ciencia ficción. Lo que falta es dar un paso desde las redes de comunicación para entender las redes neuronales: ese sería el salto. No tenemos mucha idea sobre qué ocurre en el cerebro.

Un gran problema neurocientífico es el libre albedrío. ¿Existe o no existe? Luego hay cosas más directas como las células madre, la clonación, la posibilidad de programar seres humanos y tener un reloj que les permita a las personas saber qué les va a pasar en cuanto a enfermedades. Hay muchos territorios inexplorados en la biotecnología, eso es lo que cuenta la película “Gattacca”, que tiene que ver con programación genética.

Inspirados e inspiradores

El físico argentino Alberto Rojo cree que la ciencia busca la belleza y el equilibrio, tal y como lo hace el arte en sus diferentes formas: desde la literatura hasta la plástica.

Jorge Luis Borges, en su “Jardín de los senderos que se bifurcan”, postuló una teoría cuántica del tiempo antes que la física. Albert Einstein, muy vinculado con la ficción. Carl Sagan, inspiración para Rojo.

Áurea proporción

Uno de los puntos de contacto entre ciencia y arte a los que más se hace referencia es el uso de la proporción áurea en pintura, arquitectura o música.

Muchos documentales hablan de que el cociente entre el ancho y el alto del Partenón –o de los principales cuadros del Renacimiento– se acerca a 1.618, una proporción que aparece habitualmente en geometría o botánica y que a veces se relaciona con la belleza de las obras de arte. El físico argentino Alberto Rojo, sin embargo, cuestiona esa idea. “Este tema de las relaciones áureas tiene su razón en la botánica, como principio de eficiencia, pero después se extrapola. El adjetivo áureo viene de la idea de que esa proporción es agradable a la vista, una observación debatible. A los seres humanos les gustan las formas apaisadas, pero la idea de su uso durante el Renacimiento está sobredimensionada. Si uno mide los cuadros ve que las proporciones dan 1,5, o 1,6 o 1,44. Con el Partenón lo mismo, todo depende desde dónde lo midas”, explica. Uno de los ejemplos artísticos más conocidos es “El hombre de Vitruvio” de Leonardo Da Vinci, pero las proporciones de esa figura tampoco se ajustan exactamente a la proporción áurea.

Ágata Olariu, física rumana, midió las proporciones de 565 cuadros de pintores famosos y descubrió que la proporción promedio entre los lados de esos cuadros era de 1,32. “Aun así, hoy hay muchos objetos que se diseñan siguiendo la proporción áurea, como las tarjetas de crédito o las libretas Moleskine”, cuenta Rojo.

Fuente: Revistas Noticias / Sábado 04 de Mayo de 2013

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