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Antropología y universidad para la inclusión

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La provincia de Jujuy es un caso significativo en lo que se refiere a diversidad cultural y desigualdad social, producto de la estigmatización étnica. Desde la antropología social y las aulas de la universidad se busca balancear diversidad e integración.

Diálogo con Ricardo Slavutsky, antropólogo, decano de Humanidades de la Universidad Nacional de Jujuy. 

–¿Quiere presentarse?

–Soy doctor en Antropología, egresado de la UBA. Desde 2010 soy decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Jujuy, investigador en los últimos años en proyectos de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica.

–¿Cuál es su tema de investigación?

–Llevo veinte años viviendo en Jujuy, trabajando en investigaciones en antropología social, estudiando el proceso de la emergencia de los pueblos originarios desde una perspectiva diferente de la antropología clásica, que es vivir permanentemente en el lugar donde trabajamos en el campo. Esto es, con compromiso existencial en el sistema de relaciones sociales de la vida cotidiana. Esto produce no solamente transformaciones en la gente con la cual uno interactúa, sino en uno mismo.

–Y de lo que estuvo investigando, ¿qué averiguó, qué comprendió?

–La indagación acerca de la diversidad, la diferencia cultural entre los pueblos o conformaciones sociales, nos fue llevando a las cuestiones de las denominadas “identidades en situaciones concretas”, que tienen que ver, hoy más que nunca, con las disputas territoriales, que ciertamente en el caso de la Argentina están consagradas legalmente, pero que en la práctica implican conflictos y fricciones sociales. En ese sentido, nuestras investigaciones fueron derivando hacia cuestiones sociales de base étnica.

– ¿Hay una distancia muy tajante entre el mundo de los pueblos originarios y el mundo occidental?

–Yo creo que en el mundo contemporáneo no hay diferencias tajantes. Hay lugares de contacto muy fuerte: en América la integración fue inicialmente compulsiva, los pueblos indígenas fueron integrados como fuerza de trabajo, como esclavos, con lo cual comenzaron perteneciendo a un mismo sistema de relaciones sociales, ubicados en un lugar de subordinación y de explotación. Esto produjo la acumulación de situaciones de estigmatización, que en definitiva fueron generando lo que llamamos diferencias y desigualdades sociales, culturales y económicas, que se concentran territorialmente. El caso de la provincia de Jujuy es un caso especialmente significativo…

–¿Por qué?

–Porque, a diferencia de otras provincias –Catamarca por ejemplo, donde antes de la invasión española había más población indígena–, en Jujuy el Marquesado de Yavi produjo una seudoprotección de quienes integraban la fuerza de trabajo al servicio de la hacienda. Y eso, más la inaccesibilidad, produjo las condiciones para que la población indígena se pudiese reproducir y mantener mucho más tiempo en condiciones de aislamiento y protección que en otros lugares del territorio argentino. En ese sentido, se produjo una reproducción cultural más sustantiva, que hace a lo que vemos hoy como tradicionalidad, tan vigente en el nordeste argentino.

–En los últimos 50 años, con la llegada de la televisión, la electricidad, agua corriente, Internet, ¿no se produce una globalización?

–Los instrumentos tecnológicos del mundo contemporáneo no llegan a todos lados. En la Puna, salvo zonas específicas, no hay Internet, teléfono, señal de celular ni televisión. No es así de sencillo. Pero que no llegue no quiere decir que no sean conocidos.

–¿Cuál es el proceso? ¿La desruralización, el despoblamiento?

–La migración de los jóvenes es un proceso muy previo a la globalización comunicacional. Si tomamos la década del ’90, esos territorios fueron territorios de refugio, hubo lo que se denomina migración de retorno, porque las condiciones de frustración de los migrantes a los centros urbanos sin trabajo implicó también la vuelta de parte de esta gente a sus lugares de origen. Eso dio como resultado algunos procesos interesantes. Mucha gente que volvió de experiencias urbanas, inclusive de movimientos sociales, produjo una renovación de la dirigencia, dirigentes jóvenes, más activos, con otras perspectivas.

–¿Qué pasa con la medicina en las comunidades originarias?

–Hay una medicina tradicional. En realidad la gente diferencia lo que ellos llaman enfermedades para la medicina occidental y lo que son otras enfermedades que pueden ser curadas por métodos tradicionales. Sin dudas, ésa es una de las cuestiones que se vienen revisando desde los programas de salud rural, con el aporte de nuestros egresados de la carrera de Educación para la Salud. Jujuy y Neuquén fueron las dos primeras provincias que aplicaron el programa de atención primaria de la salud. Frente a la enfermedad, lo que demanda la gente es la máxima tecnología, para lo otro, aquello que está dentro del saber popular, existe la medicina tradicional.

–¿Y hoy en qué punto estamos? ¿Hay que hacer un proceso de integración, o hay que hacer un proceso de afirmación de la diferencia?

–Estos procesos son etnopolíticos, esto quiere decir que es una disputa política con base étnica de las propias identidades originarias, que, en realidad, tampoco son originarias en el sentido de que son las mismas que antes de la invasión española, sino que se fueron reconfigurando. Y los puntos de disputa, de conflicto, son concretos, tienen que ver básicamente con las condiciones materiales de vida. La cuestión cultural está solapada a esto, pero lo que se disputa es territorio, a quién pertenece y cuáles son las formas concretas de reglar la vida en un territorio determinado. Es una lucha emancipatoria. Esto implica también la puesta en juego de grandes masas de dinero. Hay pueblos en África, por ejemplo, que son dueños de minas de diamante, que comparten con grandes empresas explotadoras de diamantes; hay pueblos que son ricos, como los maoríes, en Nueva Zelanda; pueblos en los EE.UU., como los navajos, que han hecho con las reservas grandes negocios. Otros, como los pueblos originarios de Argentina, que continúan viviendo en la exclusión y con un proceso creciente de organización y presencia. Y otros, como en muchos países latinoamericanos, que han consolidado su presencia política y organizativa.

Existe en el mundo contemporáneo un proceso creciente de diferenciación, de reconocimiento de las diversidades, y allí se enmarca el proceso de renacimiento, aunque nunca estuvieron muertos, de los pueblos indígenas. Fundamentalmente, el proceso de integración o de diferenciación no tiene que ver con una condición étnica sino que se relaciona con un proceso más global. Existe una economía mundial que se globaliza. De hecho, el proceso de globalización implica el reconocimiento de nichos diversos del mercado. La integración se da por la misma diversidad. No podemos separar esas cosas, no existe una dicotomía entre diversidad e integración, sino que son procesos complejos que se dan simultánea y contradictoriamente, y donde fundamentalmente se disputa poder.

–Me queda claro. Usted es además decano de la Facultad de Humanidades, de la UNJU…

–Sí, la facultad más grande de la Universidad de Jujuy. Tenemos varias carreras. Las más antiguas son Antropología y Ciencias de la Educación. Desde el punto de vista académico, la carrera de Antropología es una carrera importante, con muchos profesores doctores, es una carrera sólida, y más recientemente se han creado las carreras de Comunicación Social, Educación para la Salud, Letras y un ciclo de articulación en Filosofía y otro en Trabajo Social. Una de las cuestiones centrales que nos proponemos en la facultad tiene que ver básicamente con el hecho de que la Universidad de Jujuy es una universidad a la que acceden los sectores medios y bajos de la sociedad jujeña. En muchos casos, los chicos que vienen a la Universidad de Jujuy son los primeros en la historia familiar en pisar una universidad. Es una universidad pluricultural. Y eso hace que la gestión en la Universidad de Jujuy implique necesariamente un fuerte compromiso social. A los chicos, acceder a otro nivel de información les produce una apertura del mundo contemporáneo, cierta problematización de su vida cotidiana que en un proceso largo hace al mejoramiento, a la reflexión sobre la realidad social y cultural de los pueblos.

–¿Los jóvenes descendientes de los pueblos originarios van a la universidad?

–Algunos sí. No sé los porcentajes. Los datos cuantitativos de los pueblos originarios que mide el Indec indican que en el país casi un millón de personas se reconoce como integrante de algún pueblo originario. Hace 50 años nadie se iba a autorreconocer como indígena, porque había un fuerte estigma. Esta cuestión está cambiando, es un cambio positivo de autoafirmación. Y estos porcentajes van creciendo. El 80 o 90 por ciento de la población de Jujuy tiene ascendientes pertenecientes a los pueblos originarios, lo reconozcan o no, pero tiene una raigambre cultural, un modo de socializarse que tiene que ver con ciertas tradiciones que provienen de allí.

–¿Por ejemplo?

–La creencia en Pachamama, el consumo de coca, los gustos alimentarios. Aunque se trata de una socialización interceptada por las imposiciones occidentales, una parte se mantiene. El mismo hecho de Pachamama, que en realidad es una deidad doméstica, sobrevive a la conquista y colonización porque no es visible a los procesos de extirpación de idolatría.

–¿Por qué?

–Porque se hace en el interior de las casas, por eso llega hasta hoy como la creencia más fuerte. No era así originariamente. El culto al sol, Inti, era más fuerte. Eso se mezcla con una fuerte influencia del catolicismo, que lleva a una disputa y complementariedad simultánea entre Pachamama y la Virgen María. Todo esto está presente en la vida cotidiana y en la conformación de la subjetividad.

Fuente: Página 12 / Miércoles 15 de Mayo de 2013

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