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El día a día de la Ciencia

Científicos y emprendedores

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En el país se han fundado promisorios acuerdos entre el Conicet y empresas para la creación de compañías orientadas a producir innovaciones.

Los progresos del conocimiento teórico son prioritarios y constituyen la base que permite transitar al campo de la praxis. En el curso de la investigación científica late siempre la justificada expectativa de acceder al descubrimiento de lo que hasta ahora se desconoce. Ese logro puede luego servir para elaborar productos innovadores. Por lo tanto, el avance teórico alimenta la actividad económica, lo que implica afirmar una continuidad entre la conducta del investigador, ceñida a la búsqueda de un saber todavía distante, y el comportamiento del emprendedor que transforma el saber logrado en material apto para la producción industrial.

El Conicet ha venido dando pasos positivos en los caminos del descubrimiento y la invención, dominios propios de la investigación que se han fortalecido en nuestro país mediante mayores recursos humanos y materiales en los últimos lustros. Ahora bien, la etapa siguiente, que hace posible la inserción de lo descubierto en pasos sistematizados que permiten su aprovechamiento, requieren la visión y el impulso de un emprendedor capaz de organizar el proceso de la fabricación que pone los beneficios del conocimiento al alcance del público. El secreto reside en saber articular con eficacia dos funciones distintas, cada una de las cuales requiere recursos materiales y de financiamiento.

Un científico puede asumir distintos roles en una empresa cuyo objetivo sea explotar una patente. Por ejemplo, le es dable cumplir una función de asesoramiento en el proceso industrial o poner al servicio de esa organización su capacidad realizadora en el contexto de un proyecto tecnológico.

En la actualidad, a partir de un convenio entre el Conicet y las empresas, con intervención del Banco de Desarrollo Tecnológico y Social, el organismo oficial pone al servicio del “científico- emprendedor” infraestructura, recursos humanos y respaldo institucional a cambio de un porcentaje de las ganancias.

Sobre esas bases ya se han fundado promisorios acuerdos en diez oportunidades para la creación de compañías orientadas a producir innovaciones. Ese proceso es posible cuando se comprende cabalmente el valor de “una economía del conocimiento”, típico desarrollo de una sociedad que privilegia los logros de la investigación alcanzada en los laboratorios, para luego incorporarlos en el gran ámbito industrial y comercial.

Juan Carlos Navarro, especialista del Banco Interamericano de Desarrollo, ha puesto de relieve que los sectores más dinámicos de la economía global son los que se denominan “intensivos en conocimientos”. Dentro de ese sector, el valor de las empresas se estima “por sus patentes, sus ideas y la gente que trabaja en ella”. Cuando la producción va siendo enriquecida por los nuevos conocimientos se convierte “en la principal fuerza de la economía”, sostuvo el citado funcionario.

En consecuencia, mucho se puede esperar del constructivo vínculo entre investigadores y emprendedores, si esa relación es acompañada de la continuidad necesaria tanto de políticas como de inversiones.

Fuente: La Nación / Domingo 11 de Agosto de 2013

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