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El día a día de la Ciencia


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Las cuevas de Moià resuelven cinco incógnitas sobre los neandertales

Hace 10 años, en 2003, se inició un proyecto de investigación arqueológica relacionado con la Coves del Toll y las Coves Teixoneres de Moià (Bages, Barcelona). Este proyecto surgió de una pregunta muy sencilla: ¿Había competencia por los recursos entre los neandertales y los grandes carnívoros? Poco a poco, la información proporcionada por ambas cuevas ha permitido a los investigadores afrontar no solo esta cuestión, sino también introducir otros debates científicos.

Una excavación que se desarrolla estos días en Moià, una localidad cercana a Barcelona, con 10 años ya de trayectoria, ha permitido dar respuesta a algunas incógnitas sobre el comportamiento de las comunidades neandertales. Esta dirigida por el Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES).

“Después de esta primera década, la valoración de los trabajos efectuados es muy positiva y ha permitido dar respuesta a cinco cuestiones importantes relacionadas con los neandertales”, señala Jordi Rosell, investigador del IPHES, profesor docente de la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona y codirector de las excavaciones en el Toll y en Teixoneres junto con Florent Rivals, investigador ICREA en el mismo centro de investigación.

–¿En la lucha por las cuevas, ganaban osos o humanos?

–Una de las cuestiones tiene que ver con los conflictos entre humanos y carnívoros en ese periodo, que habitualmente se resolvían a favor de los primeros. “A partir del registro arqueológico, hemos averiguado que, normalmente, las cuevas eran ocupadas en invierno por los osos de las cavernas y en primavera por las hienas u otros carnívoros”, añade el experto. Ocasionalmente, algunos grupos de neandertales visitaban estas cavidades, rompiendo la dinámica natural de sus residentes habituales.

“Por lo visto hasta ahora, la sola presencia –prosigue Rosell– de los neandertales debía ahuyentar a estos animales, los cuales, al igual que hacen hoy en día, preferían pasar desapercibidos por los humanos. En caso contrario, podían ser cazados, como lo demuestran algunas marcas de corte observadas sobre algunos osos de las cavernas de las Coves del Toll, hace 60.000 años, y que prueban su tratamiento por parte de los neandertales”.

–¿Tenían campamentos estructurados?

–La Cova de les Teixoneres sugiere el uso de áreas específicas para fines concretos

En cuanto a la organización y estructuración de los campamentos de los neandertales, tradicionalmente eran muchos los que defendían su ausencia. En cambio, “la Cova de les Teixoneres sugiere el uso de áreas específicas para fines concretos”, apunta el investigador.

Generalmente, todo se realizaba en torno a los hogares, que se situaban en la zona exterior. Solamente en un caso se utilizó el área más interna para situar uno relacionado con el consumo de un cérvido. “La falta de estructuración observada en otros yacimientos, se debe, probablemente, a la acción posterior de carnívoros que, intentando aprovechar los despojos abandonadas por los grupos humanos, posiblemente han removido los restos”, observa.

–¿Existía un ‘territorio’ neandertal?

–Por otra parte, los grupos humanos que visitan las Coves del Toll y las Coves Teixoneres no parecen ser autóctonos de la comarca catalana del Moianès. Las rocas que utilizan parecen proceder mayoritariamente de áreas alejadas, sobre todo de la comarca de Osona. No obstante, la reiteración en sus visitas a las cuevas sugiere la existencia de unos recorridos bien establecidos para un territorio con puestos clave o de visita obligada, como la Cova de las Teixoneres.

–¿Comían de todo?

–Una de los principales ventajas que ofrece el estudio de los grupos humanos viajeros, como es el caso de los neandertales que visitaban las Coves del Toll y las Coves Teixoneres, es la diversidad de recursos que son capaces de explotar durante sus trayectos. Esto permite visualizar con claridad el espectro de animales que ellos contemplaban como presas.

Sabemos que en el Moianès los neandertales explotaban la carne de animales pequeños y grandes

“Ahora mismo, sabemos que en el Moianès los neandertales explotaban la carne de animales pequeños, como las tortugas o los conejos, y de animales muy grandes, como los rinocerontes y los uros, pasando por caballos, asnos silvestres, ciervos, corzos e incluso, jabalíes “, asegura Rosell.

–¿Vivieron cambios climáticos acusados?

–Entre hace 40.000 y 70.000 años antes de ahora, que es el período más estudiado hasta la fecha por lo que se refiere a dichas cuevas, parece producirse una diversidad de ambientes importante. El paisaje habría sido dominado todo el tiempo por una significativa cobertura forestal. No obstante, se registran periodos de fríos rigurosos, durante les cuales en las cuevas aparecen animales como el rinoceronte lanudo y el mamut, y períodos más templados, con presencia de corzo o de asno silvestre. Según el arqueólogo del IPHES, esto indica que los cambios climáticos ocurridos en los últimos 100.000 años fueron bastante extremos.

Nuevas incógnitas

Lejos aún de terminar la investigación, las incógnitas resueltas sirven para plantear nuevas preguntas y más objetivos de cara a futuras campañas. Una de ellas es ver qué relación había entre las diferentes modalidades de campamentos neandertales y los cambios climáticos. Es decir, saber si el clima condicionaba los modos de vida de los neandertales y su movilidad por el territorio.

El segundo reto es confirmar si existía una cacería regular del oso de las cavernas por parte de los neandertales. Por ahora, los restos recuperados de estos animales con indicios de haber sido tratadas por los humanos son escasos. “Sin embargo, futuras excavaciones –avanza Jordi Rosell– harán aumentar este número y permitirán comprobar esta hipótesis con garantías”.

Fuente: Agencia SINC / Miércoles 14 de agosto de 2013

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“La eugenesia trató de ejercer el control estatal de la población”

Dos investigadores de CONICET buscan echar luz sobre la historia de esta corriente en nuestro país y el mundo.

Marisa Miranda y Gustavo Vallejo –ambos investigadores independientes del CONICET– indagan desde hace más de una década sobre los distintos aspectos de la recepción y los usos sociales de teorías biológicas para implementar estrategias de control y disciplinamiento de las sociedades modernas. Tras años de trabajo publicaron el libro Una historia de la eugenesia. Argentina y las redes biopolíticas internacionales (1912-1945).

Desde esta perspectiva, la biopolítica –ejercicio de poder que busca su legitimidad en supuestas razones biológicas– encierra un conjunto de expresiones que desde fines del siglo XIX comprenden la emergencia y la expansión internacional de la eugenesia, y llegan a nuestros días a través de distintas formas en las que la ciencia es invocada como principio de autoridad con el riesgo de reinstalar tradicionales determinismos.

“En buena medida, la eugenesia se constituyó en una respuesta a los miedos generados en las elites por la amenaza que significaba la política de la democracia para el mantenimiento de sus privilegios”, asegura Vallejo.

–¿Cómo pueden caracterizarse los distintos tipos de eugenesia y qué disciplinas científicas participaron en su implementación?

MM: La palabra eugenesia, acuñada por el inglés Francis Galton en 1883, proviene de dos términos griegos (eu; de buen; genes: linaje), lo que implica el estudio de los factores bajo control social que influyen en las cualidades de las futuras generaciones. Ahora bien, ese concepto se sostiene a partir de una inmanente jerarquización de cualidades y seres. Y aquí surge su necesaria vinculación con la ética.

GV: El redescubrimiento de las leyes de Mendel influyó en la consolidación de una línea de la eugenesia que concibió a la “herencia genética” como única vía de transmisión de caracteres indeseables. No obstante ello, existió otra línea eugénica, más frecuentemente expresada en países de ascendencia latina, que remarcaba la influencia del ambiente en los individuos y la potencialidad de que esa “huella” se transmitiera a sucesivas generaciones.

MM: Toda eugenesia consiste en controlar la reproducción realizando selecciones artificiales para mejorar un colectivo, generalmente llamado raza. Para la eugenesia geneticista ese procedimiento se realizaba esterilizando individuos indeseables. La eugenesia ambientalista detectaba igualmente indeseables aunque no existían intervenciones directas sobre sus cuerpos, sino impedimentos matrimoniales, reducción de derechos civiles y/o políticos y distintas medidas tendientes a la autocoacción.

–En ese contexto, ¿qué ciencias se vieron más involucradas con la eugenesia?

GV: La medicina, el derecho y, en general, todas las disciplinas normativas, tuvieron una presencia significativa: era necesario detectar a los ‘menos aptos’ –en esto la medicina resultaba fundamental– y, a partir de ahí diseñar diversas estrategias para apartarlos del proceso reproductivo –aquí el derecho cumplía su rol, especialmente en la eugenesia ambientalista–. La demografía precisaba los indicadores cuantitativos sobre los que la eugenesia se encargaba de operar introduciendo la variable cualitativa, es decir determinar quiénes eran aquellos que poseían mejores cualidades, ‘vidas dignas de ser vividas’.

MM: Por otra parte, la noción de población es un concepto que tiene una fuerte trascendencia desde comienzos del siglo XX para asociarse a la potencia de una nación. De ahí que la eugenesia trató de ejercer el control estatal como reaseguro de que podría disponerse de una fuerza de trabajo sana, disciplinada, y, eventualmente dispuesta a defender la patria cuando fuera necesario. Para eso, operaban mecanismos dirigidos hacia la reproducción, tanto como a la moralización de las costumbres.

–¿Hubo momentos históricos en que la eugenesia tomó mayor ‘popularidad’?

MM: Hasta hace poco tiempo era usual identificar a la eugenesia con la política del nazismo y, de esta manera, quedaba una idea de mal absoluto circunscripto a un período y lugar precisos. Sin embargo venimos estudiando cómo la eugenesia se expresó de maneras distintas, incluso con un significativo poder coercitivo –físico, psicológico o moral– a través de otros sistemas políticos. De hecho su origen, vinculado al ultraliberalismo victoriano, es bien ilustrativo del modo en que las formas de organización social hipercompetitivas necesitan de una instancia de validación que esté por encima del azar en la ‘lucha por la vida’ y asegure la supervivencia de las elites detentadoras del poder político, económico y social.

GV: En esta línea de pensamiento puede afirmarse así que no existe una única eugenesia ni una sola forma de mirarla historiográficamente. Por ejemplo, un excelente libro publicado por la Universidad de Oxford (The Oxford Handbook of the History of Eugenics), incurre en el lugar común de plantearse el abordaje de “la” eugenesia en el mundo, dejando de lado casos tan significativos como los que abordamos. Fundamentalmente, allí se insiste en remarcar una tradicional asociación establecida entre eugenesia y esterilización, tomando el ejemplo paradigmático del nazismo y, dentro de ese encuadre, no tiene lugar el tratamiento de la eugenesia tal como se corporizó en Argentina y otros países del cono sur americano.

MM: Aquí la presencia de la Iglesia en este tipo de eugenesia impuso el rechazo a la esterilización sin por eso abandonar las características coercitivas que se dirigieron hacia el control de la moral sexual en pos de la obtención de una herencia deseable. Y en este punto, la Argentina cultivó una eugenesia que estableció un maridaje entre los rasgos emanados del ultraliberalismo victoriano con un fuerte sesgo confesional. En resumidas cuentas, eugenesia no es igual a esterilización y el caso argentino pone particularmente de manifiesto que se pueden diseñar medidas coercitivas de oriente eugénico sin necesidad de plantear esterilizaciones masivas.

Formación

Marisa Miranda y Gustavo Vallejo son investigadores independientes del CONICET en el Instituto de Investigaciones Biotecnológicas – Instituto Tecnológico de Chascomús (IIB-INTECH, CONICET-UNSAM), donde dirigen la Unidad de Ciencias Humanas. También se desempeñan como profesores de la UNSAM y de la UNLP, donde dirigen el Área de Estudios Culturales de la Ciencia del Instituto de Cultura Jurídica.

Marisa Miranda es Doctora en Ciencias Jurídicas por la UNLP, se graduó como Docente Universitario Autorizado en la misma universidad y como Especialista en Asesoramiento de la Empresa UNA. Fue Becaria CABBIO (Fiocruz, 1998) y MAE AECI (Madrid, 2003).

Gustavo Vallejo es Doctor en Historia por la UNLP. Fue becario en la misma casa de estudios, la Fundación Antorchas y el CONICET. Se desempeñó en el Departamento de Historia de la Ciencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), de España. Obtuvo diferentes distinciones como el Premio Barba, en 2010, otorgado por la Academia Nacional de Historia.

Fuente: CONICET / Viernes 12 de Julio de 2013


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Tecnología para la obtención de tintes naturales

El INTI asiste a comunidades wichí y toba de la región con el fin de validar procedimientos de obtención de tintes vegetales. Con el aporte tecnológico del Instituto, una cooperativa textil logró categorizar más de 30 tintes y aumentar sus ganancias anuales.

El Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) brinda asistencia tecnológica a las comunidades wichí y toba en Formosa, con el objetivo de mejorar los procesos de obtención de tintes vegetales. A partir del trabajo conjunto entre los técnicos y las emprendedoras –organizadas en una cooperativa textil que nuclea nueve comunidades aborígenes– se logró validar más de 33 colores, así como también incrementar la ganancia anual, que según datos de 2012 ronda los 300 mil pesos.

En palabras del ingeniero Horacio Álvarez, del Centro INTI-Textiles, la validación apunta a que “tenían una serie de colores que no estaban bien aplicados entonces al lavarse, exponerse a la luz o frotarse, se desteñían. A partir del estudio de las recetas algunas fueron modificadas y se volvieron a ensayar para medir la solidez del teñido al lavado, la luz o frote. A partir de allí se determinaron valores de desteñido obteniendo resultados prometedores“. El especialista también indicó que lograron encontrar nuevos colores a los mismos colorantes.

Además se implementaron modificaciones en la extracción de pigmentos, tal cual manifiesta el ingeniero Darío Vergara: “Los artesanos no calentaban la corteza de los frutos para separar los tintes. Esto afectaba al proceso de teñido y a la impregnación del tinte en la tela. Esto se modificó y se sugirió la incorporación en pequeñas proporciones de aluminio, cobre, hierro, estaño, para mejorar las recetas. También se utilizaron mordientes para preparar la fibra antes del teñido y así  garantizar una mejor absorción“.

Otras modificaciones que se implementaron para mejorar los modos de extracción de los tintes se basaron en cambios en el tiempo y la temperatura de exposición de las materias primas (lana o cháguar) sin utilizar reactivos para no modificar el medio ambiente. Cabe aclarar que las comunidades viven en regiones aisladas y sin acceso a luz eléctrica, motivo por el cual las implementaciones técnicas se adaptaron a las condiciones del lugar.

De tradición y tecnología

Este emprendimiento nuclea a más de mil personas, mujeres en su mayoría. Allí, el Instituto trabaja conjuntamente con las comunidades para identificar y revalidar metodologías de obtención de colorantes extraídos de vegetales y animales de la zona. El INTI se incorporó al proyecto a finales de 2010, donde partiendo de conocer los modos de obtención de los tintes y del intercambio de conocimientos, se logró validar las recetas que fueron transmitidas de generación en generación a lo largo del tiempo por los miembros de la comunidad.

Otro punto interesante es que gracias al aporte del INTI las emprendedoras comenzaron a planificar la producción de la cooperativa para dosificar la utilización y demanda de los colorantes. Además, buscaron agregar valor a sus productos sumando diseño y diversidad de materiales.

La asistencia del INTI está enmarcada en un proyecto más amplio, impulsado por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva y la Fundación Gran Chaco. También la Gerencia de Empleo y Capacitación Laboral, dependiente del Ministerio de Trabajo, y la Subsecretaría de Recursos Naturales, ambos pertenecientes a la provincia de Formosa, el Ministerio de la Producción y Ambiente y el Ministerio de Economía, Hacienda y Finanzas.

Lo que viene

En una segunda etapa se buscará la inversión en equipamientos para montar un centro de servicio para la comunidad, donde funcionará un laboratorio para certificar la calidad y el teñido del producto. El objetivo a mediano plazo es que las propias mujeres aprendan a evaluar sus producción con parámetros de alta calidad y generar una mayor satisfacción en el cliente. En la actualidad, este proyecto ha logrado crear 54 puntos de ventas en todo el país y continua creciendo.

Mario Jarzinski del Centro INTI-Formosa, detalló: “Los nuevos desafíos propuestos incluyen incorporar tecnología de proceso para superar la estacionalidad de los tintes naturales utilizados para la producción, de manera tal de aumentar la utilización de aquellos colores que encuentran más aceptación en el mercado, como los rojos y los azules. Colores que derivan de algunos frutos, disponibles únicamente por un período de dos meses, durante el verano”.

El INTI continúa avanzando en paralelo en un proyecto de agregado de valor del cháguar, una fibra vegetal utilizada por las comunidades para elaborar indumentaria. Según explican, la debilidad tecnológica a superar consiste en disminuir el tiempo de proceso de obtención del hilo. En este rumbo, el centro de Mecánica ideó una desfibradora, que está en etapa de prueba, pero que una vez logrado el rendimiento óptimo podrá patentarse.

Fuente: INTI / Lunes 3 de Junio de 2013


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Antropología y universidad para la inclusión

La provincia de Jujuy es un caso significativo en lo que se refiere a diversidad cultural y desigualdad social, producto de la estigmatización étnica. Desde la antropología social y las aulas de la universidad se busca balancear diversidad e integración.

Diálogo con Ricardo Slavutsky, antropólogo, decano de Humanidades de la Universidad Nacional de Jujuy. 

–¿Quiere presentarse?

–Soy doctor en Antropología, egresado de la UBA. Desde 2010 soy decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Jujuy, investigador en los últimos años en proyectos de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica.

–¿Cuál es su tema de investigación?

–Llevo veinte años viviendo en Jujuy, trabajando en investigaciones en antropología social, estudiando el proceso de la emergencia de los pueblos originarios desde una perspectiva diferente de la antropología clásica, que es vivir permanentemente en el lugar donde trabajamos en el campo. Esto es, con compromiso existencial en el sistema de relaciones sociales de la vida cotidiana. Esto produce no solamente transformaciones en la gente con la cual uno interactúa, sino en uno mismo.

–Y de lo que estuvo investigando, ¿qué averiguó, qué comprendió?

–La indagación acerca de la diversidad, la diferencia cultural entre los pueblos o conformaciones sociales, nos fue llevando a las cuestiones de las denominadas “identidades en situaciones concretas”, que tienen que ver, hoy más que nunca, con las disputas territoriales, que ciertamente en el caso de la Argentina están consagradas legalmente, pero que en la práctica implican conflictos y fricciones sociales. En ese sentido, nuestras investigaciones fueron derivando hacia cuestiones sociales de base étnica.

– ¿Hay una distancia muy tajante entre el mundo de los pueblos originarios y el mundo occidental?

–Yo creo que en el mundo contemporáneo no hay diferencias tajantes. Hay lugares de contacto muy fuerte: en América la integración fue inicialmente compulsiva, los pueblos indígenas fueron integrados como fuerza de trabajo, como esclavos, con lo cual comenzaron perteneciendo a un mismo sistema de relaciones sociales, ubicados en un lugar de subordinación y de explotación. Esto produjo la acumulación de situaciones de estigmatización, que en definitiva fueron generando lo que llamamos diferencias y desigualdades sociales, culturales y económicas, que se concentran territorialmente. El caso de la provincia de Jujuy es un caso especialmente significativo…

–¿Por qué?

–Porque, a diferencia de otras provincias –Catamarca por ejemplo, donde antes de la invasión española había más población indígena–, en Jujuy el Marquesado de Yavi produjo una seudoprotección de quienes integraban la fuerza de trabajo al servicio de la hacienda. Y eso, más la inaccesibilidad, produjo las condiciones para que la población indígena se pudiese reproducir y mantener mucho más tiempo en condiciones de aislamiento y protección que en otros lugares del territorio argentino. En ese sentido, se produjo una reproducción cultural más sustantiva, que hace a lo que vemos hoy como tradicionalidad, tan vigente en el nordeste argentino.

–En los últimos 50 años, con la llegada de la televisión, la electricidad, agua corriente, Internet, ¿no se produce una globalización?

–Los instrumentos tecnológicos del mundo contemporáneo no llegan a todos lados. En la Puna, salvo zonas específicas, no hay Internet, teléfono, señal de celular ni televisión. No es así de sencillo. Pero que no llegue no quiere decir que no sean conocidos.

–¿Cuál es el proceso? ¿La desruralización, el despoblamiento?

–La migración de los jóvenes es un proceso muy previo a la globalización comunicacional. Si tomamos la década del ’90, esos territorios fueron territorios de refugio, hubo lo que se denomina migración de retorno, porque las condiciones de frustración de los migrantes a los centros urbanos sin trabajo implicó también la vuelta de parte de esta gente a sus lugares de origen. Eso dio como resultado algunos procesos interesantes. Mucha gente que volvió de experiencias urbanas, inclusive de movimientos sociales, produjo una renovación de la dirigencia, dirigentes jóvenes, más activos, con otras perspectivas.

–¿Qué pasa con la medicina en las comunidades originarias?

–Hay una medicina tradicional. En realidad la gente diferencia lo que ellos llaman enfermedades para la medicina occidental y lo que son otras enfermedades que pueden ser curadas por métodos tradicionales. Sin dudas, ésa es una de las cuestiones que se vienen revisando desde los programas de salud rural, con el aporte de nuestros egresados de la carrera de Educación para la Salud. Jujuy y Neuquén fueron las dos primeras provincias que aplicaron el programa de atención primaria de la salud. Frente a la enfermedad, lo que demanda la gente es la máxima tecnología, para lo otro, aquello que está dentro del saber popular, existe la medicina tradicional.

–¿Y hoy en qué punto estamos? ¿Hay que hacer un proceso de integración, o hay que hacer un proceso de afirmación de la diferencia?

–Estos procesos son etnopolíticos, esto quiere decir que es una disputa política con base étnica de las propias identidades originarias, que, en realidad, tampoco son originarias en el sentido de que son las mismas que antes de la invasión española, sino que se fueron reconfigurando. Y los puntos de disputa, de conflicto, son concretos, tienen que ver básicamente con las condiciones materiales de vida. La cuestión cultural está solapada a esto, pero lo que se disputa es territorio, a quién pertenece y cuáles son las formas concretas de reglar la vida en un territorio determinado. Es una lucha emancipatoria. Esto implica también la puesta en juego de grandes masas de dinero. Hay pueblos en África, por ejemplo, que son dueños de minas de diamante, que comparten con grandes empresas explotadoras de diamantes; hay pueblos que son ricos, como los maoríes, en Nueva Zelanda; pueblos en los EE.UU., como los navajos, que han hecho con las reservas grandes negocios. Otros, como los pueblos originarios de Argentina, que continúan viviendo en la exclusión y con un proceso creciente de organización y presencia. Y otros, como en muchos países latinoamericanos, que han consolidado su presencia política y organizativa.

Existe en el mundo contemporáneo un proceso creciente de diferenciación, de reconocimiento de las diversidades, y allí se enmarca el proceso de renacimiento, aunque nunca estuvieron muertos, de los pueblos indígenas. Fundamentalmente, el proceso de integración o de diferenciación no tiene que ver con una condición étnica sino que se relaciona con un proceso más global. Existe una economía mundial que se globaliza. De hecho, el proceso de globalización implica el reconocimiento de nichos diversos del mercado. La integración se da por la misma diversidad. No podemos separar esas cosas, no existe una dicotomía entre diversidad e integración, sino que son procesos complejos que se dan simultánea y contradictoriamente, y donde fundamentalmente se disputa poder.

–Me queda claro. Usted es además decano de la Facultad de Humanidades, de la UNJU…

–Sí, la facultad más grande de la Universidad de Jujuy. Tenemos varias carreras. Las más antiguas son Antropología y Ciencias de la Educación. Desde el punto de vista académico, la carrera de Antropología es una carrera importante, con muchos profesores doctores, es una carrera sólida, y más recientemente se han creado las carreras de Comunicación Social, Educación para la Salud, Letras y un ciclo de articulación en Filosofía y otro en Trabajo Social. Una de las cuestiones centrales que nos proponemos en la facultad tiene que ver básicamente con el hecho de que la Universidad de Jujuy es una universidad a la que acceden los sectores medios y bajos de la sociedad jujeña. En muchos casos, los chicos que vienen a la Universidad de Jujuy son los primeros en la historia familiar en pisar una universidad. Es una universidad pluricultural. Y eso hace que la gestión en la Universidad de Jujuy implique necesariamente un fuerte compromiso social. A los chicos, acceder a otro nivel de información les produce una apertura del mundo contemporáneo, cierta problematización de su vida cotidiana que en un proceso largo hace al mejoramiento, a la reflexión sobre la realidad social y cultural de los pueblos.

–¿Los jóvenes descendientes de los pueblos originarios van a la universidad?

–Algunos sí. No sé los porcentajes. Los datos cuantitativos de los pueblos originarios que mide el Indec indican que en el país casi un millón de personas se reconoce como integrante de algún pueblo originario. Hace 50 años nadie se iba a autorreconocer como indígena, porque había un fuerte estigma. Esta cuestión está cambiando, es un cambio positivo de autoafirmación. Y estos porcentajes van creciendo. El 80 o 90 por ciento de la población de Jujuy tiene ascendientes pertenecientes a los pueblos originarios, lo reconozcan o no, pero tiene una raigambre cultural, un modo de socializarse que tiene que ver con ciertas tradiciones que provienen de allí.

–¿Por ejemplo?

–La creencia en Pachamama, el consumo de coca, los gustos alimentarios. Aunque se trata de una socialización interceptada por las imposiciones occidentales, una parte se mantiene. El mismo hecho de Pachamama, que en realidad es una deidad doméstica, sobrevive a la conquista y colonización porque no es visible a los procesos de extirpación de idolatría.

–¿Por qué?

–Porque se hace en el interior de las casas, por eso llega hasta hoy como la creencia más fuerte. No era así originariamente. El culto al sol, Inti, era más fuerte. Eso se mezcla con una fuerte influencia del catolicismo, que lleva a una disputa y complementariedad simultánea entre Pachamama y la Virgen María. Todo esto está presente en la vida cotidiana y en la conformación de la subjetividad.

Fuente: Página 12 / Miércoles 15 de Mayo de 2013


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Cuando la ciencia ayuda a reconstruir la memoria de los pueblos

Investigadores del CONICET analizaron restos óseos y diferentes materiales del patrimonio cultural de las comunidades originarias de la Patagonia.

A comienzos de abril la Secretaría de Cultura de la Provincia del Chubut restituyó a la comunidad Ceferino Namuncurá-Valentín Saygüeque de la localidad de Gaiman restos humanos, objetos y ajuar funerario encontrados en el cerro Loma Torta, y que fueron previamente estudiados por un grupo de antropólogos, arqueólogos y biólogos investigadores del CONICET.

Luego de un arduo trabajo de campo y de los estudios realizados en el laboratorio, se determinó que en el sitio fue inhumado un número mínimo de 13 individuos, dos de los cuales tienen entre 300 y 350 años de antigüedad”, explica Julieta Gómez Otero, antropóloga e investigadora independiente del CONICET en el Centro Nacional Patagónico (CENPAT – CONICET).

La tarea comenzó en el año 2006 cuando una vecina de Gaiman entregó al CENPAT huesos astillados que encontró en la cumbre del cerro Loma Torta.

Gómez Otero asegura que la investigación se dificultó por el estado de destrucción que presentaban los restos. El sitio donde se encontraban formaba parte de un circuito de enduro. “El lugar estaba alterado antrópicamente y la muestra era muy fragmentaria. Los restos humanos estaban diseminados por el paso de las motos por lo que fue necesario extraerlos para evitar mayores daños”, comenta.

Después de casi cinco años de trabajo científico, el pasado jueves 11 de abril los miembros de la comunidad Ceferino Namuncurá-Valentín Saygüeque trasladaron desde el CENPAT los restos hacia su lugar de origen. Fue restituida la totalidad del material biológico analizado, incluyendo huesos que no pudieron ser identificados.

Posteriormente los referentes de todas las comunidades originarias de la provincia del Chubut llevaron los restos a lo alto del cerro donde fueron reinhumados por los científicos en el marco de una ceremonia sagrada que incluyó música y cantos tradicionales de esos pueblos.

Desde nuestras disciplinas preservamos y estudiamos este patrimonio, para conocer qué tiene para decirnos, pero sobre todo para socializar ese saber con la comunidad y contribuir a la memoria y a la identidad de un pueblo que ha sido históricamente invisibilizado”, señala la investigadora.

Ricardo Romero Saygüeque es el huerquén de la comunidad, es decir su mensajero y coordinador y asegura que la restitución “fue una reivindicación histórica que garantiza la continuidad de nuestra cultura”.

Además destaca la importancia del vínculo con los científicos y de seguir con el trabajo en el cerro Loma Torta. “La relación entre lo científico y el conocimiento ancestral de nuestra comunidad empieza a dar los primeros resultados pero todavía se puede profundizar”, asegura.

Los restos encontrados en el cerro incluían huesos completos o fragmentados, y materiales culturales como artefactos de piedra, pequeñas cuentas talladas en valvas de moluscos, en guijarritos horadados y un disco de bronce o cobre, de unos tres centímetros de diámetro. A partir de los estudios realizados en el laboratorio puede obtenerse información variada, desde cómo era su estilo de vida, sus costumbres, hasta el sexo de los individuos en caso de encontrar cráneos o pelvis, la edad al momento del deceso, y otros indicadores de salud y alimentación.

Según Gómez Otero estos materiales culturales asociados señalan que había personas especializadas en el trabajo de confección de esas cuentas y además el disco de metal podría indicar intercambios y relaciones con pueblos que vivían fuera de los límites de la Patagonia, sea el noroeste o el otro lado de la cordillera.

Silvia Dahinten, bioantropóloga y también investigadora independiente en el CENPAT, explica que a partir de fechados radiocarbónicos, realizados en un laboratorio especializado, se determinó la antigüedad de dos individuos parcialmente articulados: uno fallecido hace 300 años y otro hace 350 años con estaturas estimadas en 1,77 y 1,62 metros. En cambio, de los once individuos restantes no fue posible sacar mayor información, debido a que las muestras eran incompletas.

Entre estos restos fragmentarios pudo distinguirse 6 niños menores de 5 años e incluso un feto de más o menos 25 semanas de gestación, que sugiere la presencia de su madre dentro del resto de los huesos.

A partir de los restos óseos encontrados pudimos inferir que se trataba de una población de cazadores recolectores con alta actividad física, sin estrés alimenticio de acuerdo a los estudios paleopatológicos realizados, y por lo tanto con un muy buen estado de salud”, afirma la bioantropóloga.

Dahinten comenta que la restitución a una comunidad es novedosa y sienta precedente para futuras investigaciones. “Para nosotros es importante haber contribuido con la cultura Mapuche Tehuelche con información científica que les permita hacer una reconstrucción de su cultura”, concluye.

Asimismo, la Dirección del CENPAT participó en la coordinación de las actividades de rescate, investigación y restitución junto a la Secretaría de Cultura del Chubut (autoridad de aplicación de la legislación provincial en torno al Patrimonio Arqueológico, Antropológico y Paleontológico), la Dirección Provincial de Asuntos Indígenas y la comunidad Ceferino Namuncurá-Valentín Sayhueque. Según las investigadoras esta experiencia es un ejemplo de cooperación inter-institucional, de reparación histórica y de acercamiento sincero, sólido y franco entre el sector científico y las comunidades originarias.

Fuente: CONICET / Viernes 26 de Abril de 2013


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Presentaron “Komütuam, descolonizar la historia mapuche en Patagonia

El libro “Komütuam, descolonizar la historia mapuche en Patagonia”, del periodista y licenciado en Ciencias Políticas Adrián Moyano, se presentó el 19 de abril en la sala de Prensa de la municipalidad.

En sus páginas, el autor pone de relieve una realidad que por naturalizada, habitualmente se deja de cuestionar de manera crítica: la sujeción colonial que padece el pueblo mapuche en relación con los estados argentino y chileno.

Al igual que en “Crónicas de la resistencia mapuche” –su primera obra– Moyano analiza situaciones conflictivas que se registran en la actualidad para relacionarlas con páginas del pasado mapuche, que hasta el momento fueron narradas casi con exclusividad por el andamiaje que justificó la Campaña del Desierto. Desde esa perspectiva cobra importancia la vocación de “descolonizar” el conocimiento, en el sentido de poner en tela de juicio las narraciones de una historia que se creyó primordial, en desmedro de la historia de los pueblos que perdieron su autodeterminación.

Durante la presentación se escucharon los comentarios del historiador Walter Delrio, investigador del CONICET y docente en la Universidad Nacional de Río Negro. Además, aportará al debate Fernando Pichunleo, integrante del Equipo de Trabajo Intercultural Nawel Wapi ñi Choyun. Por su parte, las palabras y lecturas de los expositores convivirán con la música de Anahí Rayen Mariluan.

Komütuam, descolonizar la historia mapuche en Patagonia” es el primer lanzamiento de Alum Mapu Ediciones, que agasajó a la asistencia con piñones y chupilka.

La presentación del libro se llevó a cabo el viernes 19 de abril, a las 18,30, en la sala de Prensa del municipio.

Fuente: Portal de Internet AN Bariloche / Jueves 18 de Abril de 2013


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“Comer es el aspecto de la vida que más refleja cuestiones vinculadas a la identidad individual y grupal”

Ciclo de entrevistas CONICET.

Una arqueóloga estudia características de las sociedades hispanocriollas a partir de sus formas particulares de alimentarse.

por Alejandro Cannizzaro

Cómo y qué comemos son decisiones biológicas y sobre todo culturales que brindan información de lo más diversa acerca de las sociedades. La jerarquía social, la división del trabajo, la construcción de categorías de género e identidad, la sociabilidad y la manera en que se ejerce el poder, son sólo algunos aspectos que pueden inferirse a partir del estudio de la alimentación.

La becaria postdoctoral del CONICET María Marschoff analizó documentos y estudió diferentes sitios arqueológicos que le permitieron inferir aspectos disímiles de varias sociedades.

–¿Por qué es importante para los cientistas sociales conocer las costumbres de los individuos relacionadas con la comida?

–La alimentación siempre les interesó a los investigadores. Para entender a otros grupos se empezaba a hablar de cómo comían, porque comer es el aspecto de la vida cotidiana que más refleja cuestiones vinculadas a la identidad individual y grupal. Además, se relaciona con ideas religiosas, económicas y sociales. En los sitios arqueológicos encontramos evidencias materiales vinculadas a lo culinario que permiten intuir cómo eran esas sociedades. Por ejemplo, saber cómo estaban distribuidos los espacios, si había un lugar para comer y otro para cocinar o qué productos se consumían.

–¿Qué costumbres actuales son distintivas de nuestra época?

–En sociedades anteriores, generalmente la cocina quedaba relegada a un lugar invisible. El proceso de preparación y cocción no se veía y se hicieron muchos esfuerzos para que cada vez se viera menos. Sin embargo, a mediados del siglo XX ocurre el proceso inverso y en la actualidad la cocina ya no es un secreto: existe una necesidad de ver lo que antes no se veía, de saber exactamente qué estamos comiendo y cómo fue preparado. Somos una sociedad “exhibicionista” en ese sentido.

–¿En qué lugares o con qué hábitos alimentarios puede observarse esa necesidad actual de observarlo todo?

–Los locales de comida rápida, por ejemplo, tienen iguales características en todos los países. Parecen, pero sólo parecen, comidas asépticas, de fábrica y “seguras” por el hecho de que parte del proceso de elaboración es visible al consumidor y estandarizado. Esa sensación de que es algo controlado produce un efecto tranquilizador en los consumidores. Es interesante plantearse ¿por qué como sociedad necesitamos la seguridad de que la elaboración de la comida sea algo que podemos ver?. ¿Por qué necesitamos tantas garantías de frescura y origen, aunque sean simples puestas en escena?

–¿Qué aspectos vinculados a los modos de alimentarse pueden distinguir a una sociedad de otra?

–En el siglo XVIII, por ejemplo, se comienzan a usar utensilios como el tenedor. Esas sociedades empiezan a interesarse por cuestiones vinculadas a la limpieza alrededor de la alimentación. Incorporan pautas de higiene, alejan la cocina de la vista de la gente. Todo empieza a ser más procesado. Ese tipo de cambios nos dan muchos indicios: cómo se concebía el alimento, qué valoración subjetiva se le daba a quienes cocinaban y a quienes consumían, entre otras cosas.

–¿Qué costumbres culinarias distinguen a la Buenos Aires del siglo XVIII?

–Una de las más distintivas era el mate como bebida social, común a todos los sectores de la sociedad. El mate es compartir y los recién llegados de Europa incorporaban rápidamente esta costumbre para poder vincularse con los porteños. Para muchos extranjeros, incluso en la actualidad, la idea de usar la misma bombilla puede parecerles repelente, sin embargo en esos tiempos parecía ser una práctica que debían incorporar para establecer vínculos.

–¿Cómo es el trabajo antropológico que permite conocer esos hábitos porteños y que puede deducirse de los resultados obtenidos?

–Analicé inventarios y tasaciones, instrumentos legales que se redactaban al momento de la muerte de una persona para garantizar el proceso de herencia. Detallaban punto por punto todos las pertenencias del fallecido incluyendo artefactos de cocina, mobiliario, ropa, esclavos e inmuebles. Entre los objetos relacionados a la alimentación los más habituales eran, por ejemplo, platos, cucharas y tenedores. No abundaban cuchillos, lo cual nos indica que las comidas consumidas no necesitaban ser cortadas.

–¿Las sociedades modifican costumbres a partir de la adopción de nuevos alimentos?

–La conquista de América disparó en las sociedades europeas y americanas un intercambio de productos que generaron nuevas costumbres. Artículos como el chocolate, el té y el café impulsaron el consumo del azúcar y preparaciones dulces. Se pone de moda juntarse a tomar chocolate y café y se socializa a partir de la alimentación, incluso se crean espacios públicos y privados vinculados a esas infusiones. En Francia y en España estas bebidas se relacionan con los salones que eran lugares donde circulaba la información y durante la Revolución Francesa estaban muy extendidos.

–¿Las clases sociales también se distinguen por lo que comen?

–En todas las sociedades jerarquizadas el acceso a la comida es desigual, es un mecanismo de distinción. Y cada una distingue a su manera la “alta” cocina de la “baja”. En la Edad Media, por ejemplo, la diferencia estaba dada principalmente a partir de qué se comía. Había un grupo que tenía acceso a la carne y otro que no. En el siglo XVIII la diferencia comienza a estar dada no tanto a partir de qué se come sino cómo se come y eso genera la proliferación de una serie de artefactos que complejizan y ritualizan el acto de comer.

Formación

María Marschoff es becaria pos-doctoral del CONICET y es arqueóloga recibida en la Universidad de Buenos Aires. Trabaja en el Departamento Científico de Antropología de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata.

Fuente: CONICET Córdoba / Lunes 18 de Marzo de 2013