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El día a día de la Ciencia


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35 premios Nobel y 600 jóvenes investigadores

Cuando éramos niños nos relataban esos cuentos originados en la recopilación de los Hermanos Grimm, en los cuales había condes y condesas, grandes héroes y héroes por nacer, palacios y pueblos de ensueño. Este relato ocurre en un pueblito de cuento de hadas llamado Lindau, donde los nacientes héroes de la ciencia, jóvenes investigadores de todas partes del mudo, se reúnen a escuchar las anécdotas de los veteranos más laureados, los ganadores del Premio Nobel.

Son los llamados Lindau Nobel Laureate Meeting. La idea principal de estas reuniones es conectar y enseñar, que las nuevas generaciones se nutran de la experiencia que destilan las viejas generaciones de investigadores.

En ese pueblito de ensueño que es Lindau, enclavado en una isla del lago Constanza, Alemania, se cumple el sueño de todo científico que recién empieza su carrera, que es el de poder charlar de frente con los veteranos de la ciencia, con aquellos que llevan décadas de investigación encima y que han aportado su granito a la historia y al avance de la ciencia.

El principal objetivo de las Lindau Nobel Laureate Meetings es que los 600 investigadores jóvenes que acuden cada año a Lindau se puedan conectar entre sí y con los premios Nobel. La carrera de un científico que se inicia puede llegar a ser muy dura, por lo que tener la oportunidad de hacer conexiones como ésta es un gran logro para los 600 jóvenes que fueron elegidos para asistir a Lindau.

Argentinos en Lindau

Un ejemplo de ello son Laura Mazzaferro, Victoria Flexer y Javier Bardagi, tres investigadores argentinos que se dedican a la química, y que estuvieron en Lindau. Laura y Javier están terminando sus estudios de post doctorado en Alemania. Victoria lo está haciendo en Bélgica. Esto resume un poco una de las metas de estas reuniones: la de anular las fronteras. Que la ciencia no tenga nacionalidad, más que la de la humanidad.

Podrá parecer naïf, ya que si bien los científicos no tienen problemas en desarrollar sus investigaciones en diferentes países, sus descubrimientos a veces no se transforman en un bien de la humanidad, ni en el de una nación dada, sino tal vez de una compañía. Lindau aboga por compartir el conocimiento.

Laura Mazzaferro es una argentina de La Pampa, que se recibió de licenciada en Química en 2007, en la Universidad Nacional de La Pampa, y se doctoró con beca del Conicet en 2011. Para 2012 ya estaba realizando su post doctorado en Alemania, becada por la Fundación Alexander von Humboldt, en la Universidad de Freiburg.

“Cuando recibí la nominación para participar de la reunión Lindau –nos contó Laura antes de que se iniciasen las reuniones– fue una gran sorpresa, porque siendo estudiante en la UNLPam jamás me imaginé poder encontrarme algún día con nada menos que los premios Nobel de Química. Considero que estos científicos son la cara visible de excelentes grupos de trabajo, sin los cuales los descubrimientos que realizaron no hubieran sido posibles. Por eso me gustaría preguntarles cómo fue ese proceso de armar un grupo de trabajo y llevar adelante una línea de investigación, qué dificultades tuvieron y cómo las resolvieron. Sí, me interesa particularmente ‘eso que no se cuenta’, o sea, el día a día de trabajar en investigación.”

Victoria Flexer es doctora en Química de la Universidad de Buenos Aires, y está investigando en la Universidad de Ghent, Bélgica, becada por el programa Marie Curie Actions. Allí llegó desde Australia, donde trabajó como investigadora. Antes estuvo en Francia, donde hizo un post doctorado de tres años.

Esto ya nos habla de una científica inquieta. “Ahora estoy trabajando en estudios de corrosión y recubrimientos anticorrosión aplicados en particular a conservación de patrimonio cultural (objetos antiguos, incluyendo arqueológicos)”, nos cuenta Victoria. “Lo que más me interesa del meeting de Lindau –dice Victoria– es la posibilidad de escuchar conferencias sobre temáticas muy diversas, donde espero que los oradores darán una charla tratando de abarcar una visión amplia de algún tema. A mí siempre me gustó la ciencia en un sentido amplio, y me interesa incluso la posibilidad de moverme entre distintos temas. Algo que un poco he hecho en estos años de trabajar en el extranjero. Lamentablemente esto no es muy fácil, dado que cuando uno busca un nuevo puesto científico en general buscan contratarte por la experiencia que ya tenés en determinado tema, y no porque vos tenés ganas de aprender cosas nuevas en una temática completamente distinta.”

Javier Bardagi es otro químico argentino, doctorado en la Universidad Nacional de Córdoba, que también logró una beca de la Fundación Alexander von Humboldt, para trabajar en la Universidad de Regensburg, Alemania.

“Principalmente –nos cuenta Javier–, espero poder conocer o interpretar la visión del futuro de los premios Nobel, cómo encaran sus proyectos a largo plazo. Por supuesto que también es una gran oportunidad para conocer investigadores de diferentes países y compartir ideas, algo que siempre es bueno y que muchas veces te lleva a ver las cosas desde otra perspectiva. Por suerte el entusiasmo se contagia y uno puede cargar pilas al encontrarse con personas que muestran un gran entusiasmo por lo que hacen.”

Enseñar la ciencia

Hacia el final de la semana de Lindau, Victoria Flexer nos cuenta que “es la mejor conferencia en la que jamás estuve. Me voló la cabeza. Te puedo decir que las tres palabritas del leit motiv de la conferencia se aplican a la perfección: me eduqué, o sea, aprendí cosas nuevas; me conecté, o sea, conocí un montón de colegas con quienes entablé discusiones muy interesantes y con quienes tal vez en el futuro termine colaborando, y por sobre todas las cosas sirvió para inspirarme. Me di cuenta de que los Nobel son tipos del montón pero con una mente brillante. En los 6 días que pasé en Lindau, no vi una sola muestra de arrogancia, de soberbia, ni de pedantería. Todo lo contrario, muchísima humildad, siempre un reconocimiento a sus colaboradores en el laboratorio, a la pequeña cuota de azar que ayudó a algunos a descubrir algo único. La buena onda constante para detenerse y responder preguntas mano a mano cuando te los cruzabas en un pasillo”.

“¿Cómo no sentirme ahora obligada a enseñar en mi regreso a Argentina, después de haber pasado una semana con estos tipos en un proceso de aprendizaje permanente?”, reflexiona Victoria. Es lo que resume el paso de los jóvenes investigadores y de los Nobel por Lindau.

Fuente: Página 12 / Sábado 20 de Julio de 2013


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Aniversario del nacimiento de la bióloga que fotografió la doble hélice del DNA

Rosalind Franklin nació en Inglaterra el 25 de julio de 1920. Se graduó de la Universidad de Cambridge en 1941, no sin antes salvar la oposición paterna.

Hizo estudios fundamentales de microestructuras del carbón y del grafito, y este trabajo fue la base de su doctorado en química física, que obtuvo en la Universidad de Cambridge en 1945.

Después de Cambridge, pasó tres años productivos (1947-1950) en París, en el Laboratoire de Services Chimiques de L’Etat, donde estudió las técnicas de la difracción de los rayos X. En 1951 volvió a Inglaterra como investigadora asociada en el laboratorio de John Randall en King’s College de Cambridge.

Para Rosalind era la oportunidad de aplicar sus conocimientos a la biología. En el laboratorio de Randall se cruzó su trabajo con el de Maurice Wilkins, ambos referidos al ADN. Lamentablemente, la misoginia y la competencia llevaron la relación a un conflicto permanente con Wilkins. Él llevaba largo tiempo trabajando en el ADN y había tomado la primera fotografía relativamente clara de su difracción cristalográfica. Wilkins había sido el primero en reconocer en esta los ácidos nucleicos y no estaba dispuesto a la competencia interna.

Rosalind Franklin obtuvo una fotografía de difracción de rayos X que reveló, de manera inconfundible, la estructura helicoidal de la molécula del ADN. Esa imagen, conocida hoy como la famosa “Fotografía 51”, fue un respaldo experimental crucial para que el investigador estadounidense James Watson y el británico Francis Crick establecieran, en 1953, la célebre hipótesis de la “doble hélice” que es característica de la estructura molecular del ADN, por la que en1962, junto con Maurice Wilkins, se les concedió el Premio Nobel en Fisiología y Medicina.

Watson había tenido ocasión de asistir a la clase que dio Franklin en noviembre de 1951 sobre el avance de sus investigaciones. Rápidamente, con Francis Crick se pusieron a la tarea de imaginar su estructura y, para ello, trabajaron principalmente con modelos atómicos a escala. Este primer intento terminaría en un fracaso rotundo. Watson y Crick invitaron a Franklin y Wilkins a Cambridge para darles a conocer su propuesta. Rosalind Franklin pulverizó sus argumentos.

A principios de 1953 Wilkins mostró a Watson uno de las fotografías cristalográficas de Rosalind de la molécula de ADN. Cuando Watson vio la foto, la solución llegó a ser evidente para él y los resultados fueron publicados en un artículo en Nature casi inmediatamente. Sin autorización de Rosalind, Wilkins se las mostró primero a James Watson y, posteriormente, un informe de Rosalind Franklin a sir John Randall fue entregado a Watson y Crick.

Considerado como el logro médico más importante del siglo XX, el modelo de la doble hélice del ADN abrió el camino para la comprensión de la biología molecular y las funciones genéticas, antecedentes que han permitido llegar al establecimiento, en estos días de la secuencia “completa” del genoma humano.

Rosalind murió en Londres el 16 de abril de 1958.

En 1962, Watson, Crick y Wilkins recibieron el Premio Nobel por el descubrimiento de la estructura del ADN. 

Fuente: educ.ar


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“Este no es el mundo en que viví, es otro mundo”

Juan Carlos Gottifredi. Su nombre es parte de la vida científica y política del país y de Salta, la provincia que lo vio crecer. Aunque ahora reside en Buenos Aires, nunca deja de volver.

Pero si nunca me he ido. Siempre estoy allá. En Salta tengo mis amigos, me saluda el vendedor de diarios, el mozo del café… La gente me reconoce. Y además, a Salta la llevo conmigo”, asegura Juan Carlos Gottifredi. A sus 73 años sigue como siempre, llevando adelante al estudio y la militancia que ha marcado con sus propias concepciones del mundo y del hombre en ese mundo.

Es licenciado y doctor en Ciencias Químicas, tiene un doctorado del Imperial College University of London, fue director del Concejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), de donde es también investigador superior, rector y profesor emérito de la UNSa, además de haber ejercido la titularidad de la Secretaría de Educación Superior de la Nación durante el gobierno de Raúl Alfonsín.

A principios de los difíciles años 70, Juan Caros Gottifredi llegó a Salta para cumplir su destino. Es que este científico, nacido muy lejos de la Argentina, fue uno de los impulsores de la primera universidad en Salta. Fue miembro fundador del Instituto de Investigaciones para la Industria Química de la Universidad Nacional de Salta, de la que luego sería rector en tres períodos.

Nacido bajo el signo de la Segunda Guerra Mundial, en Etiopía, cuando recuerda aquellas imágenes de la primera infancia, dice que las personas “ya deberíamos haber superado esa instancia. La guerra es una estupidez”, sentencia.

Apasionado por la ciencia y su función como expresión de una conciencia en el mundo, para el químico la educación es esencial y urgente. “Estaba viendo en una revista científica que algunas mega empresas mineras están invirtiendo para lanzar al espacio naves tripuladas para traer mineral… Mientras nosotros seguimos discutiendo el sexo de los ángeles, los otros están avanzando sobre estas cosas que ya están al alcance de la mano. Es preocupante la situación de la inserción de la ciencia en la producción de los industriales nacionales. Hay que tener en cuenta que una vez desmantelado todo el sistema de producción, empezar de nuevo es complicado…”, piensa.

Aquí es el único lugar donde te pagan para que dejes de trabajar, mientras que en otros lados del mundo, hay que trabajar más horas que antes para sostener el estándar de vida. Deberíamos lanzarnos a recorrer la vida, pero siguiendo un horizonte al que se debe llegar con esfuerzo. Ahora es solo eso, no hay esfuerzo, sino urgencia con llegar…”, reflexiona.

–¿Se refiere a la “industria del dinero” que no produce riquezas sino divisas? Sería lo que algunos autores llaman “financial capitalisme”…

–No tengo dudas de que lo que pasa es que el capitalismo que antes creaba valor, murió. Antes la gente pedía dinero para poner en marcha una fábrica que creaba valores. Y se trabajaba para otorgarle más valor al producto. En este neo capitalismo, no se trabaja para crear valores, sino que está dirigido a extraerlo. Es como talar un campo y explotarlo por cinco años solo para extraerle su valor, sin agregarle nada, sin hacer muebles con la madera, por dar un ejemplo… No hay una riqueza real. Estas son las reflexiones que tenemos que hacer para comprender que ese capitalismo fordiano que generaba trabajo –aunque la parte del león se lo llevaba el capitalista y el trabajador la mínima parte–, ha muerto. Ahora los capitalistas ni se preocupan de crear trabajo para las personas, sino personas para el consumo. Hay un “mercado libre” que me permite extraer y extraer sin tener siquiera empleados. Ese es el nuevo capitalismo que nos rige…

–¿Una extracción cuya única medida es el agotamiento?

–El tema es muy sencillo, se trata de una ley universal evidente: si querés ir más rápido, tenés que hacer más cosas por día. Si querés ir a más velocidad, vas a necesitar el doble de combustible. Nosotros queremos ir rápido, pero la naturaleza tiene su ritmo. Se mueve muy próxima al equilibro, sino no habría vida. Nosotros la estamos sacando porque queremos ir más rápido, con máquinas que aceleran los procesos para satisfacer a los mercados, ni siquiera para satisfacer las necesidades reales. Así la naturaleza no tiene tiempo suficiente. Pero queremos ganar más plata, acumular no sé para qué, como si fuéramos inmortales…

–¿Cómo es el capital que ejerce el poder en la actualidad?

–Esto me hace pensar cuando yo era joven. Eramos anti imperialistas y anti capitalistas y todo lo demás. Entonces el poder económico influenciaba sobre el Estado que necesitaba ese instrumento para poder satisfacer las necesidades de la población. Ahora, sin embargo, forma parte de la toma de decisión pero no porque sea necesario. El poder hoy en día es el capital mismo, sin que necesariamente dé respuestas a las necesidades reales de la gente. De cualquier forma que surja. Ahí tiene al narcotráfico. ¿Por qué no paramos la economía en negro? Porque forma parte de la toma de decisión… Forma parte del poder. Le aseguro que si hubiera voluntad se podrían implementar leyes que contengan el avance de estos capitales negros. Pero… un perro no se muerde la cola a sí mismo. Y los Estados son parte de ese poder… Las soluciones no aparecen fundamentalmente porque están acalladas.

Actualmente en nuestro país, el debate sobre esto está acallado. Aunque la falta de espacio de debate es una realidad de todos lados. La democracia ya no es como la de antes. Ahí tiene un país como Italia. Es el país de Néstor Bobbio, de Umberto Eco, de Luciano Gallino o Toni Negri, y sin embargo con una democracia que va para atrás… No hay respuesta… Yo tomo la opción y me quedo en mi cueva… Este no es el mundo en que viví, es otro mundo.

–¿Y cuál es la función de los intelectuales en este caso?

–¿Quién es el intelectual? Esa es otra historia. Para mí puede ser el trabajador del campo, si es que es honesto con sus ideas y logra expresarlas… Si de alguna manera esa persona tiene sus ideas y las pone a consideración con cierta claridad, entonces se trata de un intelectual. Hay otros que de alguna manera, pongamos por caso, a pesar de que saben que algo está mal, son capaces de exponer la realidad en forma contraria… ¿Es también un intelectual al que se refiere? Tomemos un caso simple, la invasión de Saddam a Kuwait, donde los pacifistas no sabían de qué lado ponerse porque no podían sustraerse de los slogans pasados acerca de la crueldad del dictador. Cuando en realidad lo único cruel es la guerra misma. En ese caso los intelectuales se engramparon en eso… Hay una cierta soberbia de decir la verdad. Admitir que quien piensa diferente no es enemigo, que lo que estoy diciendo es parcialmente verdadero, es muy difícil para los intelectuales.

Cuando hablamos de desigualdad no nos referimos a lo monetario sino a la posibilidad de acceder a servicios.

El que dice que tenemos libre albedrío es un boludo total: nacemos ignorantes y crecemos con prejuicios.

–Pero las universidades siguen sacando intelectuales a la sociedad…

–Hay algunos que levantan la voz que después el mediático traduce. Pero no hay un pensamiento propio. De un lado hay intelectuales que confrontan con los del otro lado… Pero hay muy pocos intelectuales que analicen esta realidad compleja que estamos viviendo, diciéndonos: “Bueno, estos son los problemas que hay que debatir, busquemos consenso sobre éstas ideas”… Pero no hay nada de eso. Y es algo que va agotando a la propia democracia, la va vaciando de su contenido, concentrando al poder en pocas manos. Si no hay participación no hay democracia. Tendríamos que ver en Argentina y en el mundo, cuánto participa la gente común de sus gobiernos; cuánto hay de debate en el club del barrio acerca de los problemas con la municipalidad o buscando caminos nuevos para el gobierno diario. La desigualdad es también exclusión, y al contrario la igualdad es inclusión. Cuando hablamos de desigualdad no nos referimos al ingreso monetario sino a la posibilidad de acceder a los servicios, a la educación, a la salud… Si lo pensamos de esa manera el planteo que se debe hacer es cómo llegamos a dar educación a todos, que es la única manera de liberar a las personas y convertirlos en verdaderos ciudadanos, más o menos libres. El que dice, por ejemplo, que tenemos libre albedrío es un boludo total: nacemos ignorantes y crecemos con prejuicios. ¿Cómo te liberas de eso? Solo con educación. Si queres tener ciudadanos pensantes se deben hacer muchas inversiones. Hay que terminar de decir que es gratuita porque parecería que no tiene valor la educación. Y se trata de un servicio de altísimo costo financiar sociedad para beneficiarse. Yo no quiero educación barata, porque sé que una educación barata no va a resolver los problemas de mi país, ni del mundo. Pasa lo mismo con la salud. No se puede seguir en estas condiciones, necesitamos debatir para ver cómo llegamos a esta situación y remediarla.

–¿Qué cambios precisa la universidad bajo estas condiciones?

–En primer lugar la universidad es la segunda institución conservadora, la primera es la Iglesia, que creó a la Universidad… Es muy difícil cambiar planes de estudios, cambiar las formas de evaluación y los métodos de la universidad. Más cuando faltan recursos y no hay incentivos para caminar en otra dirección. En otro lugar están también los profesores y su situación.

–¿No pudo lograrlo durante su gestión de rector?

–En Salta hicimos la primera reunión de universidades argentinas para evaluar la calidad universitaria, con el apoyo de Juan Carlos Romero, que estaba en el Senado en su momento. Ahí empezó y terminó, después de dos o tres reuniones más, como si el problema de la calidad estuviera solucionado… Pienso que el Congreso debería asignar más fondos a la universidad para más objetivos, pero es la propia universidad la que al cabo de tres años debería revisar si alcanzó sus objetivos y así empezar una nueva etapa. Entonces se comprometen recursos públicos con la seguridad de que cumplirán los objetivos. Debería hacerse lo mismo hasta con el fútbol de primera… Si no evaluamos lo que hacemos, no sabremos si cumplimos los objetivos o no.

–Algunas universidades rechazaron el dinero que distribuyó la Nación por las explotaciones mineras, aduciendo cuestiones de conciencia…

–El tema no es rechazar plata sino ver cómo se hace esa extracción. Y si no es beneficiosa para la gente deberían decir: “Esto se hace mal por esto y el camino debería ser éste. Vamos a debatir, vamos a ver qué tienen que decir contra nuestra propuesta y la modificaremos”. Siempre en beneficio de la gente como horizonte de fondo. Pero si rechazo en conciencia, no soluciono ningún problema real de las personas, porque la mina sigue y seguirá ahí y haciendo mal a la gente… Mire, si un gobernador nos pide que formulemos un proyecto objetivo que tienda a beneficiar a la gente, debemos brindarle todo el apoyo posible. La institución universidad no es la dueña de la verdad y si se pide colaboración para un objetivo general, hay que darla, advirtiendo qué es mejor y qué no. Siempre el objetivo debe ser el beneficio de la sociedad… Pero es muy difícil porque predominan los colores políticos. En la universidad, después de las elecciones, de la batalla eleccionaria, hay que trabajar entre todos juntos para obtener los mejores resultados y no seguir con banderías del sector después de esta instancia.

Fuente: El Tribuno de Salta / Domingo, 10 de Febrero de 2013


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Un especialista en la pobreza y el diseño territorial de la Argentina

Alfredo Segundo Clemente Bolsi (1937-2013). Geógrafo e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), Alfredo falleció a los 75 años. Profesor emérito de la Universidad de Tucumán, integraba el Grupo Alberdi, junto a intelectuales como Teresa Piossek Prebisch, Adolfo Poliche, Clímaco de la Peña, Elsa Moreno y Ricardo Esteban Sanz.

Nacido en la ciudad santafesina de Rafaela, el 5 de mayo de 1937, doctorado en Geografía en la Universidad de Cuyo, fundó y dirigió en 1993 Población y Sociedad, revista regional de ciencias sociales.

Fue además director del Instituto de Estudios Geográficos y luego director del doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad de Tucumán (UNT) y geógrafo del Instituto Superior de Estudios Sociales (ISES, UNT-CONICET).

Fue becario de la John Simon Guggenheim Memorial Foundation y de la Deutscher Akademischer Austaustdienst.

Centró su investigación en el NOA sobre población (crecimiento natural, mortalidad infantil), en su territorio como construcción social y en la distribución geográfica de la pobreza y su relación con dicha construcción territorial. Dirigió en 2008 un estudio del Conicet y seis universidades públicas nacionales, relevando 511 ciudades.

Según Bolsi las raíces estructurales condicionan y dividen al país: “Hubo dos respuestas diferentes a la consolidación del capitalismo y a la colonización“.

Fuente: Clarín / Jueves 31 de Enero de 2013


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“Hoy, en la Argentina, se hace mejor ciencia que en nuestra época dorada”

El científico Alberto Kornblihtt cuenta cómo es investigar en el país, pondera los avances logrados en los últimos años y destaca la calidad de lo que se produce.

Su laboratorio en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA es su segunda casa, dice. Y, a veces, cuando la adrenalina corre más de lo habitual debido a algún avance importante en sus investigaciones, su casa. Así, a secas. A pesar de que guste compartir horas de ocio creativo en familia (cine, música y pintura, por ejemplo) o de que los viajes hacia otros centros científicos del mundo sean una parte importante de su trabajo.

Biólogo molecular por vocación y persistente promotor de la ciencia en la universidad pública del país por decisión de vida, Alberto Kornblihtt recoge prestigio en forma de galardones (su incorporación al National Academy of Sciences, por caso) o de respeto cotidiano de sus colegas y alumnos, pero sin resignar convicciones políticas ni su concepción más profunda sobre la ciencia. En esta entrevista con Debate, una muestra.

–¿Cómo es hacer ciencia desde la periferia? Usted integra la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos y está en interrelación con los principales centros del mundo, pero tiene aquí su campo de acción.

–Es cierto que esto es la periferia, pero no es una periferia imposible. Hay algunos países que lo son, porque no tienen un grado de desarrollo capitalista que les permite mostrar cierta tradición científica y una escuela propia. En nuestro país esto existe, a pesar de los altibajos provocados por las dictaduras, las persecuciones, los secuestros… Por ejemplo, hay una escuela de ciencias biomédicas argentina que se remonta a Bernardo Houssay, a Federico Leloir y a Eduardo De Robertis. Existe, también, una universidad pública de excelente nivel, con algunas características que no tienen muchas otras: es masiva y gratuita. Con todas esas cosas, que el establishment considera elementos negativos, la universidad pública argentina sigue siendo un semillero de gente que piensa y trabaja originalmente. Pero hay otra cuestión.

–¿Cuál?

–Que uno hace ciencia en “la periferia no imposible” cuando pertenece a esa periferia, cuando ése es su lugar en el mundo y se reconoce como tal ahí. Si no tenés esa pata de anclaje, si no sentís que éste es tu país, que aquí echaron raíces tu familia y tus afectos, que aquí estuvo tu deseo de cambio político, entonces, claro, vas a optar por hacer ciencia en algún lugar donde haya más recursos.

–¿Cambió en algo esto respecto de otros momentos históricos? O, en otros términos, ¿la periferia sigue siendo tan periferia como antes y el centro sigue siendo tan centro como antes en términos estrictamente científicos?

–El centro sigue siendo centro por la capacidad que tiene de generar innovación tecnológica para la investigación que la periferia no genera. Pero la periferia la aprovecha gracias, fundamentalmente, a la globalización en las comunicaciones. No soy un hombre de la globalización, precisamente, pero debo reconocer que Internet y la simultaneidad de las comunicaciones entre la periferia y el centro permiten a ciertos núcleos de la periferia aprovechar esos avances tecnológicos que no genera. Está el caso de China, como paradigmático. Ha pasado de tener un papel marginal en la producción científica mundial a ser una potencia. Uno, de todos modos, supone la existencia de asimetrías muy grandes y de desventajas enormes. Desventajas, sí, en cuanto a los fondos. Pero la nuestra no es una situación de ahogo. Tenemos nuestros subsidios, nuestros recursos, que no son inmensos, pero son mayores que antes, y nos permiten trabajar.

–¿Se le cruza por la cabeza pensar, por ejemplo, “lo que estaría haciendo con recursos en aquella universidad del Primer Mundo”?

–No. No se me cruzó ni cuando volví a fines de 1984, principios de 1985. Regresé con treinta años, después de haber hecho el doctorado acá y el posdoctorado en Inglaterra, y lo que dije fue: “Quiero hacer ciencia en la Argentina, quiero retribuirle a mi país la educación gratuita que me dio y que la enseñanza sea mi militancia de retribución”. De alguna manera, ésa fue mi filosofía: estar dispuesto a perder muchos trenes, pero no todos los trenes. Por otra parte, el factor humano es fundamental. Hay gente muy capaz que, cuando va afuera, a pesar de que no tenga limitaciones de estructura, de equipamiento o de fondos para comprar reactivos, por ejemplo, no le va tan bien. La ciencia no es solamente inteligencia, sino también saber por qué lado meterse o cuándo abandonar una línea de investigación si no funciona. Es decir, también influye la suerte y la sagacidad.

–En los últimos años parece existir un interés mayor de las autoridades nacionales por la ciencia y mayores recursos disponibles. ¿Se ha acortado la brecha o se logró que no se ampliase aún más?

–Primero, es cierto que la existencia del Ministerio y del discurso de la ciencia y la tecnología desde los más altos niveles del Gobierno son hechos positivos. Muchas de las medidas que el Ministerio ha tomado y está tomando, también lo son. Personalmente, soy un fanático del apoyo a las ciencias básicas, porque considero que los mejores ejemplos de transferencia tecnológica provienen de aquellos grupos que tienen más solidez en lo básico y que hacen ciencia de ese tipo.

–¿Qué sería “hacer ciencia básica”?

–Es plantearse problemas o preguntas que no han sido resueltos todavía, incógnitas que no tienen respuestas y tratar de buscar esas respuestas. El Ministerio apoya a la ciencia básica, pero también tiene el propósito o el enunciado de cambiar un poco la mentalidad de los científicos para que entiendan que si reciben fondos del Estado, que el Estado recauda a partir del aporte de los ciudadanos a través de los impuestos, tienen que preocuparse por aspectos aplicados de sus conocimientos. Ahí hay un área gris. Si bien es cierto que uno tiene que estar alerta sobre la aplicación que pueda tener lo que uno hace, los graves problemas sociales que todavía tiene nuestro país no dependen de los avances científico tecnológicos. Podemos incorporar tecnología en empresas, pero si las empresas, con eso, no generan más puestos de trabajo? En conclusión: la política del Gobierno respecto de la ciencia y la tecnología ha tenido un papel fundamental. Y, como en muchos aspectos de este Gobierno, diría que tiene un papel didáctico.

–¿En qué sentido?

–Acompañó el discurso con hechos, y mostró un camino. Esto, más Internet, más la democracia ampliada, más los concursos abiertos en la universidad, han hecho que la producción científica que veo con mis ojos hoy en la Argentina sea de una calidad mucho mejor, en promedio, que la que yo veía cuando era estudiante de doctorado, en los setenta. La ciencia argentina puede abordar ciertas preguntas y llegar a ciertas publicaciones que tienen más repercusión que la que tenía hace veinte o treinta años. La continuidad en el tiempo, supongo, debe ser requisito sine qua non, como en cualquier política de Estado, pero más en un área como ésta. Es fundamental. De hecho, hace poco hablé con Lino Barañao sobre eso. Pienso que hay cosas que, con otro Gobierno, no van a poder volver atrás.

–¿Por ejemplo?

–Que los directores de los institutos del Conicet se elijan por concurso, por ejemplo. Pero hay otras que sí.

–¿Es una batalla permanente, entonces?

–Por supuesto. Pero la política es eso, una batalla permanente. Y la vida, también. No lo voy a ver con mis ojos, pero el tipo de sociedad integral que yo quiero, obviamente, no está en el sistema capitalista. Puede que esté en otro sistema, que tuvo sus ensayos frustrados, pero que no quiere decir que no exista la posibilidad de llegar a otra variante. El ámbito científico o académico siempre está en constante cambio. La universidad, en ese sentido, tiene que ser un lugar de ebullición de ideas, constante. No puede ser un lugar de transmisión de conocimientos fijos. Mi concepción de la producción científica es repreguntarse permanentemente si lo que hacemos está bien, porque si no hay que hacer algo nuevo, diferente. Por eso, sí es una batalla permanente.

–Esa dialéctica entre centro y periferia que usted observa a nivel global parece existir también entre Buenos Aires y el interior. ¿Es tan así? ¿Algo ha cambiado en los últimos años?

–Depende de las disciplinas. En la bioquímica y la biología molecular, que son las que más conozco, porque trabajo en ellas, es bastante federal. De hecho, la Sociedad Argentina de Investigación del área, que fundó originalmente Leloir y de la cual fui presidente hasta hace un año, lo es, porque hay buenos grupos de investigación en Córdoba, Mendoza, Rosario, Santa Fe, Bahía Blanca, Mar del Plata? En verdad, esto responde a una característica de la época de Leloir, porque él era bastante propenso a que los científicos se establecieran en el interior y fundaran sus propios nichos. Es decir, en nuestra disciplina hay cefalización, pero es menor que en otros casos.

–Usted antes dijo que el nivel de la ciencia, hoy, es mucho más alto que la que le tocó vivir cuando era estudiante. Sin embargo, se habla de una época dorada entre la caída del peronismo hasta la Noche de los Bastones Largos. ¿En qué nivel pone esas etapas?

–Primero, no viví esa época que usted menciona. Segundo, sé que lo que voy a decir me va a generar muchos enemigos. No me importa. Esa época, obviamente, fue de gran ebullición intelectual, pero de núcleos muy pequeños; y la búsqueda de la excelencia, en cierta medida, se hacía por oposición al populismo peronista. Por otra parte, hay que reconocer que esa época tenía un pecado original: no existía democracia plena, ante la proscripción del movimiento político mayoritario. Dicho esto, también señalo que respeto mucho la ciencia argentina de aquellos años y que muchos de mis ídolos desarrollaron su actividad por entonces. Por ejemplo, Rolando García. Pero tengo la sensación de que está sobrevaluada en cuanto al real impacto de la ciencia y la tecnología argentinas en el mundo.

–En aquella época dorada había algunos símbolos que sintetizaron una etapa de desarrollo. Por ejemplo, los Premios Nobel, la creación de algunos institutos de mucho prestigio…

–Respecto de nuestros Premios Nobel, no diría que fueron consecuencia de esa era dorada. Houssay lo obtuvo en 1947, bastante antes, y Leloir lo recibió en 1970, pero no estoy muy seguro que sus experimentos tengan que ver con una etapa de desarrollo… En ese entonces, la ciencia mundial era mucho más pequeña y la posibilidad de, a través de un hallazgo original, alcanzar ese logro tan importante quizá era mayor. De todos modos, habría que hacer un estudio serio, con parámetros cuantitativos, para saber si realmente esa ebullición, esa efervescencia, tenía un paralelo con la influencia real de la ciencia argentina hacia fuera. Yo sospecho que no. El momento actual de la ciencia argentina es bastante más productivo y, en cierta medida, original que en esa universidad previa a 1966. Respeto esa historia, pero creo que no hay que sobrevaluarla. Quizá en las ciencias sociales, que tiene otros parámetros, sí haya habido un resurgimiento fuerte en esa época. Pero no soy especialista en la materia como para opinar con fundamentos.

–Pareciera, de todos modos, que en esa época había una ciencia que se pensaba más a sí misma: para qué se investigaba, o para quién.

–Sí, definitivamente es así. Por ejemplo, la famosa polémica entre Oscar Varsavsky y Jorge Sábato tenía mucho de eso. Hasta hace unos años había un grupo de jóvenes y becarios que reflotaron a Varsavsky y su pregunta de “ciencia para qué”. Por lo pronto, no estoy de acuerdo con el “ciencia para qué”. Sí con el “ciencia para quién”. En ese sentido, estoy de acuerdo en que no se puede hacer ciencia para beneficiar a sectores del poder en su tarea de explotar a otros. Me interesa quién es el que recibe el resultado de la ciencia. Pero preguntarse “para qué” significa, casi, no conocer qué es la ciencia, porque ciencia es, intrínsecamente, búsqueda de lo que no se sabe. La cuestión está en ser muy rigurosos para que no se hagan preguntas inútiles, reiterativas, redundantes. Pero si las preguntas que se hacen son originales, siempre va a valer la pena intentar responderlas.

–En la cuestión de “para quién”, en definitiva, está la tensión entre ciencia y mercado.

–Sí. Y es un tema muy sensible a mis preocupaciones. No me interesa hacer ciencia para satisfacer al mercado. Reconozco, sí, que tiene que haber transferencia tecnológica. La reestatización de YPF, por ejemplo, me resuena como algo muy positivo, porque mi ideal es que, en un gobierno democrático y progresista, los mayores esfuerzos se hagan en recuperar empresas privadas o en fundar empresas estatales. Ahí el aporte de ciencia y tecnología tendría un beneficio más amplio. Esto no quiere decir que el mundo privado no deba existir. Pero mi corazoncito está ahí y así como apoyo la educación pública, apoyo a las empresas públicas.

–En ese sentido, ¿quiénes o qué instancia deben definir qué tipo de ciencia se necesita?

–Ante todo se necesita buena ciencia, de calidad, productiva y original. Ahora, la tecnología es otra cosa. Es más cara, más difícil y tiene que ser mucho más riguroso el análisis para garantizar que esa investigación llegue a buen puerto en términos de transferencia para bienes y servicios. Son como dos carriles que van en paralelo. Es tan pernicioso apoyar a un grupo que dice que hace ciencia básica y, en verdad, hace ciencia repetitiva, como apoyar a un grupo que dice que hace tecnología y no tiene ni la capacidad ni las herramientas para hacerla, porque promete cosas que no puede cumplir. La tecnología es algo concreto. Su objetivo no está en producir nuevo conocimiento. Aprovecha el conocimiento que ya existe para producir un servicio, un producto o una mejora. En ambos casos quienes tomen la decisión de repartir los recursos tienen que ser rigurosos y muy estrictos.

–Esa asignación, ¿quién cree usted que la debe hacer? ¿El Ministerio de Ciencia y Tecnología?

–Sí. Y esto también lo discutí con Lino. Tengo la hipótesis de que, en la Argentina, hay muy poca demanda del sector productivo respecto de necesidades tecnológicas. No tengo datos cuantitativos; es mi visión subjetiva. Para Lino, en cambio, la demanda está en proporción al desarrollo industrial del país. Es decir, no es que nuestros industriales sean menos demandantes que los industriales de Estados Unidos. Es que el desarrollo industrial de Estados Unidos es mucho más grande y, por lo tanto, la demanda de tecnología acompaña ese desarrollo. En lo personal, no tengo evidencia de eso. Mi percepción es que el sector productivo, salvo raras excepciones, demanda muy poco de ciencia, tecnología e ingeniería. Quisiera que el sector productivo, sea privado o estatal, traccione el encadenamiento de ciencia básica, ciencia aplicada, tecnología y transferencia. Sería determinante.

Ciencia, educación y desarrollo: “Las universidades privadas son enseñaderos”

Con una intensa vida académica en la UBA y conocimiento de primera mano de otras casas de estudio en el mundo, Alberto Kornblihtt tiene a la política educativa entre sus obsesiones cotidianas. Analiza su experiencia, cita a colegas, compara épocas y propone ideas para sumar calidad al sistema. Y, de paso, se entusiasma cuando cuenta que el Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias que integra está construyendo un nuevo edificio de ocho mil metros cuadrados en la Ciudad Universitaria para albergar a doscientos investigadores; el primero que se edifica en el lugar apunta desde la década de 1970, cuando se desechó el proyecto de mudar al predio todas las facultades de la UBA y poner en contacto espacial y productivo a las diferentes disciplinas.

–¿Cómo evalúa el estado del sistema educativo en relación con la ciencia?

–Tiene su punto más débil en el secundario. Pero no es un fenómeno argentino; sucede en todo el mundo. Entre otras cosas, porque no se termina de aprovechar el potencial que tienen los adolescentes en términos de creatividad, potencial para razonar y posibilidad de aprender. A esa edad se absorbe todo como esponja. ¿Cuáles son las causas para que eso no se aproveche? Pueden ser múltiples. Una, la formación de los formadores. Habría que repensarla. En lo personal, soy partidario de que los profesores universitarios no sean necesariamente graduados universitarios, pero que quienes los formen, sí. Si se establecieran ése y otros parámetros de calidad, quizá se podría mejorar mucho.

–¿Cuánto incide la estimulación temprana de la ciencia en los desarrollos futuros de los alumnos? Ah, la estimulación debe empezar en el jardín de infantes?

–Hay elementos de las ciencias que deben ser planteados en todas las etapas de la educación, razón por la cual las facultades de ciencias exactas del país no tienen muchos estudiantes es porque muchos chicos le tienen miedo a las ciencias duras. ¿A qué se debe? A que sus experiencias con las matemáticas, la física, la química no fueron buenas en el secundario. O, al revés, porque no tuvieron experiencia, le tienen miedo a lo desconocido y piensan que es inabarcable o imposible llegar a comprender. Hay que insistir para quitar esos miedos, que terminan siendo prejuicios. Existen otros elementos para pensar la discusión. Pero quizá algunos que tenga sean un viejazo? (risas)

–¿Por ejemplo?

–Me parece que los valores de comunicación que imponen las redes sociales y la televisión, y que rigen el mundo adolescente, si se los dejan fluir indefinidamente, alejan del rigor que impone el pensamiento científico y la práctica de la ciencia. Es una tarea constante tratar de revertir esta situación, no para prohibir que los chicos utilicen esos medios, sino para darles la posibilidad de comprender que la ciencia también provoca fascinación, puede ser sexy, y que tratar de resolver un problema puede producir adrenalina y placer.

–En una oportunidad dijo: “Las universidades privadas no son más que enseñaderos”. ¿Lo reafirma?

–Sí, por supuesto. En verdad, es un concepto que no inventé yo. Es una boutade que, en su momento, la dijo Daniel Goldstein, un médico, profesor e investigador, que fundó la maestría que dicto en esta facultad. Las universidades no pueden ser un lugar en el que se repitan conceptos que están en los libros. También deben generar conocimientos, como práctica continua. Salvo raras excepciones, la mayor parte de los proyectos de universidades privadas no los generaron sus propios profesores a través de investigaciones. Están a una distancia enorme de la educación pública.

El Messi de las ciencias

Alberto Kornblihtt nació en el seno de una familia de clase media, de padres profesionales y comunistas: “Mi papá era ingeniero y mi mamá, profesora de geografía, en una familia más amplia de ingenieros y docentes”. Dice que de chico sabía que su vida estaría ligada a la manualidad o la matemática.

Pero que no tenía claro de qué forma. Y que fue en el secundario cuando una profesora de cuarto año del Nacional Buenos Aires le abrió un mundo de nuevas posibilidades. “Lo mío estaba por la cuestión experimental; armaba cosas… Con Rosa Guaglianone, docente de biología, llegó el deslumbramiento. Hasta ese momento no tenía noción, prácticamente, sobre lo que era una célula. Desde entonces, todo ese mundo me hechizó”. De esa época, también, es su interés por la política, que atraviesa su concepción sobre la ciencia, dentro y fuera de los claustros. “Soy una persona de izquierda convencida de que el capitalismo no resuelve ninguno de los problemas centrales de nuestra existencia y que empeora tendencialmente los problemas de la gente”, asegura, terminante. Y agrega: “Las experiencias del socialismo real fueron frustrantes, autoritarias, militarizadas, pero tengo esperanzas en otro mundo, en otra sociedad”.

Con respecto al gobierno de los Kirchner, realiza una valorización positiva. Sobre todo, por lo desarrollado en el área científica: “Cuando me preguntan si soy kirchnerista, contesto que no, porque no milito en el kirchnerismo, pero sería deshonesto intelectualmente si no viera que en este Gobierno se están haciendo muchas de las cosas que siempre pensé que debían hacerse y que no se las vi hacer a ningún otro gobierno, a pesar de que haya cosas que no me gusten”. Cuando se le menciona la caracterización que hace Adrián Paenza sobre él como “el Messi de la ciencia”, no se sonroja. Más bien, se inquieta. Inmediatamente dice que se lleva mal con la comparación y que lo perturba.

Entiendo la buena onda de Adrián, que es mi amigo, en tratar de decirle al público que no sólo observe a un futbolista o a un jugador de básquet con admiración, pero prefiero que no la haga. Antes también decía que debía ser presidente. Por suerte ya no lo dice más. Se lo prohibí”. Y agrega: “Son exageraciones de una persona muy entusiasta, que a veces no se da cuenta de que, a quien alaba, puede perjudicarlo”.

Fuente: Revista Debate / Miércoles 23 de Enero de 2013


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“La Plata es muy rica en diversidad científica”

Carlos W. Rapela, geoquímico. Segundo argentino premiado por la Sociedad de Geología de Londres. Dirige 23 institutos de investigación del Conicet local. La edad y origen de los pisos de la Catedral y de la calle 8.

Somos muy ricos en La Plata por la diversidad de disciplinas científicas. Hay una creciente presencia del Conicet, que en La Plata fue creado hace pocos años. Es el más grande del país y tenemos la ventaja de que los 800 científicos con los que cuenta están interrelacionados. Hoy existen en nuestra ciudad 23 institutos de investigación científica y mi gestión ha procurado intensificar la conexión horizontal de estos centros, buscando siempre focos de encuentro y de consenso” dice Carlos Rapela, director del Conicet La Plata.

Es difícil optar entre la figura del investigador y profesor emérito de la Universidad –especialista en geoquímica y petrología ígnea, que ha conducido numerosas investigaciones en los Andes del sur, la Patagonia extrandina, las sierras pampeanas y bonaerenses, que arribaron a resultados asombrosos– y el responsable ahora de conducir la gestión de un organismo que como el Conicet local nuclea la excelencia investigativa en las ciencias duras y en las humanísticas y sociales.

Desde hace ya mucho tiempo Rapela integra la elite científica de nuestro país. Es el segundo argentino que fue incorporado a la Sociedad Geológica de Londres, un reconocimiento que ostentan sólo veinticinco personas en el mundo. El primer científico argentino distinguido por esa sociedad fue el mítico Perito Moreno, impulsor del Museo de Ciencias Naturales platense.

Estudió una carrera que parece árida, la de geoquímica. Pero a partir de ella investigó y extrajo conclusiones que resultan ser asombrosas. Así, en 2010 coordinó desde La Plata una investigación internacional que determinó que el subsuelo marplatense fue alguna vez parte de Africa. También sostuvo la hipótesis del geólogo Víctor Ramos, acerca de que hace más de 200 millones de años la Patagonia –que era una suerte de isla– se anexó al actual continente americano.

La aparente solidez y fijeza de los suelos queda derogada en los estudios geológicos. Así lo expresó Rapela alguna vez en una entrevista científica: “Los continentes se están moviendo y eso es una verdad incontrastable. El océano Atlántico está en expansión y el Pacífico se está achicando, porque hay una cordillera debajo del Atlántico que está separando Africa a un ritmo de 2 ó 3 centímetros por año. Entonces, América está cada vez más lejos de Africa y, a su vez, Europa está cada vez más lejos de Estados Unidos. Además, el mar Mediterráneo está en extinción, debido a que se está contrayendo. Por eso hay terremotos recurrentes en Italia o Grecia. Eso ocurre porque están colisionando dos placas y dentro de 25 millones de años se va a formar una cordillera de 3 mil metros de altura por el choque entre Europa y Africa”.

Nacido en Santa Fe, hijo del abogado Carlos Alberto Rapela y de la profesora de geografía Celia Teresa Rodríguez –de su madre extrajo su apego por la geología y la geoquímica– vinieron a La Plata en la década del 50. “Mi padrino, Raúl Víctor Samatán, era dirigente de Gimnasia, así que nos hicimos del Lobo. Creo que mi condición de científico me ha servido para conocer lo que es la templanza en la adversidad y la perseverancia en el esfuerzo…”, dice sonriendo, en alusión a su pertenencia tripera. Casado con Carmen B. de Jong, tienen dos hijos, Carlos Gonzalo, que vive en Tandil, y Melisa, que es periodista.

Director del Centro de Investigaciones Geológicas y del Centro Científico Tecnológico, autor de libros científicos internacionales, ha recibido numerosos premios y distinciones científicas del Conicet, del ministerio de Ciencia y Técnica, la Universidad de Buenos Aires, la Fundación Konex, la Asociación Geológica Argentina y es actualmente miembro titular de la Academia Nacional de Ciencias Exactas y de la Academia Nacional de Ciencias.

–Usted habló alguna vez de la edad de algunos pisos que hay en La Plata, refiriéndose a las piedras con los que están hechos…

–Así es. Bueno, el de la Catedral es el más viejo de todos. Se trata de un pórfido rosado. La piedra de la entrada, el granito pulido viene de Sierra Chica, de las sierras de Olavarría y tienen entre 2.100 y 2.200 millones de años, son rocas que pertenecen a las sierras de Tandilia. Las hay similares en el Uruguay y sur del Brasil, pero en nuestro territorio esas rocas siguen hasta Córdoba. Esto último lo pudimos determinar aprovechando la existencia de viejos pozos petrolíferos de YPF que nos permitieron detectar ese tipo de rocas con microsondas de alta resolución.

–¿Pudieron determinarse otras mediciones para La Plata?

–Sí, los pisos de calle 8, aunque son más jóvenes que los de la Catedral. Provienen de Sierra Negra. Tienen unos 181 millones de años de antigüedad, al igual que los pisos de las veredas exteriores del Teatro Argentino.

–¿Qué instrumental utilizan los geólogos para investigar?

–Bueno, existen diversas metodologías y herramientas. Algunos métodos son accesibles, como los llamados paleomagnetismos y magnetismo ambiental. Pero otros reclaman de instrumental muy costoso, que son los que yo utilizo. Para determinar las edades de las rocas se necesitan equipos extremadamente caros.

–¿Qué es esto de que el subsuelo marplatense fue alguna vez parte del Africa..? Usted dirigió esa investigación.

–Esto deriva, claro, del llamado movimiento de las placas tectónicas. Lo cierto es que esa conclusión fue alcanzada por una investigación internacional que coordinamos. Ocurre que en 1934, al realizarse una perforación de 500 metros de profundidad en busca de agua en proximidades del faro de Punta Mogotes se descubrió una extraña formación rocosa, cuyo origen no pudo ser desentrañado hasta 2010, cuando allí un equipo de investigadores de la Universidad de Córdoba, la Universidad Complutense de Madrid, el Servicio Geológico de Inglaterra y la Universidad Nacional de Australia, que detectaron un fenómeno ocurrido hace 760 millones de años.

–¿Y qué fue lo que descubrieron?

–Bueno, millones de años antes de que se formara Gondwana –aquel maxi continente del que surgieron Sudamérica, Africa, Australia, Antártida y la India– una parte de lo que es hoy la costa del suroeste de Africa se separó de ese continente y se adosó en la zona donde se encuentra Mar del Plata. Si bien esto es algo que se sospechaba desde hace tiempo, ahora no quedarían dudas de que ocurrió.

–¿Puede decirse entonces que el subsuelo de Mar del Plata fue alguna vez parte del Africa?

–Así es. Vea, mucho tiempo después de que se adosara, ese trozo de continente africano fue cubierto por sedimentos marinos denominados Formación Balcarce, que no es otra cosa que la piedra Mar del Plata que conoce la gente. Pero debajo hay otras rocas que nada tienen que ver con ella y que se extienden al oeste hasta la localidad de Balcarce; y, al este de Mar del Plata, en la plataforma continental. Al analizarlas pudimos comprobar que eran mucho más antiguas y eso nos llevó a emprender una investigación más exhaustiva para determinar su origen. Tras un año y medio de trabajo, el equipo de investigadores llegó finalmente a la conclusión de dónde provenían esos terrenos. De acuerdo con nuestros estudios, su origen es africano; más concretamente de la región de Angola.

–Usted le dijo alguna vez a la Agencia CTyS que no se puede renunciar a la ciencia de calidad. ¿Qué significa eso?

–Efectivamente. Lo que quise señalar es que, por caso, en los países con alto desarrollo y mejor organización social, la investigación científica se ajusta a ese contexto. Y que en nuestro caso, lo esencial es hacer ciencia de primer nivel con nuestra propia organización, pero nunca debemos ni podemos renunciar a la ciencia de calidad. Y nosotros podemos hacer muy buena ciencia con los elementos sociales que tenemos.

–––

En La Plata hay un edificio casi nuevo, sobre calle 8 entre 62 y 63. Tiene cuatro plantas, está bañado por la luz que cae desde un techo vidriado y es la envidia de todos los científicos del país, “inclusive de los porteños”. Se trata de la sede propia del Conicet, especialmente diseñada por sus propios arquitectos para los fines que cumple. En ese edificio se realizan por año unos veinte a treinta congresos internacionales de científicos. También allí se reúnen periódicamente los representantes de los 23 institutos descentralizados en todas las facultades. Piezas para investigadores, con instrumental de vanguardia. Un centro de Internet 2 de avanzada, que pronto beneficiará a la UNLP. Una suerte de microcine de 200 butacas con una “réplica” en el piso superior, de modo que otras doscientas personas pueden seguir por pantalla los encuentros en el salón principal del Conicet. Rapela muestra con orgullo todas y cada una de las dependencias. La marca del Conicet –una suerte de ocho acostado– coincide con la del infinito.

Fuente: El Día / Domingo 20 de Enero de 2013


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Rita Levi-Montalcini

Adiós a la premio Nobel de Medicina y senadora vitalicia de Italia.

Miles de italianos despidieron ayer en la ciudad de Turín los restos de uno de los personajes más importantes de la ciencia contemporánea: la neurocientífica Rita Levi-Montalcini, que falleció a los 103 años.

Cubierto con rosas rojas, el féretro con los restos de la premio Nobel de Medicina (1986) recorrió las calles de su ciudad natal desde la plaza en la que se realizó un funeral público hasta el cementerio. Cerca de éste, la gente esperó su llegada durante varias horas. Allí, un aplauso prolongado quebró el silencio respetuoso.

La senadora vitalicia falleció el domingo pasado en su casa de Roma. Su muerte fue “una pérdida para la humanidad”, dijo el alcalde de Roma, Gianni Alemanno. Sus restos fueron trasladados hasta la sede del Senado italiano, donde el último día de 2012 se instaló una capilla ardiente. El primer ministro saliente, Mario Monti, y otras autoridades recibieron sus restos mortales.

Ayer, los turinenses pudieron brindarles su homenaje y ofrecerles sus condolencias. Sus restos ya descansan en el cementerio judío Monumentale, junto a los de su hermana gemela, Paola, fallecida en 2000. Levi-Montalcini había nacido en Turín el 22 de abril de 1909 en una familia italiana de religión judía. Estudió medicina cuando las mujeres no la estudiaban, y no lo hizo sola, sino con su prima, la doctora Eugenia Sacerdote de Lustig (1910-2011), que emigró a la Argentina y se convirtió en una personalidad referente de la ciencia local.

Levi-Montalcini se graduó en 1936 y se especializó en neurología, aunque las leyes del régimen de Mussolini, en 1938, prohibían estudiar a los judíos. “Sus descubrimientos sobre sustancias químicas producidas por algunos tejidos para hacer crecer y dirigir la formación de los circuitos neuronales revolucionaron el estudio del desarrollo del sistema nervioso” –recordó el doctor Osvaldo Uchitel, director del Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias, de la UBA-Conicet–.

Hasta ese momento, los científicos no tenían idea de cómo las células embrionarias construían intrincadas vías de comunicación entre ellas. La doctora Levi-Montalcini comenzó a investigar esas sustancias con embriones de pollo en el dormitorio de su casa de Turín durante la Segunda Guerra Mundial. Se refugió del nazismo en Florencia, “donde sentó las bases de la existencia de esas sustancias, que hoy se conocen como factores neurotróficos –agregó Uchitel por mail–. Observó que algo hacía que las conexiones nerviosas crecieran […] Después de la guerra, trabajó en la Universidad de Washington en St. Louis, donde descubrió la proteína que liberan las células nerviosas y atrae el crecimiento de las ramificaciones de las neuronas vecinas. Esto estimuló al doctor Stanley Cohen a buscar otros factores, como el de crecimiento de las células epidérmicas, que hoy sabemos que es importante en el desarrollo del cáncer mamario“.

Por estos descubrimientos, Levi-Montalcini y Cohen compartieron el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1986. Además, dirigió el Centro de Investigación Neurobiológica y el Laboratorio de Biología Celular de Roma. En 2001 fue designada senadora vitalicia y nunca se jubiló.

Fuente: La Nación / Jueves 3 de Enero de 2013