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El día a día de la Ciencia


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Alberto Kornblihtt, flamante miembro de la Academia Nacional de Ciencias

El 26 de julio pasado se concretó la incorporación del biólogo Alberto Kornblihtt en la Academia Nacional de Ciencias.

Kornblihtt es profesor de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA e investigador del Instituto UBA-CONICET de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias.

Es licenciado en Ciencias Biológicas, Doctor en Ciencias Químicas de la UBA y posdoctorado en la Universidad de Oxford. Se dedica a investigar la regulación de la expresión de genes humanos, en particular el mecanismo de splicing alternativo, que hace que cada gen pueda codificar más de una proteína.

A lo largo de su carrera recibió numerosos premio nacionales e internacionales, entre ellos: la beca Guggenheim, la beca Antorchas, Premio Konex de Platino, Medalla del Bicentenario y fue nombrado en 2011 Investigador de la Nación Argentina. Además, publicó más de 100 trabajos en revistas internacionales con referato, dirigió numerosas tesis doctorales y dictó conferencias por invitación en gran cantidad de países.

En mayo de este año también fue incorporado a la Academia el inmunólogo Gabriel Rabinovich, investigador del Conicet y profesor de Exactas UBA, sumándose así a otros profesores de Exactas UBA tales como Gerardo Burton, Víctor Ramos y Armando Parodi.

Fuente: Noticias Exactas / Martes 30 de Julio de 2013


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Destacan que el programa Raíces ya repatrió a casi mil científicos

El ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, Lino Barañao, anticipó que “en breve estaremos festejando el repatriado número mil”, en el marco del Programa Raíces (Red de Argentinos Investigadores y Científicos en el Exterior).

El plan de la cartera, iniciado a fines de 2008, apunta a fortalecer las capacidades científicas y tecnológicas del país, por medio del desarrollo de políticas de vinculación con investigadores argentinos residentes fuera del país.

En ese sentido, se alienta el retorno de aquellos interesados en desarrollar sus actividades en la Argentina, que ya rondan los 990 y hacia fines de este año llegarán al millar, según estiman en el Ministerio.

Los funcionarios del área señalan que los recursos humanos ocupan un lugar central para el desarrollo de las economías del conocimiento, y destacan que el Programa Raíces apunta a revertir la pérdida de talentos sufrida durante más de cuatro decenios.

“Todos estos repatriados tienen un lugar y contrato de trabajo a su vuelta al país”, explicó Barañao a Télam.

Esta modalidad –agregó el ministro– “no deja librado al profesional”, que anteriormente tenía que realizar la búsqueda de reinserción laboral por su cuenta.

Un tercio de los científicos y tecnólogos argentinos emigrantes (unos 4.800, según un relevamiento del Mincyt) se radicó en los  Estados Unidos, 27 por ciento en países europeos y 21 por ciento en Brasil.

La política de repatriación contempló distintas políticas de retención, de promoción del retorno y vinculación de esos científicos e investigadores.

Barañao destacó que “a través de recursos humanos y del programa de radicación de investigadores, le damos a las instituciones la posibilidad de financiar el salario de los profesionales, hasta que tengan un contrato definitivo”.

A la vez, resaltó el ministro, se desarrolla un amplio plan de adecuación de las condiciones edilicias de los centros.

El objetivo es “que las tareas experimentales se puedan desarrollar de forma tan productiva como en los países de residencia de estos profesionales”.

Los científicos ya repatriados e insertados en áreas locales de investigación pertenecen a todas las áreas de estudio, y no se registran casos de regresos a sus anteriores centros.

“Graduar un profesional universitario –estimó Barañao– cuesta al exterior alrededor de 200 mil dólares, y si asumimos que nuestros graduados compiten efectivamente con los de cualquier universidad extranjera, su valor debe ser equivalente”.

“Todo eso nos lleva a pensar que tenemos algunos cientos de millones de dólares en capital intelectual invertidos en el exterior”, añadió el ministro.

En el Mincyt destacan que quienes decidieron volver al país lograron condiciones, tanto materiales como de posibilidades de desarrollo profesional, similares a las que tenían en el exterior.

Parte de esos resultados se debe al subprograma Raíces Productivo, que incluye un enlace con empresarios profesionales y tecnólogos argentinos en el exterior, para el desarrollo de oportunidades de cooperación científica, tecnológica y de negocios con alto valor agregado tecnológico.

Fuente: Télam / Lunes 5 de Agosto de 2013


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35 premios Nobel y 600 jóvenes investigadores

Cuando éramos niños nos relataban esos cuentos originados en la recopilación de los Hermanos Grimm, en los cuales había condes y condesas, grandes héroes y héroes por nacer, palacios y pueblos de ensueño. Este relato ocurre en un pueblito de cuento de hadas llamado Lindau, donde los nacientes héroes de la ciencia, jóvenes investigadores de todas partes del mudo, se reúnen a escuchar las anécdotas de los veteranos más laureados, los ganadores del Premio Nobel.

Son los llamados Lindau Nobel Laureate Meeting. La idea principal de estas reuniones es conectar y enseñar, que las nuevas generaciones se nutran de la experiencia que destilan las viejas generaciones de investigadores.

En ese pueblito de ensueño que es Lindau, enclavado en una isla del lago Constanza, Alemania, se cumple el sueño de todo científico que recién empieza su carrera, que es el de poder charlar de frente con los veteranos de la ciencia, con aquellos que llevan décadas de investigación encima y que han aportado su granito a la historia y al avance de la ciencia.

El principal objetivo de las Lindau Nobel Laureate Meetings es que los 600 investigadores jóvenes que acuden cada año a Lindau se puedan conectar entre sí y con los premios Nobel. La carrera de un científico que se inicia puede llegar a ser muy dura, por lo que tener la oportunidad de hacer conexiones como ésta es un gran logro para los 600 jóvenes que fueron elegidos para asistir a Lindau.

Argentinos en Lindau

Un ejemplo de ello son Laura Mazzaferro, Victoria Flexer y Javier Bardagi, tres investigadores argentinos que se dedican a la química, y que estuvieron en Lindau. Laura y Javier están terminando sus estudios de post doctorado en Alemania. Victoria lo está haciendo en Bélgica. Esto resume un poco una de las metas de estas reuniones: la de anular las fronteras. Que la ciencia no tenga nacionalidad, más que la de la humanidad.

Podrá parecer naïf, ya que si bien los científicos no tienen problemas en desarrollar sus investigaciones en diferentes países, sus descubrimientos a veces no se transforman en un bien de la humanidad, ni en el de una nación dada, sino tal vez de una compañía. Lindau aboga por compartir el conocimiento.

Laura Mazzaferro es una argentina de La Pampa, que se recibió de licenciada en Química en 2007, en la Universidad Nacional de La Pampa, y se doctoró con beca del Conicet en 2011. Para 2012 ya estaba realizando su post doctorado en Alemania, becada por la Fundación Alexander von Humboldt, en la Universidad de Freiburg.

“Cuando recibí la nominación para participar de la reunión Lindau –nos contó Laura antes de que se iniciasen las reuniones– fue una gran sorpresa, porque siendo estudiante en la UNLPam jamás me imaginé poder encontrarme algún día con nada menos que los premios Nobel de Química. Considero que estos científicos son la cara visible de excelentes grupos de trabajo, sin los cuales los descubrimientos que realizaron no hubieran sido posibles. Por eso me gustaría preguntarles cómo fue ese proceso de armar un grupo de trabajo y llevar adelante una línea de investigación, qué dificultades tuvieron y cómo las resolvieron. Sí, me interesa particularmente ‘eso que no se cuenta’, o sea, el día a día de trabajar en investigación.”

Victoria Flexer es doctora en Química de la Universidad de Buenos Aires, y está investigando en la Universidad de Ghent, Bélgica, becada por el programa Marie Curie Actions. Allí llegó desde Australia, donde trabajó como investigadora. Antes estuvo en Francia, donde hizo un post doctorado de tres años.

Esto ya nos habla de una científica inquieta. “Ahora estoy trabajando en estudios de corrosión y recubrimientos anticorrosión aplicados en particular a conservación de patrimonio cultural (objetos antiguos, incluyendo arqueológicos)”, nos cuenta Victoria. “Lo que más me interesa del meeting de Lindau –dice Victoria– es la posibilidad de escuchar conferencias sobre temáticas muy diversas, donde espero que los oradores darán una charla tratando de abarcar una visión amplia de algún tema. A mí siempre me gustó la ciencia en un sentido amplio, y me interesa incluso la posibilidad de moverme entre distintos temas. Algo que un poco he hecho en estos años de trabajar en el extranjero. Lamentablemente esto no es muy fácil, dado que cuando uno busca un nuevo puesto científico en general buscan contratarte por la experiencia que ya tenés en determinado tema, y no porque vos tenés ganas de aprender cosas nuevas en una temática completamente distinta.”

Javier Bardagi es otro químico argentino, doctorado en la Universidad Nacional de Córdoba, que también logró una beca de la Fundación Alexander von Humboldt, para trabajar en la Universidad de Regensburg, Alemania.

“Principalmente –nos cuenta Javier–, espero poder conocer o interpretar la visión del futuro de los premios Nobel, cómo encaran sus proyectos a largo plazo. Por supuesto que también es una gran oportunidad para conocer investigadores de diferentes países y compartir ideas, algo que siempre es bueno y que muchas veces te lleva a ver las cosas desde otra perspectiva. Por suerte el entusiasmo se contagia y uno puede cargar pilas al encontrarse con personas que muestran un gran entusiasmo por lo que hacen.”

Enseñar la ciencia

Hacia el final de la semana de Lindau, Victoria Flexer nos cuenta que “es la mejor conferencia en la que jamás estuve. Me voló la cabeza. Te puedo decir que las tres palabritas del leit motiv de la conferencia se aplican a la perfección: me eduqué, o sea, aprendí cosas nuevas; me conecté, o sea, conocí un montón de colegas con quienes entablé discusiones muy interesantes y con quienes tal vez en el futuro termine colaborando, y por sobre todas las cosas sirvió para inspirarme. Me di cuenta de que los Nobel son tipos del montón pero con una mente brillante. En los 6 días que pasé en Lindau, no vi una sola muestra de arrogancia, de soberbia, ni de pedantería. Todo lo contrario, muchísima humildad, siempre un reconocimiento a sus colaboradores en el laboratorio, a la pequeña cuota de azar que ayudó a algunos a descubrir algo único. La buena onda constante para detenerse y responder preguntas mano a mano cuando te los cruzabas en un pasillo”.

“¿Cómo no sentirme ahora obligada a enseñar en mi regreso a Argentina, después de haber pasado una semana con estos tipos en un proceso de aprendizaje permanente?”, reflexiona Victoria. Es lo que resume el paso de los jóvenes investigadores y de los Nobel por Lindau.

Fuente: Página 12 / Sábado 20 de Julio de 2013


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Volver para construir

Hernán Grecco es físico de Exactas. Luego de doctorarse en la Facultad viajó a Alemania para trabajar en uno de los institutos de la prestigiosa Sociedad Max Planck. Recién instalado en la Argentina, luego de permanecer seis años en Europa, explica las razones de su vuelta, describe los cambios que encontró y se muestra esperanzado en colaborar con el crecimiento de la ciencia en el país.

por Gabriel Rocca

–¿Cuándo empezaste tu carrera?

–Entré a la Facultad en el segundo cuatrimestre del 96. Estaba bastante indeciso acerca de qué carrera seguir hasta que un profesor del secundario me contactó con un estudiante de Física de la Facultad que me invitó a venir y me llevó a recorrer la Facultad. Vi un lugar donde había proximidad entre profesores y alumnos y gente motivada para mejorar la institución en la que trabajaba. Me enganchó mucho la idea de una comunidad pujante.

–¿En qué año terminaste tu licenciatura?

–Terminé en diciembre de 2001. Era un momento complicado. El país estaba en una situación económica y política muy difícil, sobre todo para empezar un doctorado. Había mucha incertidumbre en relación con el futuro.

–En ese momento, ¿estabas decidido a hacer un doctorado?

–Yo tenía claro que quería hacer una carrera académica. Me planteé la posibilidad de irme afuera. Pero hablando con mucha gente todos coincidían en que si uno hacía el doctorado en un buen laboratorio de acá, en cuanto a formación, iba a estar al mismo nivel que en un laboratorio de afuera. Entonces, opté por quedarme. Yo había hecho la licenciatura con Oscar Martínez y continué el doctorado con él. Quería aprender un poco de biología y él me recomendó que, para eso, era mejor que me fuera unos meses al exterior. Entonces, si bien hice todo mi doctorado acá, dos veranos me fui a trabajar a un Instituto Max Planck en Alemania. Eso fue muy bueno, tanto personal como profesionalmente.

–¿Tenías decidido qué hacer al finalizar tu doctorado?

–Sí, a principios del 2007, me fui de posdoc a Alemania. Después de haber estado en allá casi ocho meses durante mi doctorado, me atraía la idea hacer ciencia afuera y, sobre todo, de insertarme en un grupo interdisciplinario. Yo tenía ganas de aprender más biología y entonces opté por ir a un grupo en el cual hicieran biología y necesitaran físicos. Y eso fue muy bueno porque me obligó a salir de la zona de confort. Por otro lado, el Max Planck es un muy buen lugar para aprender el trabajo interdisciplinario.

–¿Dónde se encontraba el Instituto en el que trabajabas?

–En la ciudad de Dortmund. Es un instituto muy interesante porque hacen química básica orientada al desarrollo de fármacos, biología estructural, bioquímica, y el grupo en el que yo me integré es el de biología celular. Es un grupo que recién se había mudado, es decir, que yo llegué a un grupo nuevo, a un laboratorio nuevo, lo que fue muy interesante. Armar un laboratorio de cero es mucho trabajo pero también es la posibilidad de plasmar las ideas de uno en ello.

–¿Cómo fue la adaptación a nivel humano?

–Dortmund es una zona interesante porque tiene mucha inmigración. Y, culturalmente, si bien es cierto que es una sociedad totalmente distinta, por otro lado, el ambiente académico es especial porque hay una gran cantidad de extranjeros. Entonces, una de las cosas que más disfruté es la posibilidad de encontrarme con gente de culturas totalmente diferentes. Había mucha gente de India, China, Estados Unidos, distintos países de Europa, de África. Trabajar en un ambiente tan internacional abre la cabeza. Es muy valioso.

–¿Qué es lo que más te llamó la atención acerca del trabajo científico en MP?

–Alemania es un país con mucha inversión en I+D tanto a nivel público como privado. Y eso se nota. Se nota en que los estudiantes de licenciatura y doctorado tienen muchas salidas laborales en industrias y empresas tecnológicas pequeñas. También se nota en la disponibilidad de materiales para trabajar. Pero, además de la cantidad de plata, hay una organización que simplifica la vida del investigador. Eso también forma parte de la experiencia de vivir afuera, ver que hay cosas que con la misma cantidad de dinero se podrían hacer distinto y mejor.

–Tu formación en Exactas ¿te permitió insertarte sin problemas en una institución de ese nivel?

–Sí, la formación que uno tiene acá, desde el punto de vista conceptual y teórica, es muy buena. Es cierto que tenemos acceso a menos equipos y, por lo tanto, hay ciertos dispositivos que tenemos que aprender a usar pero nunca tuve problemas para participar en alguna investigación por falta de formación. Y lo más importante es que la Facultad me brindó la posibilidad de aprender a aprender cosas, porque uno siempre se va a meter en temas en los que algo no sabe. Entonces, desarrollar esa capacidad es clave.

–Cuando te fuiste, ¿viajaste con una idea definida acerca de volver?

–Tenía la idea de estar dos o tres años afuera y volver. Pero después me ofrecieron un cargo de líder de proyecto y después de líder de grupo y el tiempo fue pasando y estábamos bien. Está claro que en Alemania se vive muy bien y, por suerte, el grupo humano que yo encontré era excelente. Quedarnos era una posibilidad seria. Por otro lado, a mí me atraía mucho la idea de regresar por el hecho de ayudar a construir cosas. Uno siente que acá puede hacer la diferencia, colaborando con otra gente de la Facultad para promover sus actividades, para ayudar a que el sistema crezca. Eso es muy enriquecedor. Yo viajé con mi mujer y dos hijos. Y lo que nos decidió a volver fue una conjunción de cosas. Por un lado las posibilidades de insertarme acá en un laboratorio, la apertura de cargos en CONICET y UBA y, por otro, en el aspecto personal, mi hijo mayor tenía que empezar la primaria y después iba a ser más difícil retornar.

–¿Cómo fuiste planificando tu regreso?

–Planear una vuelta con familia es complicado. Yo tuve la suerte de volver a Buenos Aires periódicamente entonces estaba al tanto de lo que estaba pasando. Eso me daba un panorama acerca de las posibilidades reales para reinsertarme. Cuando tomé la decisión de volver presenté los papeles para ingresar a carrera en CONICET y me presenté a un cargo de UBA como profesor. Todo eso fue saliendo a lo largo de 2012, y entonces en 2013 volvimos. Había hablado acá en el Departamento, con la gente del IFIBA, y tuve la suerte de poder incorporarme al Laboratorio de Electrónica Cuántica, que cuenta con cierto equipamiento, lo cual me ayudó para arrancar porque empezar implica un gasto muy grande y a veces ese tipo de partidas no están disponibles, lo que hace que los primeros años sean difíciles.

–¿Notaste cambios en la situación del sistema científico en los últimos años?

–Lo que se ve, primero, es que se ha venido aumentando el nivel de inversión y también que hay mucha más gente. Más gente investigando, más alumnos estudiando. Por lo que estuve viendo prácticamente se duplicó el número de alumnos en la carrera de Física, lo cual es impresionante. También se ve el crecimiento de grupos experimentales en el Departamento de Física. Creo que son cosas muy positivas. Institucionalmente tenemos que acompañar todo eso con más subsidios, flexibilizando ciertas normas de presentación para que la gente que entra no pierda demasiado tiempo de instalación.

Algo que se está haciendo en el Departamento y me parece muy bueno es el Programa de Profesores Visitantes. Creo que es excelente, no solamente por la posibilidad de que los alumnos tomen esos cursos, sino por la interacción con otros investigadores de primer nivel. Me parece fundamental que la gente se vaya relacionando, conectándose, estableciendo redes. Esa es la palabra clave.

–Hace poco que te instalaste pero, al menos por ahora, ¿estás contento con tu regreso?

–Sí, uno siempre vuelve con esperanza y, hasta ahora, no estoy para nada defraudado. Yo tengo claro que hay ciertas cosas que acá son más complicadas pero, por otro lado, veo el potencial que tienen de los alumnos, el interés que demuestran, son cosas que dan mucho ánimo para seguir trabajando. Y eso, sumado a gente muy buena que está volviendo, que se está instalando en la Facultad, con la cual está la idea de interactuar, de hacer trabajos interdisciplinarios, es muy valioso. Eso es lo que me trajo de vuelta.

Fuente: Noticias Exactas / Jueves 27 de Junio de 2013


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La belleza de lo científico

Un físico argentino analiza la relación que une ciencia, literatura, y arte en general.

Es posible que algún día sí se invente un sistema capaz de rastrear el recorrido de una idea, un radar que muestre cómo una hilacha de pensamiento nace y termina por convertirse en el eje de una novela o en una teoría científica. El físico, guitarrista y escritor tucumano Alberto Rojo cuenta que hasta hoy, sin embargo, el funcionamiento del cerebro es una especie de territorio comanche por el cual le cuesta avanzar a la ciencia.

Creo que hoy por hoy, uno de los grandes saltos científicos sería lograr entender las redes neuronales, porque no tenemos mucha idea sobre qué ocurre exactamente en el cerebro”, cuenta este científico salido del Instituto Balseiro, que desde hace varios años trabaja como docente de física cuántica en la Universidad de Oakland (Estados Unidos). Tras escribir varios libros en los que se ocupó de temas como el azar o la física en la vida cotidiana, Rojo presenta “Borges y la física cuántica” (Siglo XXI editores), un libro en el que intenta rastrear el recorrido de ciertas ideas artísticas que se adelantaron a teorías científicas o, por el contrario, de teorías que afectaron las disciplinas artísticas de su tiempo.

En los artículos que recopila el libro analiza la influencia de los pintores renacentistas en las investigaciones astronómicas de Galileo, explica el funcionamiento del GPS a través de una trama policial, señala la similitud entre el cuadro “Noche estrellada” de Van Gogh y los halos de materia oscura, o habla sobre cómo Jorge Luis Borges, con su cuento “El jardín de senderos que se bifurcan”, postuló una teoría cuántica del tiempo antes que la física.

La hipótesis de fondo de cada uno de esos artículos –y que él reconoce que no es suya, sino “un precipitado de ideas de otros sustanciada en hechos históricos”– es que muchas veces la ciencia no avanza buscando la verdad sino más bien la simplicidad, la simetría o el equilibrio, ideales ligados más bien a lo bello. “Creo que en el fondo, la ciencia es una creación de la mente igual que lo es el arte, que la misma imaginación que crea el arte crea la ciencia. No hay que engañarse con la creencia de que las leyes físicas gobiernan el Universo, esa es una idea más religiosa que otra cosa. En el fondo, las leyes físicas no son leyes sino descripciones nuestras, síntesis mentales de las regularidades del Universo”, explica Rojo.

La idea de empezar a buscar estos cruces entre disciplinas le viene a Rojo desde chico. Creció leyendo literatura gracias a la biblioteca que tenía el padre, es un guitarrista experimentado que llegó a grabar con Mercedes Sosa y también un fanático desde la adolescencia de divulgadores científicos como Carl Sagan, Martin Gardner o Isaac Asimov.

Cuando comenzó a estudiar física, lo sorprendió ver la cantidad de biólogos, físicos o astrónomos que aludían a la literatura y hasta incorporaban fragmentos de un cuento o un poema como epígrafe para sus trabajos. “Uno, además, empieza a descubrir que hay cierto lirismo en muchos trabajos científicos, una suerte de estética subyacente en la ciencia. De hecho, parecería ser que toda idea sofisticada e inteligente acaba siendo verdadera. Es un enigma por qué la realidad se comporta de la forma que a nosotros nos parece más interesante, pero la historia de la ciencia apunta a que, aparentemente, es así”, explica Rojo.

Uno de los ejemplos más claros de ese lirismo en la ciencia lo encuentra en el denominado “año milagroso” de Einstein, que en 1905 escribió cuatro de sus trabajos más importantes, entre ellos la Teoría de la Relatividad. Según Rojo, durante ese año Einstein tomó ideas como la de los cuantos (unidades que permiten dividir la energía de la luz en cantidades enteras), que ya había sido formulada por Max Planck en el año 1900 pero que existía como una ficción matemática, para elaborar teorías que poco tiempo después sí pudieron ser probadas de forma experimental.

En los trabajos de ese año admirable de Einstein confluyen la realidad y la ficción de un modo que no tiene precedentes en la historia del conocimiento. La palabra ficción aparece en casi todas las ideas que él toma”, asegura el físico argentino.

Noticias: ¿Ve algún parecido entre los temperamentos de Einstein y Borges, la otra personalidad que más nombra en su libro?

Alberto Rojo: Sí, creo que ante todo eran dos iconoclastas, dos personas que repensaron la realidad por su lado, sin seguir modas, y por eso dejaron obras sinceras.

Borges no se hizo conocido sino que tuvo 60 años, hasta entonces escribió una literatura que no parecía tener proyección, unos cuentos que hasta fueron considerados pedanterías. Einstein hizo algo parecido, escribió sus cinco trabajos más famosos mientras trabajaba en una oficina de patentes en Zurich, buscando solo lo que lo intrigaba.

Otra cuestión podría ser un cierto desapego por la familia y la patria, creo que eran dos personas un poco universales. Además, me parece que los dos tenían una idea religiosa análoga. Creo que ambos creían en ese dios de Espinoza, en la idea de que hay un misterio al que uno está vinculado. De ahí viene la palabra religión, re-li-gar, estar ligado a un misterio.

Relaciones

Entre los principales ejemplos de influencia de la ciencia sobre una corriente artística, Rojo menciona a la pintura puntillista o el cubismo: detrás de un cuadro plasmado con puntitos gravita, según él, la imposición del atomismo en la teoría de la física y la idea de que los átomos son reales. “Lo mismo se puede decir del cubismo. Hay una parte de transgresión de la perspectiva tradicional de la pintura, pero también hay un juego con varias visiones simultáneas de lo mismo. Uno no puede dejar de pensar que Picasso pintó “Las señoritas de Avignon” en 1906, justo después de que Einstein planteara que el espacio y el tiempo son prácticamente intercambiables. Más allá de que no conociera esa teoría, hay algo de esas ideas que están en la matriz cultural de la época”, hipotetiza el físico argentino.

Noticias: Da la sensación de que la física hoy ha perdido un poco de peso como disparador de ficciones en comparación a otras disciplinas científicas. ¿Usted qué cree?

Rojo: Creo que hay cosas como los universos paralelos que siguen funcionando, pero es cierto que no vivimos un auge de la física como en los años ´40, ´50 o ´60, con la explosión de la física nuclear, o como en los ´70 con la electrónica, una época en la que todo era “tron”. Hoy los grandes avances, en ese sentido, se están dando en el territorio de la biotecnología. Es increíble lo que puede llegar a pasar y está muy cerca.

Imagínese cuando le pongan un chip y podamos generar conciencia colectiva entre los dos, una especie de wi-fi entre los dos cerebros, que permita pensar entre varios: eso está ahí, ya hay chips para implantes.

Noticias: ¿Qué otras ramas de la ciencia ve como disparadores de ficciones o arte?

Rojo: Bueno, en materia de comunicación vemos cosas que eran ciencia ficción. Lo que falta es dar un paso desde las redes de comunicación para entender las redes neuronales: ese sería el salto. No tenemos mucha idea sobre qué ocurre en el cerebro.

Un gran problema neurocientífico es el libre albedrío. ¿Existe o no existe? Luego hay cosas más directas como las células madre, la clonación, la posibilidad de programar seres humanos y tener un reloj que les permita a las personas saber qué les va a pasar en cuanto a enfermedades. Hay muchos territorios inexplorados en la biotecnología, eso es lo que cuenta la película “Gattacca”, que tiene que ver con programación genética.

Inspirados e inspiradores

El físico argentino Alberto Rojo cree que la ciencia busca la belleza y el equilibrio, tal y como lo hace el arte en sus diferentes formas: desde la literatura hasta la plástica.

Jorge Luis Borges, en su “Jardín de los senderos que se bifurcan”, postuló una teoría cuántica del tiempo antes que la física. Albert Einstein, muy vinculado con la ficción. Carl Sagan, inspiración para Rojo.

Áurea proporción

Uno de los puntos de contacto entre ciencia y arte a los que más se hace referencia es el uso de la proporción áurea en pintura, arquitectura o música.

Muchos documentales hablan de que el cociente entre el ancho y el alto del Partenón –o de los principales cuadros del Renacimiento– se acerca a 1.618, una proporción que aparece habitualmente en geometría o botánica y que a veces se relaciona con la belleza de las obras de arte. El físico argentino Alberto Rojo, sin embargo, cuestiona esa idea. “Este tema de las relaciones áureas tiene su razón en la botánica, como principio de eficiencia, pero después se extrapola. El adjetivo áureo viene de la idea de que esa proporción es agradable a la vista, una observación debatible. A los seres humanos les gustan las formas apaisadas, pero la idea de su uso durante el Renacimiento está sobredimensionada. Si uno mide los cuadros ve que las proporciones dan 1,5, o 1,6 o 1,44. Con el Partenón lo mismo, todo depende desde dónde lo midas”, explica. Uno de los ejemplos artísticos más conocidos es “El hombre de Vitruvio” de Leonardo Da Vinci, pero las proporciones de esa figura tampoco se ajustan exactamente a la proporción áurea.

Ágata Olariu, física rumana, midió las proporciones de 565 cuadros de pintores famosos y descubrió que la proporción promedio entre los lados de esos cuadros era de 1,32. “Aun así, hoy hay muchos objetos que se diseñan siguiendo la proporción áurea, como las tarjetas de crédito o las libretas Moleskine”, cuenta Rojo.

Fuente: Revistas Noticias / Sábado 04 de Mayo de 2013


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Reconocimiento a la excelencia

Cuatro argentinos entran a la Academia de Ciencias de EE.UU. Se formaron en la UBA y luego emigraron.

 por Florencia Ballarino

Jorge Dubcovsky, Eduardo Fradkin, Juan Maldacena y Eduardo De Robertis. Cuatro investigadores argentinos fueron incorporados como nuevos miembros de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, una de las instituciones más prestigiosas del mundo y que este año conmemora su 150º aniversario.

Ellos son: los físicos Juan Martín Maldacena y Eduardo Fradkin, el biólogo Jorge Dubcovsky y el bioquímico Eduardo De Robertis. Estos científicos fueron escogidos por su pares en reconocimiento “a sus distinguidos y continuos logros en investigaciones originales”.

Se trata de la primera vez que se eligen cuatro científicos que se formaron en la Argentina y luego emigraron a EE.UU. como miembros activos de la Academia. Con anterioridad, la institución había incorporado a otros seis investigadores del país como asociados extranjeros: Armando Parodi, Francisco de la Cruz, Alberto Frasch, Sandra Díaz, Víctor Ramos y Alberto Kornblihtt.

Me llamaron por teléfono a las seis de la mañana para informarme del nombramiento. Para mí es un honor formar parte de la Academia”, contó Juan Maldacena por mail a PERFIL desde Princeton, donde trabaja como profesor en el Instituto de Estudios Avanzados. Maldacena es uno de los científicos más reconocidos en el mundo por su contribución al progreso de la física a partir de la teoría de las cuerdas, según la cual las partículas no son pensadas como puntos sino como cuerdas muy pequeñas que oscilan de forma diferente. El científico nació en Buenos Aires en 1968 y tras cursar la secundaria en el Liceo Militar General San Martín inició sus estudios superiores en la UBA. Luego continuó en el Instituto Balseiro de Bariloche, donde obtuvo su licenciatura en Física. El año pasado, recibió el premio Yuri Milner, dotado de US$ 3 millones.

Otro de los físicos premiados fue el argentino Eduardo Fradkin, profesor del Departamento de Física de la Universidad de Illinois, en EE.UU. Fradkin se recibió de licenciado en Física en la UBA en 1973 y más tarde hizo su doctorado en la Universidad de Stanford, en California. Sus aportes principales corresponden al campo de la física de la materia condensada. “En este momento mi trabajo se concentra en dos problemas centrales: la teoría de los estados topológicos de la materia y la teoría de los superconductores de alta temperatura”, le resumió a PERFIL. Para el físico teórico, el premio es un gran reconocimiento por parte de la comunidad científica: “El hecho que cuatro científicos argentinos, todos formados en la universidad pública fuéramos elegidos es testimonio de la calidad de la educación que recibimos”.

Además de Maldacena y Fradkin, la Academia también eligió como miembro al genetista Jorge Dubcovsky, profesor del Departamento de Ciencias Vegetales de la Universidad de California. “El premio es un reconocimiento importante al trabajo de muchos años. Me abre puertas para influir en consultas que el gobierno de EE.UU. hace a los científicos sobre agricultura e inversión en ciencia”, le dijo a PERFIL. El científico realizó una valiosa contribución al mejoramiento genético del trigo, basado en el uso de herramientas tecnológicas de ultima generación. “Mi laboratorio se dedica a identificar los genes que regulan la floración del trigo y la madurez del grano”, contó. Dubcovsky estudió en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, donde obtuvo su título de licenciado en Ciencias Biológicas en 1984. En la década del 90 emigró a EE.UU. Sin embargo, mantiene un estrecho vínculo con la Argentina, ya que colabora con el INTA en el programa de trigo en Marcos Juárez, Córdoba, y tiene a su cargo cuatro estudiantes de doctorado.

El último investigador premiado es un argentino “por adopción”. Eduardo De Robertis (h) nació en Boston, EE.UU., mientras su padre –el reconocido médico y biólogo argentino del mismo nombre– estudiada en el MIT. Luego, se recibió de médico en Uruguay e hizo su doctorado en química en el Instituto Leloir, de Buenos Aires. De Robertis trabaja en la Universidad de California ejerciendo la docencia en el Departamento de Química Biológica. “Junto a mi equipo logramos aislar una serie de genes que controlan cómo las células se comunican durante el desarrollo del embrión temprano”, explicó. La Academia eligió este año a 84 nuevos investigadores, que suman un total de 2.179 miembros. Entre ellos hay más de 200 Premio Nobel.  El nombramiento es “uno de los honores más grandes que un científico puede recibir”.

Fuente: Perfil / Sábado 4 de Mayo de 2013


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Talentos argentinos

Entrevista a dos físicos. Son dos científicos egresados del Instituto Balseiro. Victoria, detenido y torturado por la última dictadura militar, es una autoridad en energía atómica. Calderón ocupa un puesto de responsabilidad en INVAP.

Desde la apertura de Tecnópolis, quedó claro que el desafío del conocimiento en la ciencia y la tecnología forma parte de la vida cotidiana de millones de argentinos. La formación de talentos exige muchísimos recursos. El Instituto Balseiro fue creado a principios de 1955 como parte de las actividades de la Comisión de Energía Atómica, con el propósito de formar expertos en distintas disciplinas.

A los pocos meses, fue desplazado Juan Domingo Perón por un golpe alineado con los intereses de la gran potencia de Occidente durante la Guerra Fría: los Estados Unidos. Del Balseiro, sin embargo, siguieron saliendo expertos que tenían una visión soberana de su tarea. El último golpe cívico militar, el de 1976, intentó terminar con esa camada de científicos y tecnólogos.

El físico Máximo Victoria, egresado en 1962 del Balseiro, fue una de las víctimas. En esta entrevista cuenta su vida, antes, durante y después de aquella noche negra. Lo hace junto a Tulio Calderón, también egresado del Balseiro en 1983, y que en la actualidad es el gerente de Proyectos Aeroespaciales y Gobierno de INVAP, una empresa estatal que desarrolla proyectos de altísimo valor agregado en tecnología. Victoria y Calderón no se conocían antes de esta nota. Sin embargo, Victoria descubrió que el padre de Calderón lo había iniciado en la pasión de este físico notable desde su niñez: el aeromodelismo.

–Éste es un encuentro curioso, que va más allá de la pasión que ambos tienen por la ciencia.

Máximo Victoria: –Cuando me encontré con Tulio, al ver su nombre en la tarjeta, le pregunté si era pariente del Tulio que conocí en mi infancia, en Tucumán, el que me ayudó en la creación de un vicio que me ha acompañado más de 50 años. Soy aeromodelista casi más que físico. Y resulta que fue el padre de Tulio.

Tulio Calderón: –Son esas casualidades sorprendentes. Ayer estaba con mi padre que cumplía años, él se había recibido de ingeniero civil en Tucumán, pero desde muy chico se interesó por la aviación.

–Es muy curioso, Tulio, que vos hayas hecho una carrera que, en la actualidad, te llevó a estar a cargo de asuntos aeroespaciales de INVAP. De algún modo te subiste al aeroplano de tu papá.

T.C.: –En la familia muchos hicimos el curso de piloto de planeador. También hice Ingeniería por infección paterna y con un ánimo de encontrar cómo las cosas pueden ser útiles. Luego de Ingeniería Nuclear, de trabajar muchos años en reactores, fui pasando por el tema electrónico y luego a la electrónica de satélites cuando empezó el trabajo intenso, hace unos 20 años, en Argentina. Al día de hoy no sólo tengo que ver con satélites sino también con radares y otras cosas así.

–Los dos estudiaron en el Instituto Balseiro. Máximo, entraste en el año 1958, cuando se hizo el acuerdo entre Juan Perón y Arturo Frondizi, y egresaste en 1961. Pegaste raspando que no te recibieras con José María Guido, que algunos le llaman el presidente de los mocasines y que en realidad fue puesto por el general Rosendo Fraga, quien le ordenó que se sentara en la Casa Rosada. Tulio, entraste en 1979, en plena dictadura, y egresaste cuando llegaba la democracia. ¿Qué tiene de particular el Instituto Balseiro? ¿Qué diferencias hay entre estudiar allí en un periodo democrático y en uno dictatorial?

T.C.: –Sin dudas es un lugar muy interesante donde se concentran muchos alumnos pero, a su vez, hay más profesores que alumnos. Los profesores investigan durante el día, dan clase un rato y uno convive en un campus. Es un tema de inmersión. Desde ya que la realidad política influye, pero hay un enorme respeto al mérito personal de la gente, lo que puede contribuir independientemente de todas las otras características del entorno.

M.V.: –El año pasado mi promoción festejó los 50 años. Es un largo camino. Para mí, haber ido a estudiar allí, en Bariloche, fue un cambio radical. Yo fui uno de los tantos que en esa época todavía tuvo a Balseiro como profesor. No es solamente un recuerdo sino que lo atesoro como parte de mi formación. Balseiro tenía la idea de que un lugar alejado de la gran capital y un poco aislado sería más fácil para que los estudiantes se dedicaran a estudiar y trabajar. Y así surgió la idea de esta especie de monasterio para formar físicos e investigadores en el país.

–Sí, la primera promoción inició sus clases en 1955, o sea que esto surgió como una idea de Perón.

M.V.: –Balseiro estuvo en la Comisión de científicos destinada a estudiar a Richter (N. de R.: Ronald Richter era un físico austríaco, radicado en la Argentina después de la Segunda Guerra y estuvo a cargo del Proyecto Huemul destinado a generar energía atómica a partir de la fusión nuclear. Richter estaba instalado en Córdoba, donde estudió Física el mismo Balseiro). Supongo que fue ahí donde conoció las posibilidades del lugar donde después armó el Instituto. Por lo que conozco de la historia, fue allí donde también comenzó a pensar que existía la posibilidad de crear una institución única de su tipo en el país en su momento.

T.C.: –Había bastante intensidad y calidad en las cosas nucleares en la Argentina. Pero sucedían en grandes lugares como Buenos Aires, Córdoba, Rosario… Ronald Richter había venido a la Argentina con una propuesta de la fusión nuclear. Esto tuvo mucho apoyo y, como todos estos caminos históricos que no son fácilmente predecibles, generó un montón de reacciones. La comisión que investigó esto estuvo presidida por Balseiro. Y apreció que estar lejos de Buenos Aires tenía también sus ventajas. Era una apuesta al interior. La gente tenía que tomar la decisión de dejar a su familia para ir a investigar. Era un lugar agradable para vivir y es fácil atraer a talentos jóvenes.

–¿Qué requisitos debía –y debe– tener un joven que quiera aplicar al Balseiro?

M.V.: –En mi época tenías que tener dos años vencidos con buenas notas de una carrera ingenieril o técnica. En realidad, lo que decidía la entrada era una especie de entrevista que hacían el propio Balseiro y otros profesores en Buenos Aires.

T.C.: –Sigue siendo así. Fue un buen método que funciona hace más de 50 años. Hoy en día, hay otras carreras además de Física, como Ingeniería Nuclear, Ingeniería Mecánica e Ingeniería en Telecomunicaciones. Una vez que uno está dentro, tiene una beca completa –que paga el Estado– para que se formen durante toda la carrera.

–¿Cuántos aplicantes y puestos reales tiene el Instituto?

M.V.: –Creo que debe formar a diez físicos por año.

–Requiere esfuerzo, investigación y capacitación. Debe ser algo muy exigente…

T.C.: –Lo es, pero tiene grandes ventajas, como tener muy buenos profesores y compañeros.

–¿Cuánto les sirvió a ustedes en el mundo de sus profesiones? ¿Cuánto reconocen en otras naciones este título del Balseiro?

M.V.: –En Física, por lo menos, la fama del Balseiro ha ido creciendo con los años. Creo que hoy se cumple el sueño de Balseiro: que el instituto sea en América latina algo como el Massachusetts Institute of Technology… Creo que ese título me sirvió cuando, en 1976, tuve que salir a buscar trabajo.

T.C.: –Lo mismo que hizo el Balseiro al principio con Física, pasó más tarde con Ingeniería Nuclear. Argentina es referente, tiene un Programa Nuclear de más de 60 años. Ha construido más de 14 reactores aquí y en varias partes del mundo. No se conoce tanto, pero la tradición argentina en materia nuclear arranca de la tradición que tiene en Física. El Balseiro no solamente era un centro regional. Mis compañeros eran de Perú, Uruguay… Luego, cuando comenzamos a vender reactores en el exterior, las primeras formaciones de recursos humanos que hizo Egipto las entrenamos acá. Fue cuando le vendimos un Centro Nuclear. También a los de Argelia. Y en estos momentos se están entrenando las primeras promociones de ingenieros nucleares de Arabia Saudita. Estas son relaciones país-país que uno lo aprecia 40 años después, cuando alguno de esos científicos es presidente de la comisión de energía atómica de su país.

–INVAP ganó licitaciones en distintos lugares del planeta, compitiendo con los mejores del mundo…

T.C.: –Uno se sorprende de que la gente se sorprenda. Es así porque las visiones que tiene el país son múltiples, pero estando dentro de una colectividad de científicos, ingenieros e investigadores que tiene apoyo de un estamento muy alto del gobierno no se sorprende. Energía Atómica, por ejemplo, tiene apoyo de Presidencia de la Nación. Lo que se vio en esta década es que no sólo es una prédica, sino un accionar práctico. Se dice que hay apoyo y se ve que hay una implementación notable de esas políticas y programas a través del Ministerio de Planificación. En estos momentos, Argentina termina su central de Atucha II y programa otras. El reactor instalado en Australia está en funcionamiento; hace 20 años que trabajamos en Egipto; estamos vendiendo reactores a Estados Unidos. Esta es una industria de alto valor agregado. Es chica, pero es algo importante en la política del país.

Castro Madero irrumpe en la CNEA

–Quiero leerles algo: “Máximo Victoria se presentó a trabajar el 24 de marzo, como todos los días, en su cargo directivo en el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), donde se desempeñaba desde 1973. Estaba de licencia en la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). Pero el director del INTI le dijo que debía volver a su antiguo puesto. Lo recibió el flamante interventor del organismo, el almirante Carlos Castro Madero, que había asumido ese mismo día”, empezaba la noche negra en Argentina. ¿Cómo fue tu vida en esos días?

M.V.: –Yo volví a la Comisión, en la avenida Constituyentes (y General Paz), donde estaba mi grupo de investigación. Allí me indicaron que tenía que ver al jefe de Personal. Cuando me presenté, me dijo que estaba detenido por terrorista. Me sacaron a punta de fusil. Me desnudaron en la planta baja para asegurarse de que no estaba armado. Luego llegaron otros agentes que bajaron de un auto aparentemente privado. Me montaron al auto y 100 metros más adelante, me sacaron, me pusieron una capucha y me metieron en el baúl. Me llevaron directamente a un barco que creo estaba apostado en el puerto de Buenos Aires. Ahora creo que era el Bahía Aguirre. Estuvimos dos o tres semanas. Hablo en plural porque a medida que pasaba el tiempo me enteré por las voces que estaban otros compañeros de la Comisión de Energía Atómica. Luego de esa primera etapa de cautiverio me llevaron a otro buque en el que fui interrogado por los servicios de la Marina. Después de un mes de estar secuestrados aparecimos legalmente detenidos a disposición del Poder Ejecutivo en Devoto.

–En ese entonces había distintas formas de militancia. ¿A ustedes los metieron presos por temas específicos de los proyectos en materia nuclear?

M.V.: –Era una de las excusas, creo. Desde los comienzos de la dictadura, la CNEA tuvo un presidente de la Marina. Tenían interés en los submarinos atómicos. Que yo sepa, esa idea nunca se materializó, al menos dentro de la Comisión.

–Visto a la distancia… ¿la dictadura quería independizarse de Estados Unidos en materia nuclear y quería tener sus propios proyectos hasta el delirio de ser su propia potencia o querían alinearse con Estados Unidos como sucedió en los noventa?

M.V.: –Mi respuesta es un poco compleja. De plano te diría que no querían independizarse. Si bien el Ejército y la Marina tomaban una posición nacionalista en ese terreno, la realidad de las cosas demostraba que no era así. El origen de mi enemistad con los órdenes militares viene de cuando volví de Estados Unidos, donde había estado dos años como postdoctorante. A mi regreso, volví al Centro de Metalurgia que la Comisión tiene en la avenida Constituyentes. Una de mis tareas era la evaluación de materiales nucleares. Hasta ese momento no me había especializado en el tema. La Comisión había comprado la primera central de Atucha. Hubo una discusión técnica que luego se convirtió en política sobre qué tipo de centrales nucleares debía construirse en el futuro en Argentina. En realidad, la pregunta era mucho más profunda: ¿cuál era el futuro tecnológico del país? Pero específicamente, ¿cuál era el plan nuclear de estas centrales? La respuesta no fue clara. Se convirtió en una cuestión política y en los años setenta fue un tema de fuertes debates y controversias. Quedaba claro que los militares habían tomado ya una opción. Cuando esta discusión se hace pública, la dictadura puso a (el vicealmirante Carlos) Castro Madero como uno de los que decidían cuál era la dirección que el sistema debía tomar. Una primera decisión era de pasar a comprar centrales Westinghouse a Estados Unidos.

–Parece de una lógica contundente. Esta era una dictadura igual que las otras dictaduras latinoamericanas. Todas tocaban en un concierto donde la batuta siempre la tuvieron los Kissinger, los Nixon o algún otro que estuviera al frente del complejo tecnológico militar más poderoso de la historia de la humanidad. La lógica imperial indica que no alcanza con tener los bancos sino también controlar las tecnologías sensibles de estar vinculadas a los nuevos armamentos, especialmente los atómicos.

El desafío de la soberanía tecnológica

 –Tulio, además de tu formación en el Balseiro, estuviste en la Universidad de Stanford, en Estados Unidos. Hablemos de cómo es el desafío de una Nación para capacitar e invertir recursos que construyan políticas soberanas en estas materias.

T.C.: –Yo comencé a estudiar a finales de los setenta hasta principios de los ochenta. La carrera de Ingeniería Nuclear se creó en 1977. Yo entré porque me resultaba muy interesante y compleja. El país tenía muchas inversiones y se había decidido comprar algunas centrales con una tecnología que se podía nacionalizar en gran medida. Consistía en usar agua pesada, que era una cosa que se podía comprar y usar el uranio natural tal cual se encuentra en la naturaleza. Canadá estaba adelante en esto, otros países iban experimentando y Argentina fue en esa dirección. La otra opción era el uranio enriquecido. ¿Recuerdan la Guerra Fría? Había dos potencias y claramente si una Nación tenía el dominio de esa técnica estaba un paso adelante respecto de los armamentos nucleares. Era algo restringido. Muchos países usaban el uranio enriquecido y usaban el agua normal. Al meterse la Argentina en la línea del uranio natural y el agua pesada, capitalizó la central de Atucha I, la de Embalse y la de Atucha II. En esta última década, Atucha II se recuperó luego de estar parada por 20 años. Los proyectos tanto de inversiones como en materia laboral se lograron en esta última década. Y ahora se está hablando de qué pasa más allá. Entonces Argentina está en condiciones de preparar sus propias centrales nucleares. Hay que mirarlo en un contexto histórico, en períodos de 50 años. Cuando se construye un reactor, dura 40 años; luego se le extiende la vida y es prácticamente eterno. Los reactores que lanza INVAP, que son experimentales, son el resultado de una larga historia. Se hicieron en la Argentina y no se compraron en el exterior gracias a que existe la carrera de Ingeniería Nuclear del Balseiro. Concretamente, el R6 (un reactor nuclear) fue hecho en Argentina. Se decidió fabricarlo y en cuatro años estaba listo. Esa fue la base que nos permitió exportar reactores a Argelia, a Egipto, a Australia… y ganamos un par de licitaciones que no se concretaron. El reactor crítico de Bariloche tiene ya 30 años. Entonces, si los proyectos y las unidades productivas duran 30 años, las decisiones políticas en este tema se están tomando implícitamente a dos o tres generaciones adelante.

–Si podemos tener una institución pública como el Balseiro, ¿qué nos pasa en otras áreas en las cuales da la impresión de que nuestro talento está vedado a intereses de empresas extranjeras? Es una pregunta que no se si la pueden responder ustedes, pero vale la pena dejarla planteada… Máximo, vos decías que tuviste que ir a buscar trabajo afuera.

M.V.: –Pasé algo así como ocho meses en distintas cárceles argentinas…

–¿Estuviste en Sierra Chica?

M.V.: –Sí, hasta el final de la historia, octubre o noviembre de 1976. Con el traslado a Sierra Chica todavía tengo pesadillas. Ahí fue donde me rompieron los huesos. Cuando conseguí zafar, todo el mundo me recomendó que me fuera. Por suerte había renovado mi pasaporte unos meses antes del golpe. Así que partí con mi familia dos o tres días después de que me liberaron. Primero fuimos a Bélgica donde estuve en el Instituto Belga de la Soldadura haciendo la metalurgia pura y dura. A raíz de esos trabajados, me contrataron como director de Investigaciones y Desarrollo en un instituto de Francia. De ahí me invitaron a Suiza a dar un seminario en lo que hoy es el Instituto de Investigaciones en Física ¡Me hicieron una propuesta a la que no podía negarme…! Esto fue en febrero de 1980.

–Quince científicos y trabajadores de la Comisión Nacional de Energía Atómica fueron secuestrados y desaparecidos durante la última dictadura. Otros 11, como Máximo, pudieron salvar su vida. Muchos otros fueron expulsados. ¿Venís a la Argentina cercanos al 24 de marzo por algún motivo específico?

M.V.: –No necesariamente por el 24 de marzo. En realidad, me parece importante materializar esta historia en los juicios que se están llevando a cabo contra los responsables de esa represión. Y yo espero poder declarar.

–Hasta la Noche de los Bastones Largos, en julio de 1966, los institutos de investigaciones de las universidades –especialmente la de Buenos Aires– tenían recursos, autonomía y gente de talento para sostenerlos. También el respeto hacia los investigadores. Eso tiene que haber influido para que vos, Máximo, tuvieras las ofertas de las que hablás…

T.C.: –Lo que es tecnología asociada a las industrias es un diferenciador enorme entre los países con más potencial de crecimiento. Las diferencias entre las economías primarias y las que pueden trabajar en temas de alto valor agregado son notables. La gente es excelente en Argentina. Somos un país mediano que estamos en el lugar 20 en un montón de cosas. Habiendo voluntad, en muchas cosas, en 20 años es sólo jugar en equipo. Tenemos figuras en casi cualquier disciplina. Cuando uno mira la base de las Escuelas Nacionales de Educación Técnica que se perdieron en los noventa y que está costando mucho recuperar… perdés la base industrial. Sólo recuperar esa base industrial toma una generación. Y eso creo que está pasando ahora. Corea (del Sur) es un país que quedó devastado por la guerra, pero pasa a ser una potencia en dos generaciones. Las políticas que se plantean hoy en estos temas están mirando hacia adelante 50 años. Estamos fabricando radares que van a durar 30 años. Argentina intentó comprar sus radares afuera dos veces. Dos grandes licitaciones en los ochenta y los noventa. La pregunta es: ¿por qué es mejor hacer las cosas acá que comprarlas afuera? Solamente la perspectiva económica te da la respuesta. Si comparás lo que cuesta hacer acá con lo que gastás comprando afuera es mucho menos. Además, adquirís la posibilidad de exportar. En la actualidad estamos trabajando en INVAP en muchas áreas. El Decreto 1407, firmado por Néstor Kirchner, define el plan nacional de radarización. Estamos inmersos trabajando para los ministerios de Defensa y de Planificación Federal. Hicimos los radares de Defensa, de control de tráfico aéreo, y ahora estamos haciendo los de control meteorológico. Todo esto se basa en una decisión de alto coraje, que se inició en los noventa, de la Comisión de Actividades Espaciales, que determinó hacer un radar espacial que midiera la humedad en La Pampa. En la actualidad, para Suramérica, para la Unasur, somos el referente en tema radares. El siguiente paso es tener la capacidad de exportar estos radares.

Soberanía y largo plazo

–Máximo ¿qué cosas te marcaron de esa época que te permitió seguir con tu carrera de investigador y científico? ¿Qué barreras de la Argentina te han generado –si es que las hay– entre un antes y un después cuando volvés a ver a amigos y colegas?

M.V.: –Mi tesis de grado tuvo la característica que fue experimental en un campo en el cual no había ningún trabajo en la Argentina. Ahora se llama Ciencia de Materiales pero en ese tiempo era Metalurgia Física. Para hacer mi tesis tuve que construir un laboratorio que todavía existe en el Balseiro. Había una media docena de postulantes en eso. Es decir, había logrado tener todos los medios para estructurar un programa de investigación en su totalidad. Luego tuvo sus altos y bajos. Recién en los últimos años, gracias a una política que creo extremadamente eficiente de desarrollo científico y tecnológico, volvemos a tener grandes programas de investigación que son sostenidos por el dinero del Estado, y si se quiere, además, eventualmente de la industria. Mi valor científico quizás viene menos de la ciencia que de mi capacidad de organizar programas científicos. Lo que me llevó a Suiza, de alguna manera, fue que alguna gente conocía esa capacidad. Los suizos querían construir una máquina nueva para testar materiales en condiciones particulares. Ese fue el comienzo de 30 largos años de carrera en la Unión Europea.

–Curiosamente, cuando la Argentina crea equipos modificamos muchas cosas. Me parece que en muchas otras cosas tenemos mentalidades medievales y nos cuesta el trabajo colectivo.

T.C.: –El trabajo en equipo lo es todo. Uno lo escucha al ministro Lino Barañao decir que ya pasaron las épocas donde un investigador llegaba a un Premio Nobel trabajando solo en un laboratorio. Hoy las instituciones tienen proyectos a largo tiempo y son docenas de personas trabajando por un proyecto común. Hoy en día la ciencia es global. En industria trabajamos para proyectos que son definidos por el Estado, las agencias o las empresas grandes. Arsat (Argentina Satelital S.A., con el 100% de las acciones del Estado), por ejemplo, está llevando un plan de comunicaciones ambicioso: triplica sus fibras ópticas, tiene tres satélites geoestacionarios, televisión digital en todos lados, comunicación a todos los entes de gobierno y datacenter de disponibilidad en Buenos Aires. Argentina va a cambiar radicalmente en menos de cinco años en sus estructuras comunicacionales. Hoy en día hay una dinámica donde la base ya se ha generado y hay una capacidad mucho más eficiente para adelante.

M.V.: –La historia de la idea genial todavía existe. Pero de esa idea a la práctica tecnológica hay un camino a recorrer que nunca es individual. Hay una complejidad en el sistema que uno trabaja y modifica para conseguir esos avances tecnológicos.

–Tulio, cómo es la complementación entre el sector privado y el Estado.

T.C.: –El Estado tiene varias formas. Nosotros (INVAP) somos una Sociedad del Estado y tenemos similitudes con las sociedades anónimas. Nuestras acciones pertenecen al Estado que, en este caso, es Río Negro. No tenemos presupuesto así que actuamos con la lógica privada en muchos aspectos. Esto no es un invento argentino. Buena parte de las empresas que conocemos, en Francia por ejemplo, son del Estado. Los conglomerados de Estados Unidos arrancaron también así.

–¿Dónde está la diferencia?

T.C.: –Nuestro estatuto es generar trabajos genuinos de tecnología en la Argentina sin costarle un peso más al Estado. Es competir contra los que compiten. Al no tener que pagar dividendos a nadie, reinvertimos esos dividendos y repartimos el 15% de las ganancias entre los empleados.

M.V.: –Yo he sido, en buena parte de los 50 años que llevo investigando, pagado por el Estado. Me parece importante resaltar que no siempre ha sido así. El hecho de que el Estado pueda financiar no sólo la investigación puntual sino un programa de trabajo es una labor importante del Estado.

Fuente: Miradas al Sur / Domingo 31 de Marzo de 2013