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El día a día de la Ciencia


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Delta original

Salvar especies autóctonas, recuperarlas, hacerlas crecer, convertirlas en fuente de ingreso para los pobladores locales y regresarlas a su lugar original son algunos de los objetivos del programa Exactas con la Sociedad, que se lleva a cabo en la Reserva de Biosfera del Delta del Paraná.

por Cecilia Draghi

Están vivos y de pie. Sobrevivieron, a pesar de todo. Resistieron a la invasión de especies exóticas que los acorraló, a la mano del hombre que los taló para reemplazarlos por cultivos comerciales y a numerosas inclemencias que padeció el Delta en las últimas décadas. Hoy, esta vegetación nativa, original de las islas, conocida como Monte Blanco, asoma tímida y ensombrecida por otros peligros. Pero no está sola; un equipo de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires (Exactas-UBA), va en su rescate junto con cooperativas de productores locales.

Se trata del Arrayán de la isla, del Canelón, del Laurel nativo, del Mataojo, entre otros, que conformaron la selva original en las islas del Delta del Paraná, pertenecientes al municipio bonaerense de San Fernando, y declaradas “Reserva de Biosfera” por la UNESCO en el año 2000. Ejemplares de estas especies nativas resisten actualmente tras las más diversas vicisitudes y se hallan en medio de plantaciones forestales, que en los próximos años serán podadas para su venta. Es decir, que estos individuos juveniles, descendientes de aquellos árboles autóctonos, renacieron en un lugar de riesgo.

Para salvarlos, se ha iniciado una tarea dentro del programa Exactas con la Sociedad, que es anticipada por su director, Fabio Kalesnik: “Estamos trabajando con pequeñas cooperativas de productores para que extraigan los arbolitos nativos que se están regenerando, antes de cortar la madera de sus plantaciones, pues esta al caer puede aplastarlos”. El emprendimiento es más amplio aún. Tras librarlos de ser aniquilados por el peso de los ejemplares comerciales, el objetivo apunta a darle un nuevo horizonte a los retoños de las especies originales. ¿Cuál es el plan? “Trasplantarlos y hacer viveros de re-cría para fines educativos en las escuelas de las islas, y también usar los plantines para enriquecer los últimos parches que quedaron de la selva original”, agrega el docente investigador de Exactas-UBA, quien además es fundador y miembro permanente de la Reserva de Biosfera.

A casi 50 kilómetros del centro de la Ciudad de Buenos Aires, y con una superficie superior en cuatro veces a la metrópoli porteña, se extiende rodeado de agua un mundo verde que en su zona núcleo es habitado por ciervos de los pantanos, carpinchos, lobitos de río, gatos monteses, coipos y pavas de monte. Algunos de ellos pueden merodear los últimos restos del Monte Blanco o selva ribereña. “Fomentar y mostrar una relación equilibrada entre la humanidad y el medio ambiente” es una de las misiones de esta Reserva, en la cual trabaja el doctor en biología, Kalesnik, desde el Comité de Gestión y del Comité Científico como técnico asesor.

Pasado movido

Los ejemplares del Monte Blanco van empalideciendo desde hace décadas, a punto tal que hoy es casi un tesoro difícil de hallar. “Quedan muy pocos porque la actividad productiva que se desarrolló sobre las zonas que habitan estas especies los eliminó hace aproximadamente cien años. Sobre los últimos parches de estos bosques nativos es donde nosotros trabajamos en investigaciones de conservación”, relata Kalesnik, desde el laboratorio de Ecología Ambiental de Exactas-UBA.

Junto con estos árboles autóctonos, también los isleños sufrieron diversas vicisitudes. “En la década del 70 –relata–, la producción forestal de sauce y álamo para pasta celulosa toma auge y acompaña un proceso de despoblamiento masivo de las islas”. Y grafica: “De los 30 mil pobladores originales de la Reserva, solamente quedan 3000”.

Con la partida del 90% de los pobladores, el panorama cambió. “Las plantaciones comerciales de sauce y álamos quedaron en gran parte abandonadas, y se fue regenerando un nuevo tipo de bosque, dominado por especies exóticas como fresno, arce, ligustro o ligustrina, pero –advierte– los individuos juveniles de aquellos árboles nativos (Monte Blanco) crecieron en pequeñas proporciones dentro de estas plantaciones que están esperando su época de corte o que quedaron abandonadas”.

Recuperarlos es la consigna. Y desde hace diez años, el equipo trabaja mano a mano con la comunidad local para lograr integrar modelos de conservación con un desarrollo productivo sustentable, objetivo final de la Reserva de Biosfera. “Estamos trabajando fuertemente con proyectos de educación ambiental con las escuelas de las islas, donde los chicos y docentes se capacitan para entender la importancia del bosque nativo original”, recalca. En este sentido, Kalesnik remarca: “Las actividades siempre involucran a la familia, a la historia y a la identidad isleña”. En este caso, una parte de los ejemplares salvados de morir aplastados, luego de su trasplante en viveros de re-cría, pueden venderse, y así generar un ingreso a los pobladores locales. En tanto, “un segundo objetivo de los viveros de re-cría es enriquecer los últimos parches que quedan de la selva original, o bosque en galería (Monte Blanco)”, explica. Es decir, que los árboles retornen a su lugar de origen.

La tarea no se detiene. En estos momentos los investigadores están en tratativas con el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación, junto con una cooperativa isleña para lograr unir los eslabones de una cadena de valores que resulte una alternativa real para el joven isleño. “La idea es vender estos arbolitos nativos que son ornamentales, con un sello de calidad de la Reserva de Biosfera, pero que salga del núcleo de la comunidad isleña, donde esté incluido el proceso educativo en las escuelas, el de conservación y el de desarrollo productivo”, precisa.

Volver a las raíces y, a su vez, aprovechar sus frutos. En otras palabras, el equilibrio entre conservar el medio ambiente y generar recursos genuinos para que sus pobladores puedan vivir en ese paraíso terrenal del Delta, sin verse obligados a emigrar a selvas de cemento.

Origen diferente

Desde los Pabellones de la porteña Ciudad Universitaria es posible divisar un parque aledaño que “no tiene nada que ver con las islas de San Fernando, que son la Reserva de Biosfera del Delta del Paraná”, sostiene Fabio Kalesnik, y enseguida agrega: “Esta es una reserva ciudadana, para caracterizarla de alguna manera, producto del relleno artificial del suelo, lejos, físicamente hablando, de la Reserva de Biosfera. Y la formación es otra. Mientras aquellas son islas naturales formadas por deposición de sedimentos aportados por el Río Paraná, estas son producto del relleno artificial, que con el tiempo se le fueron depositando más sedimentos de forma natural. Más allá de su origen diferente, es muy importante su existencia”.

Proyecto reserva de biósfera Delta del Paraná

La zona núcleo se encuentra ubicada en el área de más reciente formación y menor grado de intervención humana, donde la mayor parte de las actividades productivas se encuentran inactivas en la actualidad. Se trata de un espacio que presenta una gran heterogeneidad del paisaje y una combinación de ambientes que resulta favorable para distintas especies de fauna.

La zona tampón (que rodea a la zona núcleo) tiene también condiciones apropiadas para la conservación y un menor grado de actividad antrópica (humana). Debido a las fases históricas de mayor actividad, ofrece en la actualidad una abundante infraestructura subutilizada, lo que le permite cumplir adecuadamente la función de apoyo logístico para la capacitación, la educación, la investigación y la observación permanente. También se desarrollan emprendimientos agrícolas ecológicamente sustentables, actividades artesanales y nuevos emprendimientos de eco-turismo.

La zona de transición presenta un variado cuadro de actividades humanas de distinto nivel de intensidad (forestal y actividad agropecuaria), que se encuentran en fases de producción activa o de recuperación. En la misma se desarrolla un paisaje con rasgos culturales propios (forestaciones comerciales, parcelas rurales, viviendas costeras, entre otros), lo que genera una identidad que se entronca con la historia de la región.

Ellos son…

Algunas de las especies que conforman el Monte Blanco son:

  • Arrayán de la isla (Blepharocalyx salicifolius)
  • Canelón (Myrsine laetevirens)
  • Laurel Nativo (Nectandra angustifolia)
  • Mataojo (Pouteria salicifolia)
  • Seibo (Erythrina crista-galli)

Fuente: Noticias Exactas / Jueves 1 de Agosto de 2013

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Un planeta fertilizado

Si no tenemos cuidado, la agricultura podría destruir nuestro planeta. Aun así, todos los alimentos que necesitamos pueden cultivarse con menos productos químicos.

por Dan Charles

El motor de la agricultura, la clave para lograr la abundancia de alimentos en nuestro superpoblado y hambriento mundo. Sin este elemento la maquinaria de la fotosíntesis no funciona: no se pueden formar proteínas, y ninguna planta puede vivir. El maíz, el trigo y el arroz, cultivos de crecimiento rápido de los que depende la humanidad para su supervivencia, figuran entre las plantas más ávidas de nitrógeno. De hecho, requieren más de lo que la naturaleza por sí sola puede proporcionar.

Ahora pasemos a la química moderna. En unas fábricas gigantescas se captura el nitrógeno almacenado en forma de gas inerte en la atmósfera para someterlo a una reacción química con hidrógeno procedente del gas natural, y se crean así los compuestos reactivos que las plantas reclaman. Ese abono nitrogenado (más de cien millones de toneladas empleadas cada año en todo el mundo) sirve para obtener abundantes cosechas. Sin él, la civilización humana tal como hoy la conocemos no podría existir. El suelo de nuestro planeta simplemente no podría proporcionar la dieta que consumimos los 7.000 millones de seres humanos. De hecho, casi la mitad del nitrógeno de los músculos y tejidos de nuestro organismo nació en una fábrica de abonos.

Pero este milagro moderno tiene un precio. El nitrógeno liberado asfixia la flora y fauna salvajes de los lagos y estuarios, contamina las aguas subterráneas e incluso está calentando el clima del planeta. Nuestro hambriento mundo prevé alimentar miles de millones de bocas más con proteínas nitrogenadas, pero, ¿cuánto aire y agua limpios sobrevivirán a nuestra demanda de campos fértiles?

El dilema del nitrógeno se ve con crudeza en China, país que adora la comida en abundancia y al que inquieta que las provisiones se puedan agotar. A ojos de un turista desavisado, esa preocupación parece injustificada. En cada calle parece como si hubiera un banquete. En el restaurante San Geng Bi Feng Gang, a las afueras de Nanjing, observo el desfile de platos: pescado al vapor, chuletas de cordero fritas, sopa de huevo con hojas de crisantemo, fideos de boniato, brócoli frito, ñame chino, cuencos de arroz…

“¿Ustedes siempre han comido así de bien?”, pregunto a Liu Tianlong, un ingeniero agrónomo que me presenta a los agricultores del lugar.

Su sonrisa pícara se desvanece, y durante un segundo parece sombrío. “No –responde–. Cuando era joven, tenías suerte si comías tres cuencos de arroz.”

Liu se crio después de la gran hambruna china, que duró desde 1959 hasta 1961 y se calcula que mató a 30 millones de personas. La sequía tuvo parte de culpa, pero la catástrofe fue consecuencia sobre todo de las decisiones del presidente Mao. El Gran Salto Adelante impulsado por el líder chino colectivizó la agricultura y obligó a los campesinos a entregar sus cosechas a una burocracia centralizada.

La hambruna pasó, pero la escasez persistió hasta fines de los años setenta, cuando los agricultores recuperaron el control de sus cultivos. “En dos años hubo excedente alimentario”, dice Deli Chen, que de niño vivió aquellas reformas en una aldea arrocera de la provincia de Jiangsu. Hoy es edafólogo en la Universidad de Melbourne.

Sin embargo, los nuevos agricultores autónomos de China se encontraron con otro obstáculo: las limitaciones de sus tierras. Mientras que la población del país experimentaba un impresionante crecimiento de 300 millones de habitantes entre 1970 y 1990, la agricultura tradicional china se esforzaba por mantener el ritmo.

Song Linyuan, un agricultor de un pueblo situado al noroeste de Nanjing, recuerda que antes mantenía su media hectárea de terreno lo más fértil posible aprovechando los residuos do­­mésticos y abonando con estiércol de sus cerdos y gallinas. Sus esfuerzos añadían unos 110 kilos de nitrógeno por hectárea y año. Cosechaba entre 2.950 y 3.750 kilos de arroz por hectárea.

Ésa es una cantidad considerable, un rendimiento superior al de muchos lugares del mundo. Pero ahora obtiene más del doble: 8.170 kilos por hectárea. Para muchos campesinos, semejante cosecha es un sueño.

¿Dónde está la diferencia? “Un abono mejor”, me responde. Estamos en un local, sentados y rodeados de agricultores. La respuesta de Song suscita un acalorado debate. Unos coinciden en que los fertilizantes han sido la clave; otros dicen que lo más importante ha sido la mejora de las semillas. En realidad, ambas tecnologías van de la mano. Las variedades de arroz y trigo de alto rendimiento que los fitogenetistas crearon en las décadas de 1950 y 1960 solo podían alcanzar su máximo potencial si recibían más nitrógeno.

El Gobierno chino quiso asegurarse de que esos cultivos se fertilizaban bien, de modo que entre 1975 y 1995 construyó cientos de fábricas de nitrógeno, lo que cuadruplicó la producción nacional de abono y situó a China en el primer puesto de la producción mundial. Actualmente Song emplea unas cinco veces más nitrógeno que antes y satura sus campos de urea (una forma seca de nitrógeno). De este modo añade hasta 600 kilos de nitrógeno por hectárea. Los horticultores usan todavía más; algunos hasta una tonelada, o incluso dos, por hectárea. Pocos pien­­san que están haciendo algo malo.

Pero los científicos dicen lo contrario. “Se utiliza entre un 30 y un 60 % más del fertilizante nitrogenado necesario” en los cultivos intensivos, afirma Xiaotang Ju, de la Escuela Superior de Agricultura de China en Beijing. “¡Es un despilfarro!” Una vez esparcidos por los campos, los compuestos nitrogenados entran en el medio ambiente y alteran nuestro planeta, a menudo de forma indeseada. Parte del nitrógeno pasa directamente de los campos a las corrientes de agua o se escapa a la atmósfera. Otra parte se ingiere, en forma de cereal, tanto por los humanos como por el ganado, pero después vuelve al medio ambiente convertido en aguas residuales o estiércol procedente de las granjas porcinas o avícolas, cada vez más numerosas.

Un reciente estudio nacional llevado a cabo en 40 lagos chinos reveló que la mitad de ellos tenía un exceso de nitrógeno o de fósforo. (La proliferación de algas en lagos se suele achacar a los fertilizantes fosforados.) El caso mejor conocido es el del lago Tai, el tercer lago de agua dulce más grande de China, que periódicamente sufre enormes proliferaciones de cianobacterias tóxicas. En 2007 se produjo una proliferación que contaminó el suministro de agua de dos millones de personas en la cercana ciudad de Wuxi. El exceso de nutrientes está dañando las pesquerías del litoral chino del mismo modo que los fertilizantes arrastrados por la escorrentía que fluyen por el Mississippi han destruido las pesquerías del golfo de México: se crean zonas muertas en las que las algas y el fitoplancton proliferan, mueren y se descomponen, consumiendo el oxígeno y asfixiando a los peces.

Nuestra demanda de alimentos no es la única culpable. Los gases de combustión de los coches y los generadores eléctricos liberan a la atmósfera óxidos de nitrógeno, y cuando estos compuestos vuelven a la tierra con las gotas de lluvia, también actúan como fertilizante. En el conjunto del planeta, los fertilizantes comerciales representan el 70 % del nitrógeno que la actividad humana produce cada año.

Las bacterias fijadoras de nitrógeno pueden devolver estas formas perjudiciales de nitrógeno al estado original y ambientalmente inocuo que compone casi el 80 % de nuestra atmósfera. Pero las bacterias también liberan pequeñas cantidades de óxido nitroso, un potente gas de efecto invernadero. “Mi sueño es solucionar este problema de sobrecarga de nutrientes” dice Xiaotang Ju, miembro de la “familia del nitrógeno” de China, una red informal de científicos dedicados a esta hercúlea tarea. En 1998 el patriarca de esta causa, Zhu Zhaoliang, alarmó a los dirigentes del partido que ostenta el poder en China con una conferencia sobre los peligros de la contaminación agrícola. El entonces presidente Jiang Zemin respondió que no era consciente de que la agricultura pudiese contaminar tanto.

Estos científicos han empezado a trabajar con pequeños grupos de agricultores para demostrarles que un menor uso de fertilizantes no reduce las cosechas y en realidad puede hacerles ganar dinero. Promocionan el uso de compost y enseñan a los campesinos a usar abonos sintéticos cuando y donde las plantas lo necesitan. Pero reconocen que sus avances han sido escasos. El principal obstáculo es que la mayoría de los agricultores chinos lo son a tiempo parcial y no les interesa ahorrar unos yuanes reduciendo el gasto en fertilizantes. Prefieren ahorrar tiempo y conservar sus empleos en la ciudad, así que usan el abono de forma rápida e ineficiente.

Además, el miedo a la escasez de alimentos todavía obsesiona a los chinos, y eso pesa más que las preocupaciones medioambientales. Huang Jikun, director del Centro de Política Agraria China, intenta convencer a las autoridades estatales de que sus inquietudes carecen de fundamento. «Les digo que China goza ahora de más seguridad alimentaria que en los últimos 5.000 años», explica. Pero tanto para las autoridades como para los agricultores, usar menos fertilizantes es como tentar a la suerte.

Lo más probable es que China, y el resto del mundo, aumente el uso de nitrógeno en los años venideros en vez de reducirlo. Las poblaciones siguen creciendo, y la carne es cada vez más popular. Alimentar el ganado porcino o vacuno requiere una producción agrícola mucho mayor que la que se necesita para alimentar directamente a las personas. “Si los chinos cambian su dieta por otra como la de ustedes [los occidentales], la presión medioambiental será muy alta”, expone Xiaotang Ju con preocupación.

Un atisbo de solución se vislumbra en una granja a las afueras de Harlan, un pueblo del oeste de Iowa. En ella hay 90 reses pastando en verdes prados, y unos cientos de cerdos se dedican a hozar por la paja, rodeados de campos de alfalfa, maíz, soja, avena y cebada.

Ron y Maria Rosmann no abonan estos campos con fertilizantes nitrogenados, al menos no con los procedentes de las fábricas. Lo que hacen es añadirlo biológicamente empleando las bacterias fijadoras de nitrógeno que viven en los nódulos radiculares de leguminosas como la soja, la alfalfa y un cultivo de cobertura como es el trébol, que Ron siembra en otoño y después incorpora al suelo antes de plantar el maíz en primavera. Parte de ese nitrógeno pasa al maíz con el que alimenta a los cerdos. La mayoría de ese nitrógeno acaba siendo estiércol, que luego vuelve a la tierra, y el ciclo comienza de nuevo. “Uno de nuestros objetivos ha sido mantener un sistema cerrado –dice–. Somos un modelo de lo que debería ser la agricultura ecológica.”

Nos adentramos en un maizal. Los tallos se elevan por encima de nuestras cabezas. “Mire este maíz –dice Rosmann–. Aquí mismo podría haber cinco toneladas. No faltarán escépticos que digan: “Ustedes, los ecológicos, no pueden alimentar a todo el mundo”. Y yo les respondo: “Eso no es cierto. ¡Miren esta cosecha!”.

Sin embargo, cultivar de esta manera requiere más trabajo. Y la biología funciona más despacio que una fábrica de nitrógeno. Los cultivos que contribuyen al almacenamiento de nitrógeno en el suelo, como la alfalfa, no dan tanto di­­nero ni alimentan a tanta gente como el maíz, un cereal muy ávido de este elemento.

Eso no implica necesariamente un problema para América del Norte. Estados Unidos, con seis veces más tierra cultivable por persona que China, puede permitirse el lujo de plantar cultivos menos productivos pero que protegen el medio ambiente, siempre que la gente esté dispuesta a pagar por ello. Ese sistema es válido para Rosmann; el Estado le da una pequeña paga en virtud de un programa de subsidios, y él vende sus cultivos orgánicos a precios elevados.

¿Pagará todo el mundo esos precios? ¿Podría su método alimentar al país más poblado del mundo? Zhu Zhaoliang se ríe a carcajadas ante semejante pregunta. “La agricultura ecológica no es una solución para China”, dice tajantemente.

Sin embargo, podría existir una solución de compromiso con buenos cultivos que generen poca contaminación por nitrógeno, y hacia ella apuntan algunos de los campos más estudiados del mundo. Dichos campos, de una hectárea cada uno, forman parte de la Estación Biológica Kellogg de la Universidad del Estado de Michigan, cerca de Kalamazoo. Durante 20 años en esas parcelas se ha cultivado maíz, soja y trigo exactamente al mismo ritmo, lo cual ha permitido hacer una comparación de cuatro sistemas diferentes de cultivo, desde el convencional hasta el ecológico. Todo cuanto entra o sale de estos campos se mide al detalle: la lluvia, los fertilizantes, el óxido nitroso que emana del suelo, el agua que se filtra al subsuelo y, por último, la cosecha.

Me guía por estos campos Phil Robertson, de la Universidad de Michigan, quien contribuyó a poner en marcha este experimento a largo plazo. Robertson arde en deseos de revelar algunos datos nuevos “muy impresionantes”. Durante los últimos 11 años, cada campo cultivado con técnicas de arado y fertilización estándares liberó 680 kilos de nitrógeno por hectárea en las aguas subterráneas poco profundas de Michigan. “De modo que perdemos aproximadamente la mitad del fertilizante empleado”, explica. Esta pérdida es mucho menor que la que se suele producir en China. Pero si se multiplica por los millones de hectáreas de cultivo en Estados Unidos, la cantidad es suficiente para contaminar las aguas subterráneas, sobrecargar de nutrientes el río Mississippi y crear una enorme zona muerta en el golfo de México.

Los cultivos ecológicos de Robertson, que no recibieron fertilizantes comerciales ni estiércol, solo perdieron un tercio de esa cantidad, pero produjeron un 20 % menos de cereal. Misteriosamente, los campos con “agricultura de bajo consumo de recursos”, que recibieron pequeñas cantidades de fertilizante pero en los que se plantaron cultivos de cobertura de invierno, mostraron lo mejor de los dos mundos: los rendimientos medios fueron casi tan altos como los de los campos convencionales, pero el lixiviado de nitrógeno fue mucho menor, casi al nivel de los campos ecológicos. Robertson piensa que si los agricultores estadounidenses pudieran reducir la pérdida de nitrógeno hasta casi este nivel, los humedales restaurados y los pequeños cauces recuperados podrían filtrar y reducir el resto. Sin embargo, como en China, para muchos agricultores es difícil cambiar. Cuando el sustento de una familia está en juego, el exceso de abono puede parecer más seguro que su defecto.

Visto desde áfrica, el problema del abuso de fertilizantes comerciales parece un lujo. Los agricultores africanos usan pequeñas cantidades: una media de siete kilos por hectárea. Las otras fuentes alternativas, como el estiércol o los cultivos de leguminosas, también escasean.

Son muchos los que en las aldeas rurales de África han caído en una serie de círculos viciosos. Por temor a las hambrunas, se concentran en cultivos como el arroz o el maíz, que proporcionan muchas calorías pero que tienden a acabar con los nutrientes del suelo. Esas tierras exhaustas dan cada vez peores cosechas, lo que a su vez merma la economía de los campesinos para poder comprar fertilizantes.

Según muchos expertos, los suelos africanos se están agotando. Las reservas naturales de fertilidad (los nutrientes almacenados en la materia orgánica constituida por las raíces y hojas descompuestas durante los últimos siglos) se están reduciendo a medida que la agricultura extrae cada año más nitrógeno, fósforo y potasio que el que devuelve. Esto hace que la tierra tenga cada vez menos capacidad para alimentar a la gente que depende de ella.

El rendimiento medio de los cereales en el África subsahariana es de unos 1.000 kilos por hectárea, una quinta parte del promedio en China. Casi todos los que han estudiado la situación coinciden: los agricultores africanos necesitan más nitrógeno para mejorar sus cosechas y sus vidas. Pero hay un encendido debate sobre la fuente de la que deben obtenerlo.

Algunos, como Jeffrey Sachs, del Earth Institute de la Universidad de Columbia, piensan que el aumento de la producción agrícola requiere más fertilizantes comerciales, y que si los agricul­tores africanos pobres no pueden permitírselos, los países ricos deberían proporcionárselos. El proyecto “Aldeas del Milenio”, cofundado por Sachs, distribuye sacos de semillas mejoradas y fertilizantes en 80 pueblos de 10 países africanos. El proyecto está teniendo gran éxito, según sus datos. En los pueblos situados en Tanzania, Kenya y Malawi la producción de cereal se duplicó casi inmediatamente.

En 2006 el Gobierno de Malawi empezó a suministrar fertilizante barato a aproximadamente la mitad de los agricultores del país. La producción de maíz se duplicó, aunque buena parte del mérito corresponde a la abundancia de lluvias de aquel año. Sin embargo, estos programas se ven ensombrecidos por las dudas respecto al futuro. Las subvenciones de fertilizantes ya se intentaron en muchos países africanos durante las décadas de 1970 y 1980, pero acabaron abandonándose porque eran caras y generaban corrupción. El actual programa de ayudas de Malawi ya está teniendo problemas: el Estado se está quedando sin dinero para pagarlo.

“África no puede permitirse grandes cantidades de fertilizantes”, afirma la agrónoma Sieglinde Snapp, de la Universidad del Estado de Michigan. Según ella, hay un enfoque más sostenible que se basa en un mayor uso de plantas fijadoras de nitrógeno. Miles de familias campesinas de Malawi han empezado a cultivar guandú y cacahuete en sus tierras, sustituyendo parcialmente el maíz. Se trata de un experimento decenal puesto en marcha por investigadores agrónomos, campesinos y hospitales locales.

Gracias a que el guandú hizo que el suelo fuese más fértil, la cosecha de maíz del año siguiente fue mayor. Además, ese cultivo extra de guandú proporciona un alimento más nutritivo y rico en proteínas. “Pero aquello no se hizo de la noche a la mañana –explica Snapp–. Hubo que impartir cursos de formación sobre el uso de las legumbres. Fue el resultado de 20 años de trabajo.”

Esta observación de Snapp –que la obtención y conservación de nitrógeno en el futuro requerirá conocimiento y paciencia– es repetida por muchas personas que se dedican a esta investigación mundial. Tras preguntar al edafólogo Zhu Zhaoling qué es lo que más necesita la agricultura china, su respuesta es inmediata: “Mayor escala”, es decir, explotaciones más grandes y mejor gestionadas. En Iowa, Ron Rosmann explica que cultivar sin nitrógeno añadido “requiere más gestión, más trabajo y más atención a los detalles”.

Hace un siglo, cuando el químico Fritz Haber ideó el método para capturar nitrógeno del aire, los fertilizantes sintéticos parecían un fácil atajo para superar la escasez gracias al suministro ilimitado del nutriente más importante de la agricultura. Sin embargo, ya están apareciendo nuevas limitaciones del nitrógeno. Esta vez las innovaciones que nos salven –a nosotros y al planeta– podrían no inventarse en un laboratorio químico, sino que tal vez procedan de los agricultores y campos de todo el mundo.

Fuente: National Geographic


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Novedoso tratamiento de efluentes cloacales

En una experiencia única a nivel mundial, investigadores desarrollaron un tratamiento biotecnológico para los efluentes cloacales que permite aumentar la biomasa y depurar el agua. En el avance del proyecto se prevé generar ácido láctico, principal insumo de la producción de plásticos biodegradables, lo cual transformaría a Rosario en la primera sede de una fábrica de biomasa.

por Silvana Di Stéfano y Victoria Arrabal

El licenciado en Biotecnología Sebastián Lagorio desarrolla un proyecto de tratamiento de efluentes cloacales, a partir de la aplicación de tecnología recombinante. Esta experiencia, única a nivel mundial, empezó en Totoras, con el objetivo de transformar los desperdicios en una fábrica de productos de alto valor agregado, como bioetanol y plástico biodegradable.

Tecnológicamente, las aguas servidas son utilizadas como fuente de nutrientes a las que se les aplica un consorcio bacteriano, desarrollado en un laboratorio de la Facultad de Ciencias Bioquímicas y Farmacia. Luego, esas bacterias empiezan a degradarse y se les agregan lentejas de agua, que “son unas plantas chiquitas pero con propiedades muy interesantes ya que pueden duplicar su masa día a día consumiendo nutrientes y, a su vez, van depurando los efluentes”, explicó el especialista a Argentina Investiga.

Las lentejas de agua tienen la propiedad de acumular almidón, que es la fuente para obtener productos de alto valor agregado por fermentación, como el bioetanol o los plásticos biodegradables. “Lo que se logra es aumentar la biomasa, depurar el agua y generar por fermentación los productos”, aclaró.

En Totoras proyectamos una planta de bioetanol para producir, aproximadamente, de 30.000 a 50.000 litros al año, que pueden generarse en cuatro hectáreas de lagunas”, afirmó el especialista, y agregó: “Estamos escalando de unos 80 metros cuadrados que tenemos en la actualidad a unos 40.000, y la idea es que el año que viene esté funcionando completamente”.

Las próximas intervenciones se centrarán en la producción de ácido láctico, que es el insumo principal y crítico para la generación de plásticos biodegradables. Según Lagorio, esto transformaría a Rosario en la primera sede de una fábrica de biomasa. Asimismo, al fermentarse el almidón que contienen las lentejas, se obtiene un pellet que, por su alto contenido proteico similar a la soja, puede generar alimentos balanceados para ovinos, bovinos y cerdos.

La biotecnología nos da la posibilidad de utilizar herramientas de la naturaleza y aplicarlas para que podamos tener un mejor y sostenible ritmo de vida, dejando de lado el concepto de ‘basura’ y pasando a un nuevo paradigma, de que todo es usable y cíclico”, afirmó el biotecnólogo al considerar que en la naturaleza no existe la basura, sino que se trata de un concepto humano.

Integrar saberes científicos y sociales

Lagorio forma parte de la empresa social biotecnológica Mamagrande, que integra la red Njambre y cuyo objetivo es unir saberes científicos y sociales para desarrollar tecnología sinérgica con la naturaleza, dar poder a grupos de productores e integrarlos a la cadena productiva industrial. “Creemos en el modelo de empresas sociales, que es una innovación de las asociaciones civiles y empresas tradicionales”, afirmó Federico Seineldin, otro de los integrantes.

Se trata de organizaciones sostenibles económicamente porque generan productos o servicios para solucionar problemas ambientales o de comunidades vulnerables y los venden a partir del empleo de mecanismos del mercado. “Las cabezas de las próximas generaciones traen en su ADN visiones más holísticas de la realidad y no tan reduccionistas, por eso se trabaja en conjunto entre universidades, sociedad y empresas”, explicó.

Un ejemplo de esta comunión es el caso de Totoras, en el que se involucraron la Municipalidad y las empresas locales ya que el proyecto “viene a remediar un problema ambiental, dar trabajo inclusivo y reemplazar combustibles fósiles sin competir con el alimento humano, en un ciclo perfecto”, finalizó el emprendedor.

Fuente: Argentina investiga / Lunes 27 de Mayo de 2013


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Las consecuencias del desmonte

Investigadores advierten que, a causa del impacto de la expansión agrícola, en sólo tres décadas, el ascenso de las napas en el este de Salta podría causar anegamientos, salinizar los suelos y volverlos improductivos. El problema ya se instaló en San Luis y afecta a otros países, como Australia y Estados Unidos. El equipo de científicos busca alternativas para el manejo del suelo que, sin frenar las tendencias productivas actuales, neutralicen los efectos de la salinización.

por Rodolfo Zibell

Los cambios generados en el uso del suelo por la expansión de la frontera agrícola aceleran procesos que en la naturaleza demoraron miles de años en manifestarse, y que amenazan seriamente su productividad. Dos estudios de la Facultad de Agronomía advierten sobre las consecuencias del desmonte en Cuyo y en el NOA, vinculadas con el ascenso de las napas freáticas y la salinización de los suelos. En Australia, se perdió el 10% del área agrícola por este fenómeno, que en sólo 30 años podría llevar a que parte del noroeste argentino, donde hoy se producen alimentos, se inunde con agua salada.

Los estudios, que incluyen a la Universidad Nacional de San Luis, se concentran en planicies semiáridas de las regiones Espinal y Chaco, en las provincias de San Luis, donde apareció un nuevo río de la noche a la mañana, con cauces de 10 metros de ancho y 5 de profundidad, y del este de Salta, donde el desmonte y la siembra de cultivos (principalmente la de soja) crecieron de manera exponencial en los últimos años.

El reemplazo de la vegetación semiárida por agricultura de secano genera mayor humedad en el suelo, lavado de sales de los perfiles y un posible ascenso de los niveles freáticos”, señaló a Argentina Investiga la especialista Celina Santoni.

Según Jobbágy, otro de los investigadores, el Nuevo Río (como se lo denominó en la provincia cuyana) es una señal temprana de los grandes cambios provocados en el uso de la tierra: “Los sedimentos pasaron allí 9 mil años sin sufrir incisiones ni procesos parecidos. Pero, desde los setenta, los niveles freáticos subieron hasta 10 metros y, literalmente, de la noche a la mañana, el ascenso de las napas generó una ruptura por donde corre el agua en forma permanente, aun en la estación seca”. ¿Qué cambió en estos años para generar tal impacto? “Lo que resulta único del presente es el disturbio agrícola: 90% de la cuenca está desmontada”, aseguró el investigador.

Los bosques secos, en estas condiciones de clima, suelen alojar naturalmente una enorme cantidad de sales en el suelo a más de dos metros de profundidad. Esto es el resultado del consumo exhaustivo de agua que hace la vegetación natural y que lleva a que se acumulen sales en profundidad por siglos o milenios y que las napas freáticas se mantengan profundas. “La agricultura cambia esta condición, porque genera fugas de agua en profundidad. Con el tiempo, esto lava las sales, las transporta a la napa, eleva su nivel y, en muchos casos, causa salinidad en superficie cuando las napas entran en contacto con la atmósfera”, explicó Jobbágy.

En Australia existe un antecedente, denominado dryland salinity, que provocó el ascenso de los niveles freáticos, con aguas totalmente salinizadas, producto del lavado de las sales acumuladas naturalmente en los suelos en profundidad. El resultado final son grandes hectáreas de suelos inundados con aguas salinas o suelos totalmente salinizados e improductivos. Esto ocurrió después de más de 100 años de uso agrícola de las tierras, que originalmente tenían bosques de eucaliptos.

Asociamos esa situación con lo ocurrido en San Luis, en la cuenca del Nuevo Río (una de las más antiguas deforestadas en el país, con 70 años de historia agrícola), donde se perdieron muchas hectáreas de tierras y la salinización de napas superficiales es un problema incipiente”, apuntó Celina Santoni. Sin embargo, el ascenso de niveles freáticos no causó anegamientos y salinización como en Australia, sino la ruptura del terreno por un proceso particular: “Se trata de una cuenca con pendientes más altas que las típicas de nuestras llanuras y con sedimentos eólicos muy nuevos y, creemos, susceptibles a la ruptura por napas que fluyen a mayor velocidad”, dijo Jobbágy.

En el NOA, las investigaciones arrojaron coincidencias con San Luis, Australia y otras planicies semiáridas de Estados Unidos, según Laura Amdan, quien estudió las consecuencias del desmonte sobre la recarga de agua subterránea y la salinización de suelos en Salta. Su trabajo se presentó junto a otras tesis coordinadas de la licenciatura en Ciencias Ambientales de la Facultad de Agronomía ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación, para evaluar el impacto ambiental acumulativo del desmonte en cuatro departamentos del este salteño (San Martín, Orán, Rivadavia y Santa Victoria), que en las últimas tres décadas tuvieron el mayor crecimiento agrícola del país, en detrimento de los bosques.

El desmonte cambió radicalmente el sistema radicular”, dijo Amdan, y explicó que las raíces de la soja (el cultivo extensivo más difundido en el este de Salta) no logran absorber la lluvia como lo hacían los árboles. Esto hace que el agua atraviese todo el perfil del suelo y transporte las sales acumuladas por milenios hasta las napas. Si el monocultivo de soja persiste, con el tiempo las napas comienzan a ascender con las sales, hasta llegar a la superficie. Y esto podría suceder, según las conclusiones de Amdan, en un período de entre 30 y 100 años, según la edad del desmonte, la cobertura y el manejo agronómico. En el caso de las pasturas, que se siembran como alimento para el ganado, el proceso podría demorar hasta 250 años.

El problema está identificado; tenemos evidencias in situ y experiencia de otras regiones similares sobre cómo es la dinámica del proceso y sus posibles consecuencias. La señal en Salta es fuerte y las consecuencias son severas. No podemos sentarnos a esperar de brazos cruzados para ver cómo el sistema resuelve naturalmente el cambio”, advirtió. “Entendemos que el modelo productivo presiona para obtener una rentabilidad máxima inmediata, pero el costo a largo plazo puede ser tan alto que no haya retorno posible y la pérdida de productividad, así como la capacidad de producir alimentos, sean netas”, concluyó Amdan.

Por esta razón, los investigadores se concentran en remediar o frenar el proceso y proponer sistemas alternativos de manejo del suelo que, sin limitar las producciones agrícolas típicas de ambientes semiáridos y las tendencias productivas actuales, retrasen o anulen el efecto de recarga subterránea y la salinización del agua y los suelos, antes de que sea demasiado tarde.

Los trabajos fueron financiados por el Instituto Interamericano Para la Investigación del Cambio Global (IAI), el Fondo para la Investigación Científica y Tecnológica (FONCyT) y el Conicet, e involucraron la participación de José Paruelo, Gervasio Piñeiro, Victoria Marchesini, Laura Amdan y otros investigadores de las cátedras de Ecología y Métodos Cuantitativos de la Facultad de Agronomía.

Fuente: Argentina investiga / Lunes 27 de Mayo de 2013


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Diseñan proceso para purificar agua contaminada por la industria

En el IQUIR – Conicet – UNR un grupo de investigación liderado por Luis Federico Sala trabaja diseñando procesos que puedan sanear aguas contaminadas por la industria.

El equipo, que ya tiene experiencia en la purificación de aguas con cromo, desarrolla sistemas para eliminar el vanadio y el molibdeno. El equipo del IQUIR busca diseñar métodos de bajo costo y corto plazo de acción para la purificación de aguas contaminadas con vanadio y molibdeno utilizando una técnica del campo de la remediación llamada biosorción. “El concepto remediación refiere a los esfuerzos que el hombre hace para tratar de subsanar los problemas ambientales generados por su acción sobre el medio ambiente“, definió Sala y agregó “la biosorción es una técnica que utiliza biomasa orgánica muerta para descontaminar el agua“.

Los investigadores estudian la capacidad que tienen diferentes biomasas muertas para retener iones metálicos, propiedad que les permite capturar el vanadio y el molibdeno presentes en agua servidas.

Una característica importante para que los desechos sirvan para este fin es que sean abundantes en la zona y que no tengan ninguna utilidad industrial“, explicó Sala.

Hasta ahora se ha ensayado con marlo de maíz, salvado de soja, provenientes de la actividad agrícola; así como con el fruto de plátano, y cáscaras de cítricos procedentes de la industria. En el caso del vanadio también se ha testeado la quitina del caparazón de los langostinos y las algas rojas, verdes y pardas, que si bien no se encuentran en la región son abundantes en otras zonas como Mar del Plata y Puerto Madryn.

El proceso diseñado consiste en que el agua contaminada antes de salir de la planta industrial pase por columnas de flujo continuo que contienen biomasa capaz de retener los metales que quedan capturados en su superficie y el agua, una vez purificada, salga al medio. Luego de este procedimiento es posible separar con ácidos, álcalis o soluciones salinas, mediante un proceso que se denomina desorción, los elementos contaminantes y la biomasa que los retiene. De este modo, la biomasa puede ser reutilizada en otro ciclo de depuración y los metales pesados quedan concentrados en un licor de donde se pueden recuperar para un nuevo proceso industrial.

Hemos logrado que las aguas tengan la concentración de los elementos cromo, vanadio y molibdeno, exigida por el código alimentario“, contó Sala refiriéndose a las pruebas hechas con aguas sintéticas a las que se le agrega los elementos mencionados con fines experimentales y a aguas servidas provenientes de la actividad industrial.

Este proyecto tiene un subsidio del Programa de Promoción de las Actividades Científico Tecnológicas y de Innovación de la Provincia de Santa Fe que financia líneas de investigación capaces de favorecer la introducción de innovaciones que incorporan conocimiento y agregan valor a los sistemas productivos de la región. Además, cuenta con el respaldo de la empresa Aguas Santafesinas y de la Fundación Tecnológica Argentina para el desarrollo Social y Ambiental.

Nosotros hemos hecho durante muchos años investigación básica, siendo pioneros en la introducción de la Bioinorgánica –el estudio de la influencia de los iones metálicos en los sistemas vivos– en la Facultad de Ciencias Bioquímicas y Farmacéuticas de la Universidad Nacional de Rosario desde el año 1986“, afirma el doctor Sala. “Los resultados obtenidos nos proveyeron de abundante información que utilizamos en investigación de carácter aplicado y nos permitieron avanzar rápido con este proyecto“, indicó el investigador.

El vanadio se emplea principalmente en aleaciones y, en menor medida, en la industria aeroespacial y en la producción de ácido sulfúrico. El molibdeno se utiliza en estado puro como cubierta de barras radioactivas y también es generado por la actividad minera y metalúrgica.

Si bien en muy pequeñas cantidades el cuerpo precisa de estos metales, en exceso son nocivos para la salud. El vanadio actúa como un tóxico sanguíneo, hepático y renal y provoca bronquitis, neumonía, anemia, y lesiones en el hígado y los riñones. Además afecta al ADN, inhibe las enzimas y no permite la síntesis del ácido ascórbico. Por su parte, la exposición al molibdeno causa irritaciones en la piel y los ojos, fatiga, dolores de cabeza y en las articulaciones.

Fuente: Portal de Internet Sin Mordaza de Santa Fe / Lunes 27 de Mayo de 2013 19:39


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Biodiversidad andina y cambio climático

¿Cómo responden las diferentes especies que viven en ambientes de montaña a las variaciones climáticas del planeta? Un análisis exhaustivo de su distribución y características ayudaría a mejorar su preservación.

por Ricardo Ojeda* y Agustina Novillo**

Los ecosistemas de montaña, y la cordillera de los Andes en particular, representan verdaderos laboratorios para el estudio de la evolución de la biota andina. Diferentes investigaciones muestran que las especies que habitan el ecosistema andino presentan una rica gama de adaptaciones morfológicas, ecológicas, comportamentales y fisiológicas, lo que les permite ocupar un determinado espacio geográfico asociado a condiciones climáticas y vegetacionales particulares.

En estos ambientes, a medida que aumenta la altura disminuye la superficie y lleva a la pérdida de ambientes favorables para las especies de distribución restringida. Por lo tanto la supervivencia de estas especies, adaptadas a condiciones extremas particulares, estaría condicionada ya sea por su capacidad de migrar hacia hábitats más favorables, como por su adaptación a las nuevas condiciones ambientales.

Para poder aproximarnos a la complejidad y predecir los efectos del cambio climático sobre la biodiversidad, es preciso conocer en detalle la distribución, identidad de las especies (taxonomía), su diversidad genética, fisiología e incluso la historia natural de las especies. Para avanzar en esta dirección, en nuestro grupo analizamos por primera vez la diversidad de pequeños mamíferos, de menos de 150 gramos, que tienen su hábitat a lo largo de los Andes Áridos Centrales, que van desde el sur de Perú hasta el centro de la Argentina.

En esa línea, el trabajo del Grupo de investigaciones de la Biodiversidad (GiB) busca conocer qué especies habitan los Andes Áridos centrales, cómo se distribuyen, cuán restringidas están a los ambientes Andinos, y si podemos detectar alguna asociación entre la riqueza de especies y el tamaño del área, entre otras.

Los resultados que publicamos recientemente en la revista especializada Austral Ecology muestran que casi la mitad de las especies analizadas son exclusivas del ecosistema montañoso de los Andes (es decir endémicas), y su riqueza (es decir número de especies) está asociada con el tamaño del área. Por otro lado detectamos que las especies de las latitudes altas presentaron rangos geográficos, o distribuciones más amplias, que las especies de latitudes bajas. Esto último se conoce en biogeografía como el “efecto Rapoport”, en homenaje al reconocido ecólogo y biogeógrafo argentino Eduardo Rapoport.

Según algunos reportes, la zona de los Andes centrales experimentaría un aumento de la temperatura entre 3 a5 °C, así como una disminución de precipitaciones. Este escenario nos permite inferir potenciales cambios a partir de algunos de nuestros resultados. Así, por ejemplo, un aumento marcado de la temperatura afectaría negativa y principalmente a aquellas especies adaptadas a un rango más estrecho de las condiciones climáticas de alta montaña, por arriba de los 2500 m y reduciría la superficie de hábitats favorables en esas zonas, lo que eventualmente llevaría a una disminución del tamaño de las poblaciones, contracción de distribución geográfica y mayores riesgos de extinción.

Esto es lo que ocurre con varias especies en otras regiones, como la flora alpina en Suiza, el oso polar del Ártico, los pingüinos de Adelia de la Antártida, o la pika, un roedor que habita las montañas del oeste de Norteamérica, por nombrar algunos.

En un escenario de aumento de temperatura, las especies de distribución restringida son más susceptibles que aquellas de distribución amplia. Más aún, cuando el aumento de temperatura conduce a una reducción de la superficie de hábitats favorables, una respuesta posible es la contracción de la distribución de las especies. Por otro lado, una potencial respuesta inversa ocurriría para otro grupo de especies que habitan la zona cordillerana a menor altura.

Así por ejemplo, especies que habitan la zona del pedemonte cordillerano, por debajo de los 1500 m, podrían colonizar ambientes favorables ubicados a mayores alturas y expandir sus rangos geográficos. Esto ha sido documentado para varias especies, como por ejemplo ciertas aves de llanura que colonizaron y expandieron sus rangos hacia mayores alturas en la selva de nubes en Costa Rica.

Nuestros resultados apoyan y consolidan la noción de que un segmento importante de la biodiversidad del ecosistema Andino evolucionó in situ. Esto es, que la formación o diversificación de nuevas especies ocurrió y ocurre en el escenario particular de la Cordillera de los Andes.

Es importante remarcar que estas primeras investigaciones de características biogeográfica-macroecológicas nos ayudan a entender la composición y modo de distribución de la biodiversidad Andina. Para asegurar la continuidad de estos escenarios evolutivos, como es el caso de los Andes y otros ecosistemas es imprescindible contar con bases biológicas/ecológicas sólidas que ayuden a delinear políticas integrales de conservación no solo en la dimensión biológica sino también en las dimensiones social y cultural del ecosistema Andino.

*Ricardo Ojeda es investigador principal del CONICET y lidera el Grupo de investigaciones de la Biodiversidad (GiB) en el Instituto Argentino de Investigaciones de las Zonas Áridas (IADIZA, CONICET-UNCuyo-Gobierno de Mendoza) de Mendoza. Es licenciado en Ciencias Biológicas con orientación Zoología de la Universidad Nacional de Tucumán. Tiene además un doctorado (Ph.D.) en Ciencias Biológicas por la Universidad de Pittsburgh, Pennsylvania, Estados Unidos.

**Agustina Novillo es becaria posdoctoral del CONICET y trabaja en el Grupo de investigaciones de la Biodiversidad (GiB) del IADIZA. Es licenciada en Ciencias Biológicas con orientación Zoología de la Universidad Nacional de Tucumán, y tiene un doctorado en Ciencias Biológicas por la misma casa de estudios.

Fuente: CONICET / Martes 7 de Mayo de 2013


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Guardianes de la salud de los ecosistemas acuáticos

Profesionales de la biología y la ecología se abocan con pasión a la limnología, una ciencia joven que estudia el estado de los cuerpos de agua dulce.

por Mercedes Beanialgo

Entre todo lo novedoso y pionero que se le atribuye al libro “El origen de las especies”, publicado en 1859 por el naturalista inglés Charles Darwin, existe un hecho popularmente poco conocido: allanar el camino de la limnología como disciplina científica. ¿Y qué es la limnología? Nada menos que el estudio de las aguas ubicadas dentro de las masas continentales, es decir, aquellas vinculadas al consumo y actividades humanas, sin incluir a mares y océanos.

Recién a comienzos del siglo XX se sentarían en Europa las bases de esta futura ciencia, y hacia 1950 la tendencia llegaría a Latinoamérica. No es que antes no se estudiara, pero la conciencia de su gran importancia se fue gestando de a poco. “Al comienzo la información era parcial: se describían las especies que habitaban las aguas y su distribución, pero no se tenían en cuenta los procesos”, relata Alberto Rodrígues Capítulo, director del Instituto de Limnología “Raúl A. Ringuelet” (ILPLA, CONICET-UNLP), referente en la temática a nivel nacional.

Con el tiempo se hizo evidente que esta flora y fauna estaban vinculadas al medio acuático por alguna razón, que interactuaban entre sí, y que al mismo tiempo que servían a las actividades humanas, se veían afectadas por ellas”, continúa el especialista. “Lo primero que se observó fueron los lagos y los organismos microscópicos que los habitan, llamado plancton”, añade Nora Gómez, investigadora del CONICET y estudiosa de los biofilms, diminutas comunidades microbianas.

Actualmente, lagos, lagunas, ríos, arroyos, estuarios, humedales y otros ambientes acuáticos de variadas dimensiones y profundidades conforman el objeto de estudio de la limnología. Según sea época de sequía o inundación, en provincia de Buenos Aires y alrededores existen más de 6 mil de estos cuerpos de agua. Muchos de ellos son el escenario de acción de los grupos del ILPLA, cada uno con una línea de investigación diferente pero todas cimentadas sobre la diversidad biológica o biodiversidad, un término que engloba nada menos que a la totalidad de los seres vivos que conforman los ecosistemas del planeta.

A través de la clasificación de los invertebrados, peces, anfibios, algas y plantas que las habitan, en el ILPLA se trabaja en el diagnóstico de los problemas ambientales de las aguas de la llanura pampeana, en su mayoría derivados del impacto de las actividades humanas. “Es el caso de la cuenca del río Salado, afectada por obras hidráulicas y un uso agrícola intensivo”, aporta Néstor Gabellone, a lo que Darío Colautti, especialista en ecología de peces, añade: “También es importante considerar la explotación sustentable de los recursos que ofrecen estos ecosistemas”. Ambos son investigadores del CONICET.

Así como un médico se vale de un análisis de sangre para determinar el estado de su paciente, nosotros hacemos estudios de hábitat, hidrología, calidad del agua y biología para saber cómo está un ambiente”, apunta Gómez.

Y aquí aparece una herramienta en cuyo desarrollo el ILPLA es uno de los pioneros en la Argentina: el biomonitoreo, consistente en medir el impacto antropogénico a partir del comportamiento y los mecanismos de tolerancia de los organismos con los que entran en contacto. Así, mediante convenios con entidades de gobierno, ONG y empresas, el instituto ha consolidado una fuerte tradición en transferencia de conocimientos y tecnología.

Nos convocan como asesores en cuestiones de diagnóstico y rehabilitación de cuerpos de agua de la región pampeana. Según el tema, el grupo de trabajo indicado elabora una propuesta de acción que consensua la solución planteada por ingenieros y químicos con el impacto en el medio”, señala Rodrígues Capítulo. La Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación, el Organismo Provincial para el Desarrollo Sostenible (OPDS) y la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) son tres de los entes que con frecuencia solicitan al ILPLA estos servicios.

Naturaleza y sociedad

También investigador del CONICET, Carlos Bonetto explica que “trabajar en limnología implica tener pasión por las experiencias a campo, aún en zonas inhóspitas o de difícil acceso”. “Los muestreos que realizamos pueden variar, según lo que se busque, desde unas pocas horas hasta meses. Algunos son llevados adelante de manera sistemática durante varios años seguidos. El que estudia anfibios, por ejemplo, tendrá que hacer campañas de noche”, analiza.

Todos los ambientes son difíciles”, asegura Gómez, y subraya que “el Río de La Plata es muy complicado y no podemos navegar sin ayuda del Servicio de Hidrografía Naval o Prefectura, porque nos adentramos a 5 mil metros de la costa, y además puede sobrevenir cualquier evento climático, como una sudestada”. Suele suceder –cuentan los profesionales– que haya que ir una y otra vez al campo, hasta encontrarlo en las condiciones climáticas o hidrológicas que se esperan para determinado estudio.

En el ILPLA, los biólogos y ecólogos son mayoría, y se confiesan amantes de la naturaleza y el aire libre ya desde la elección de su carrera. Pero esa condición no los aparta de una visión integral de los hechos. “Tratamos de ser realistas: sabemos que hay un contexto social que hay que atender. No miramos sólo el río sino también lo que hay a sus costados”, apunta Rodrígues Capítulo, y continúa: “La limnología es ecología acuática, entonces tiene que considerar todo en su conjunto, especialmente este instituto, que está inserto en una ecorregión muy en contacto con las actividades del hombre como es la pampa”.

Fuente: CONICET / Viernes 3 de Mayo de 2013