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El día a día de la Ciencia


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“El correcto aprovechamiento de algunos atributos de los cultivos puede ayudar a mejorar la seguridad alimentaria”

El ganador del premio Bunge y Born 2013 explica cómo conocer la ecofisiología de ciertos granos permite mejorar su rendimiento y calidad.

por Lucila Espósito

Antonio Hall, investigador superior del CONICET (R), es actualmente uno de los científicos argentinos más destacados por sus contribuciones al entendimiento de la ecofisiología del girasol, el maíz, el trigo, la quinoa y el olivo.

La ecofisiología vegetal es una disciplina que estudia el funcionamiento de los cultivos y comunidades vegetales de interés agropecuario y forestal en relación con la productividad, con énfasis en los procesos que determinan el crecimiento, el rendimiento y la calidad y su relación con el ambiente. Su objetivo es, a partir del conocimiento científico, mejorar cuanti y cualitativamente la producción, su eficiencia y sustentabilidad. Además, busca contribuir al mejoramiento genético de los cultivos y al desarrollo de modelos de simulación de los cultivos.

Hall es ingeniero agrónomo, doctor en Ciencias Biológicas, profesor emérito de Fisiología Vegetal en la Universidad de Buenos Aires, y fue director del Instituto de Investigaciones Fisiológicas y Ecológicas Vinculadas a la Agricultura (IFEVA, CONICET – UBA).

Este año Hall recibió el premio Bunge y Born 2013, dedicado a la agronomía, por sus investigaciones pioneras en el cultivo de girasol, la construcción de modelos de simulación agronómicos y el mejoramiento de su tolerancia al estrés.

–Dentro de la ecofisiología vegetal de cultivos, ¿en qué área de trabajo se enmarcan sus investigaciones?

Junto con mis estudiantes y colegas trabajamos en una serie de aspectos de la ecofisiología del girasol y, en menor grado, del maíz, el trigo, la quinoa y el olivo. Hicimos estudios para conocer cómo los factores ambientales –como radiación, temperatura, y las ofertas de agua y de nitrógeno– y su interacción con el estado de desarrollo de los cultivos impactan sobre la determinación de los componentes del rendimiento, es decir el número y peso unitario de los granos.

En el caso del girasol y, más recientemente, del olivo, también focalizamos algunos estudios en los efectos de la temperatura y la radiación sobre la calidad de los órganos de cosecha, medida en contenido de aceite y composición de ácidos grasos en el aceite.

–¿Qué aplicación tienen estas investigaciones?

Una parte de los resultados de estos fueron incorporados en un modelo de simulación, pionero para el cultivo de girasol. Los modelos de simulación de cultivos son una herramienta poderosa para “mapear” las interacciones entre factores ambientales y de manejo, propias de cada agroecosistema. Permiten vislumbrar, sobre bases científicas sólidas, los condicionantes del rendimiento más importantes en cada caso. Ello resulta fundamental a la hora de jerarquizar investigaciones experimentales de detalle.

–¿Qué encontraron respecto del cultivo de girasol?

Los resultados de los estudios fueron utilizados para informar la selección de híbridos mejorados de girasol para adecuar su adaptación a diferentes ambientes y para informar la construcción del modelo de simulación para el cultivo. Si se lograra identificar marcadores moleculares efectivos para el ajuste osmótico –atributo importante en la determinación de la tolerancia a la sequía y que ha sido objeto de algunas de nuestras investigaciones– ello podría resultar efectivo para mitigar la pérdida de rendimiento en maíz y en girasol cultivado en secano. Estos marcadores nos permitirían avanzar en la incorporación, durante el proceso de mejoramiento, de este atributo en materiales de buena calidad agronómica (capacidad de rendimiento, calidad de grano, resistencia a enfermedades, etc.) y mejorando así el rendimiento de estos cultivos en condiciones de secano.

–Su trabajo se relaciona con la respuesta y adaptación al estrés abiótico. ¿Qué importancia tienen estas interacciones en materia de seguridad alimentaria?

–Cuando decimos seguridad alimentaria global estamos pensando en el desafío que significa, en los próximos 40 años, agregar dos mil millones de seres humanos a la población del planeta más la eliminación de la subnutrición en mil millones más de seres humanos, para no mencionar los cambios en las expectativas de calidad de alimento y el consumo de biocombustibles. La búsqueda y el correcto aprovechamiento de algunos atributos de los cultivos puede ayudar a mejorar la seguridad alimentaria, pero también es importante evaluar la existencia de brechas entre los rendimientos alcanzables y aquellos que efectivamente se logran. Cuando dichas brechas exceden niveles razonables, hay que identificar las causas de las mismas, lo que conlleva volcar los fondos de investigación necesarias para alcanzar ese objetivo.

–¿Qué aproximaciones puede hacer desde su área de trabajo?

–Tal como hemos enfatizado en un trabajo reciente, realizado con un colega australiano, las perspectivas de lograr, dentro de las próximas cuatro décadas críticas para la seguridad alimentaria del planeta, saltos cuánticos en el rendimiento de los cultivos no son optimistas, sea bajo riego o en secano. En este contexto, y en el mundo, hay una diferencia muy importante entre lo prometido, lo soñado y lo logrado, y es importante ser realista. Los estudios efectuados con colegas y estudiantes acerca de las respuestas al estrés hídrico del maíz, el girasol o el trigo constituyen un ejemplo del puñado de estudios realistas en todo el mundo cuyo valor ha sido demostrado en condiciones de cultivo.

–¿Qué posibilidades hay de mejorar esta situación?

–Cobra importancia especial focalizar atributos demostradamente efectivos en mejorar el rendimiento bajo secano, por lo menos para algunos agroecosistemas en particular. Cada uno de los poquísimos atributos, demostradamente efectivos a nivel cultivo en mitigar la pérdida de rendimiento bajo sequía, puede contribuir algo a mejorar la situación.

A través de este tipo de trabajo, es esperable que en algunos agroecosistemas de producción bajo secano se pueda conseguir algún avance, sobre todo si la labor está bien enmarcada en un contexto que liga todos los eslabones de la producción, incluyendo estudios de base, mejoramiento de cultivos, manejo agronómico ajustado a las realidades de cada agroecosistema y, por supuesto, un suficiente atractivo para el productor.

–¿En qué situación se encuentra la Argentina?

–Trabajos realizados con estudiantes y colegas muestran que en Argentina existe una brecha de rendimientos alcanzables/alcanzados en girasol excesivamente alto y que una alta proporción de los cultivos de esta especie rinden menos de lo que podrían rendir con el agua que tienen disponible. Hay que abordar, con urgencia, la solución de este contrasentido que, muy probablemente, se repita en otros cultivos de grano.

–Según sus trabajos, ¿cómo se puede optimizar el uso de agua para irrigación?

–Es probable que algunos de nuestros resultados puedan informar diseños de programas de riego restringido, lo que reduce el total de agua de riego aplicada. Pero vale la pena tener presente que la vasta mayoría de los cultivos de granos en Argentina se hacen bajo secano, y esa situación ha sido el foco de nuestros trabajos.

Formación

Antonio Hall se graduó como Ingeniero Agrónomo en la UBA, y es Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad de Macquarie.

Es profesor emérito de Fisiología Vegetal en la Universidad de Buenos Aires, ex–Director del Instituto de Investigaciones Fisiológicas y Ecológicas Vinculadas a la Agricultura (IFEVA), ex–Investigador Superior del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), y ex-Director de la Escuela para Graduados de la Facultad de Agronomía (UBA).

Actualmente, es miembro de la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria y co-editor en Jefe para Sudamérica y el Cercano Oriente de Field Crops Research.

Fuente: CONICET / Viernes 9 de Agosto de 2013

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Experto: Mayer-Schönberger: Big data y tecnología, un iceberg que revolucionará el mundo

La combinación de datos masivos y procesado con nuevas tecnologías ayudará a que las aseguradoras no tengan que pedir reconocimientos médicos a sus clientes para conocer su estado de salud, confirmará a un potencial comprador si un vehículo de segunda mano es de fiar a partir del color de su pintura y anticipará qué estudiantes flojean antes de un examen.

El auge de internet y los teléfonos móviles inteligentes no sólo permiten rastrear datos inmensos y desvelar a quién se llama y a dónde se va, sino que, con la tecnología, se abre la puerta al desarrollo de sofisticados sistemas de predicción de mercado, que ya están ofreciendo resultados muy ajustados, frente a los obtenidos hasta ahora con tradicionales sondeos de opinión, no siempre tan acertados.

Así lo ha explicado en una entrevista con EFEfuturo el profesor de regulación y gestión de internet en el Internet Institut de la Universidad de Oxford Viktor Mayer-Schönberger, que es uno de los mayores expertos internacionales en big data y el estudio de las posibilidades que ofrece el procesamiento de datos masivos en internet con las nuevas tecnologías.

En su libro Big Data (de Turner) recién publicado en castellano, Mayer-Schönberger, junto con Kenneth Cukie, da detalles sobre esta revolución, que está favoreciendo el desarrollo de nuevos sistemas de predicción y que ya permiten, por ejemplo, detectar en tiempo real cómo se expande una pandemia, sólo con el acceso a comentarios en Google o Facebook de gente que devela ciertos síntomas o adquiere determinados fármacos.

En breve incluso “estos sofisticados sistemas de predicción podrían adelantarnos si nos estamos enamorando o si lo haremos pronto”, ha añadido este experto, con más de un centenar de artículos y ocho libros escritos, que además es colaborador como asesor en empresas de todo el mundo, entre ellas Microsoft y el Foro Económico Mundial.

Pero en el “big data” no es todo perfecto y también existen riesgos o puntos negros. Así, ha dicho, “me preocupa profundamente” que se termine culpando y atribuyendo responsabilidades individuales e incluso castigando a la gente a partir de juicios basados únicamente en predicciones de comportamiento, dada su rigurosa fiabilidad.

“Probablemente, ésa es la cara más oscura del big data”, ha añadido, y para evitarlo, ha proseguido, se requieren sistemas de protección que garanticen la seguridad de las personas ante esos supuestos.

También le preocupa la seguridad personal en el caso del acceso cada vez más frecuente a datos de las personas por parte de las autoridades que ya no sólo buscan información básica sino también conocimiento de interacciones y conexiones personales.

En el libro se recuerda cómo gigantes tecnológicos tipo Google, Amazon o Facebook son algunos de los muchos ejemplos de empresas que ya almacenan datos y más datos de las personas, conscientes de su enorme potencial de negocio si se explotan en otros ámbitos.

Google procesa un volumen de datos al día que representa miles de veces la totalidad del material impreso que guarda la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, y en Facebook se suben más de diez millones de fotografías nuevas cada hora y se insertan comentarios casi 3.000 millones de veces diarias.

Con esos datos, Amazon puede recomendar el libro ideal a un cliente, Google es capaz de indicar la página web más relevante para un usuario en función del tiempo que dedica a cada una de ellas y Facebook conoce los gustos y aficiones de sus internautas.

Fuente: EFE Futuro / Sábado 3 de Agosto de 2013


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“La eugenesia trató de ejercer el control estatal de la población”

Dos investigadores de CONICET buscan echar luz sobre la historia de esta corriente en nuestro país y el mundo.

Marisa Miranda y Gustavo Vallejo –ambos investigadores independientes del CONICET– indagan desde hace más de una década sobre los distintos aspectos de la recepción y los usos sociales de teorías biológicas para implementar estrategias de control y disciplinamiento de las sociedades modernas. Tras años de trabajo publicaron el libro Una historia de la eugenesia. Argentina y las redes biopolíticas internacionales (1912-1945).

Desde esta perspectiva, la biopolítica –ejercicio de poder que busca su legitimidad en supuestas razones biológicas– encierra un conjunto de expresiones que desde fines del siglo XIX comprenden la emergencia y la expansión internacional de la eugenesia, y llegan a nuestros días a través de distintas formas en las que la ciencia es invocada como principio de autoridad con el riesgo de reinstalar tradicionales determinismos.

“En buena medida, la eugenesia se constituyó en una respuesta a los miedos generados en las elites por la amenaza que significaba la política de la democracia para el mantenimiento de sus privilegios”, asegura Vallejo.

–¿Cómo pueden caracterizarse los distintos tipos de eugenesia y qué disciplinas científicas participaron en su implementación?

MM: La palabra eugenesia, acuñada por el inglés Francis Galton en 1883, proviene de dos términos griegos (eu; de buen; genes: linaje), lo que implica el estudio de los factores bajo control social que influyen en las cualidades de las futuras generaciones. Ahora bien, ese concepto se sostiene a partir de una inmanente jerarquización de cualidades y seres. Y aquí surge su necesaria vinculación con la ética.

GV: El redescubrimiento de las leyes de Mendel influyó en la consolidación de una línea de la eugenesia que concibió a la “herencia genética” como única vía de transmisión de caracteres indeseables. No obstante ello, existió otra línea eugénica, más frecuentemente expresada en países de ascendencia latina, que remarcaba la influencia del ambiente en los individuos y la potencialidad de que esa “huella” se transmitiera a sucesivas generaciones.

MM: Toda eugenesia consiste en controlar la reproducción realizando selecciones artificiales para mejorar un colectivo, generalmente llamado raza. Para la eugenesia geneticista ese procedimiento se realizaba esterilizando individuos indeseables. La eugenesia ambientalista detectaba igualmente indeseables aunque no existían intervenciones directas sobre sus cuerpos, sino impedimentos matrimoniales, reducción de derechos civiles y/o políticos y distintas medidas tendientes a la autocoacción.

–En ese contexto, ¿qué ciencias se vieron más involucradas con la eugenesia?

GV: La medicina, el derecho y, en general, todas las disciplinas normativas, tuvieron una presencia significativa: era necesario detectar a los ‘menos aptos’ –en esto la medicina resultaba fundamental– y, a partir de ahí diseñar diversas estrategias para apartarlos del proceso reproductivo –aquí el derecho cumplía su rol, especialmente en la eugenesia ambientalista–. La demografía precisaba los indicadores cuantitativos sobre los que la eugenesia se encargaba de operar introduciendo la variable cualitativa, es decir determinar quiénes eran aquellos que poseían mejores cualidades, ‘vidas dignas de ser vividas’.

MM: Por otra parte, la noción de población es un concepto que tiene una fuerte trascendencia desde comienzos del siglo XX para asociarse a la potencia de una nación. De ahí que la eugenesia trató de ejercer el control estatal como reaseguro de que podría disponerse de una fuerza de trabajo sana, disciplinada, y, eventualmente dispuesta a defender la patria cuando fuera necesario. Para eso, operaban mecanismos dirigidos hacia la reproducción, tanto como a la moralización de las costumbres.

–¿Hubo momentos históricos en que la eugenesia tomó mayor ‘popularidad’?

MM: Hasta hace poco tiempo era usual identificar a la eugenesia con la política del nazismo y, de esta manera, quedaba una idea de mal absoluto circunscripto a un período y lugar precisos. Sin embargo venimos estudiando cómo la eugenesia se expresó de maneras distintas, incluso con un significativo poder coercitivo –físico, psicológico o moral– a través de otros sistemas políticos. De hecho su origen, vinculado al ultraliberalismo victoriano, es bien ilustrativo del modo en que las formas de organización social hipercompetitivas necesitan de una instancia de validación que esté por encima del azar en la ‘lucha por la vida’ y asegure la supervivencia de las elites detentadoras del poder político, económico y social.

GV: En esta línea de pensamiento puede afirmarse así que no existe una única eugenesia ni una sola forma de mirarla historiográficamente. Por ejemplo, un excelente libro publicado por la Universidad de Oxford (The Oxford Handbook of the History of Eugenics), incurre en el lugar común de plantearse el abordaje de “la” eugenesia en el mundo, dejando de lado casos tan significativos como los que abordamos. Fundamentalmente, allí se insiste en remarcar una tradicional asociación establecida entre eugenesia y esterilización, tomando el ejemplo paradigmático del nazismo y, dentro de ese encuadre, no tiene lugar el tratamiento de la eugenesia tal como se corporizó en Argentina y otros países del cono sur americano.

MM: Aquí la presencia de la Iglesia en este tipo de eugenesia impuso el rechazo a la esterilización sin por eso abandonar las características coercitivas que se dirigieron hacia el control de la moral sexual en pos de la obtención de una herencia deseable. Y en este punto, la Argentina cultivó una eugenesia que estableció un maridaje entre los rasgos emanados del ultraliberalismo victoriano con un fuerte sesgo confesional. En resumidas cuentas, eugenesia no es igual a esterilización y el caso argentino pone particularmente de manifiesto que se pueden diseñar medidas coercitivas de oriente eugénico sin necesidad de plantear esterilizaciones masivas.

Formación

Marisa Miranda y Gustavo Vallejo son investigadores independientes del CONICET en el Instituto de Investigaciones Biotecnológicas – Instituto Tecnológico de Chascomús (IIB-INTECH, CONICET-UNSAM), donde dirigen la Unidad de Ciencias Humanas. También se desempeñan como profesores de la UNSAM y de la UNLP, donde dirigen el Área de Estudios Culturales de la Ciencia del Instituto de Cultura Jurídica.

Marisa Miranda es Doctora en Ciencias Jurídicas por la UNLP, se graduó como Docente Universitario Autorizado en la misma universidad y como Especialista en Asesoramiento de la Empresa UNA. Fue Becaria CABBIO (Fiocruz, 1998) y MAE AECI (Madrid, 2003).

Gustavo Vallejo es Doctor en Historia por la UNLP. Fue becario en la misma casa de estudios, la Fundación Antorchas y el CONICET. Se desempeñó en el Departamento de Historia de la Ciencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), de España. Obtuvo diferentes distinciones como el Premio Barba, en 2010, otorgado por la Academia Nacional de Historia.

Fuente: CONICET / Viernes 12 de Julio de 2013


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Crear demanda de conocimiento

Enrique Martínez es, sin dudas, uno de los máximos referentes del país en materia de desarrollo productivo. A lo largo de su extensa carrera ocupó diferentes cargos públicos. En esta entrevista, sostiene que sólo la iniciativa del Estado puede generar herramientas que impulsen la vinculación entre el sistema científico y el ámbito de la producción y propone un nuevo tipo de relación entre la Universidad y los sectores vulnerables.

 por Gabriel Rocca

Fue decano de la Facultad de Ingeniería de la UBA a mediados de los años 70. Con el regreso de la democracia, el gobierno de Alfonsín lo convocó como secretario de Pequeña y Mediana Empresa y para presidir el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI). La década del 90 lo empujó a la militancia opositora: fue fundador del FREPASO, fuerza por la cual fue elegido convencional constituyente de la Ciudad de Buenos Aires y diputado nacional. Ya en el siglo XXI, durante la gestión kirchnerista, volvió a hacerse cargo de las políticas para las PYMES, primero, y luego tuvo una extensa gestión, entre 2002 y fines del 2011, al frente del INTI.

Se retiró de la gestión pública por discrepancias con la ministra de Industria, Débora Giorgi, pero su militancia sigue en el llano. Actualmente, el ingeniero Enrique Martínez está poniendo en marcha el Instituto de Producción Popular que intentará convertirse en el primer organismo de apoyo técnico a los sectores vulnerables desde afuera del Estado.

A lo largo de su extensa carrera y sus múltiples cargos su principal obsesión fue siempre la misma: promover el desarrollo nacional. Meta a la que, para Martínez, sólo será posible llegar a partir de la transferencia del conocimiento elaborado en el sistema científico-tecnológico hacia el ámbito de la producción.

–Quince años atrás, una entrevista con usted hablando sobre desarrollo, sobre vinculación del sistema científico con el sector productivo hubiera sido impensable. ¿Qué cambió para que hoy esta charla sea posible? 

–Veinte años atrás, lo que se esperaba era que los grandes capitales financieros y unos pocos conglomerados productivos ordenaran la vida del conjunto del país. A la tecnología y al conocimiento no se le había asignado lugar alguno. No sólo por la actitud lamentable de un ministro de Economía que ya es conocida y forma parte del folclore, sino porque, conceptualmente, si había que poner conocimiento, lo iban a poner las grandes corporaciones. Hoy, en una lógica distinta, de una propuesta de inclusión que, a mi juicio, no está definida con la precisión debida, está abierta la posibilidad de pensar qué quiere decir inclusión y cómo el conocimiento puede aportar a que la gente viva mejor. Obviamente, apenas uno pone ese título aparecen los organismos de ciencia y técnica, las universidades, como proveedores de ese conocimiento.

–Cambió un modelo y cambiaron las ideas, ¿cuánto de eso se tradujo en líneas de acción concretas?

–Yo no creo que podamos mostrar un volumen de líneas concretas compatible con el relato. Seguimos esperando que las grandes empresas inviertan y no hay un lugar muy claro para que las opciones generadas desde el conocimiento tengan espacio práctico. Si uno observa ámbitos como los de ingeniería, siguen trabajando por demanda, con una ventanilla que en todo caso se amplía, pero no están todavía animándose a configurar soluciones propias para nuevos procesos productivos. En buena medida porque han trabajado toda la vida por demanda y también porque en caso de que elaboren esos proyectos, ni el sistema financiero, ni el Estado, ni los actores políticos a nivel municipal o provincial están preparados para recibirlos.

–Desde el MINCYT hay un discurso muy definido en relación con la necesidad de vincular el ámbito productivo con el sistema científico. ¿Esto ha tenido algún tipo de correlato en los hechos?

–El ministro Barañao ha creado un instrumento que me parece de lo más valioso que es el FONARSEC. La posibilidad de otorgar subsidios, casi sin límite de fondos, para articulaciones público-privadas es una iniciativa que no tiene antecedentes. O sea que no sólo hizo el discurso sino que trató de construir la vinculación práctica. ¿Cuál es la debilidad por el momento? Que en esas articulaciones los privados son los que toman la iniciativa todo el tiempo. El sistema va a la rastra de las iniciativas que toman los empresarios que, además, siguen siendo muy pocos.

–Desde su punto de vista, ¿cuál cree que debería ser el rol del sistema científico, de las universidades, para impulsar un proceso de estas características?

–Yo creo que las universidades y los distintos ámbitos del conocimiento, tienen que entender qué cosas faltan, en términos de oferta productiva, y tratar de darle forma buscando luego los socios para ejecutarlo. Desde el diseño de una moto eléctrica hasta un compresor para heladeras, que hoy en Argentina son todos importados ¿Por qué razón un ámbito de ingeniería de la Universidad de La Plata no se aplica un año a diseñar un compresor? Estoy seguro de que lograrían hacerlo. Esa lógica podría tener resultados. Pero creo que a esa lógica hay que sumarle otra, porque no se puede dejar afuera a no menos del 25 por ciento de la población, que es pobre o excluido absoluto. Se puede cambiar la mirada para mejorar simultáneamente la calidad de vida colectiva y la ocupación de ese sector de la población. Lo cual no quiere decir, como se interpretó alguna vez, trabajar exclusivamente para los pobres, no es lo que quiero decir.

–Desde una mirada clásica, se le podría contestar que la Universidad llega a esos sectores sociales pero desde el área de extensión.

–¡Claro! Es la misma razón por la cual esos sectores son atendidos por el Estado desde el área de asistencia social y no por el Ministerio de Trabajo o el Ministerio de la Producción. La pregunta es: ¿Eso está bien? Yo definitivamente me convencí de que no y me convencí de que uno puede sentarse con expertos de primer nivel y discutir cómo se consigue que los que juntan vidrios en la calle se integren en una cooperativa para transformar ese vidrio en objetos útiles para la construcción, para la vivienda, para infinidad de cosas. La lógica de producción de este proyecto nosotros la estamos encontrando en una facultad de la Universidad de Mar del Plata. El diseño de todo el sistema lo hemos hecho consultando con expertos acerca de cómo se transforma el vidrio en pequeña escala. Vamos a estar construyendo una red de recuperación de vidrio muy similar a la que uno se sorprende cuando visita una ciudad italiana. En definitiva, estamos descubriendo el agujero del mate, sólo por el hecho de poner el conocimiento al servicio de una red distribuida de procesamiento de vidrio. ¿Eso es extensión? Francamente no es extensión porque necesita desarrollo tecnológico de bastante importancia. La persona que ha tomado esto a cargo es una investigadora del CONICET que hace más de 20 años que trabaja en temas de cerámica y vidrio. Me parece que ése es el desafío.

–La federalización del sistema universitario ¿puede facilitar la expansión de una visión como la que usted expresa?

–Depende, porque una de las cosas que no se ha podido corregir es tratar de ser un poco más amplio en la imagen cultural del conocimiento de excelencia. ¿Qué es conocimiento de excelencia hoy en el ámbito universitario? El que se publica en una revista internacional, el que consigue premios, el que puede ir a un congreso y ser descollante entre pares que están en la frontera del conocimiento. Si alguien fuera a explicar en un congreso cómo desarrolló un sistema para manufactura de vidrio en pequeña escala probablemente no le prestarían mayor atención. Y, sin embargo, es un sistema que genera 60 puestos de trabajo por cada tonelada de vidrio. El concepto actual de conocimiento de excelencia está tan instalado que usted pone una universidad en Avellaneda y los egresados piensan en publicar en revistas internacionales. Se necesita que la cultura oficial promueva eso y que no lo premie en términos de extensión por haberle dado una mano a un pobre, que lo premie en términos conceptuales.

–En una entrevista realizada al secretario de Políticas Universitarias, Martín Gill, el funcionario hacía referencia a la necesidad de que las universidades se vinculen con sus entornos y aporten en la solución de problemas locales.

–En la Universidad de Villa María tienen, por ejemplo, una tecnicatura en Desarrollo Local pero no logra despegarse de ese concepto de que se trata de tareas seudoasistenciales. Es una batalla cultural muy importante y tengo temor de que pasen demasiados años. Nosotros hemos identificado unos 20 campos en los que se puede avanzar. Estoy hablando de trabajos que se puedan realizar en red, que abonen a la calidad de vida colectiva, y que necesiten una capacitación en la acción. La participación del científico allí, reside en el diseño del proceso.

–Cuando plantea esta óptica en ámbitos universitarios, ¿cuál es la respuesta que encuentra?

–Lo entienden pero se sienten demasiado lejos. Yo creo que a la gente le cuesta asumir el desafío de construir los puentes. No es para nada sencillo.

–Desde el MINCYT se promueve la incorporación de investigadores en empresas productivas. ¿Puede ser ese otro camino?

–Planteado en esos términos me parece bastante estéril. Implica mostrar la oferta de trabajo y tratar de que se encuentre con la demanda. Me parece que el sistema universitario y el MINCYT tienen la obligación de tener una mejor caracterización de la estructura productiva argentina para ser capaces de proponer iniciativas con algún grado de estructuración que absorban a esos egresados ¿Qué quiero decir? Nosotros tenemos 5 carreras de ingeniería aeronáutica en Argentina y no fabricamos ni un Piper. El grueso de los estudiantes que egresan de esa carrera se van al exterior. Lo han hecho desde hace años. ¿Qué obligación tiene la Argentina? En Córdoba estaba la fábrica nacional de aviones. Durante el menemismo la canibalizaron. Ahora, el gobierno la ha recuperado y aspira a brindar servicio de mantenimiento a Embraer pero no tiene un proyecto de fabricación de bienes ¿Por qué no podemos hacer alas o asientos o lo que fuera para los Embraer? Los chinos hacen alas de aviones para los Boeing. Ahí usted ya construyó un destino para los egresados. Eso es lo que hay que hacer: traccionar desde la demanda. Y sobre todo de una demanda definida por el sector público con un interés nacional.

–¿Cómo ve la posibilidad de que la nacionalización de YPF pueda operar como una herramienta de tracción de la demanda en la línea que usted lo plantea?

–YPF es el primer ejemplo de un intento de construir desde la demanda una perspectiva de trabajo para más físicos, más geólogos, más ingenieros, más químicos. Lo de YPF es un camino. Ojalá sea totalmente exitoso. En el plano de la energía, creo que sería bueno que en YPF se cree un espacio de energías renovables y, sobre todo, de generación en pequeña escala. Ya estamos en tiempo de imitar a los franceses, alemanes o españoles que tienen una promoción muy importante para la generación eólica o solar domiciliaria que se vuelca a la red. En Argentina ya hay fabricantes de generadores eólicos y solares. En nuestro programa de apoyo a los sectores más humildes, la generación distribuida en pequeña escala ocupa una parte importante. Porque los techos de los pobres pueden ser tan útiles para generar energía como los techos de los ricos, logrando, incluso, un ingreso adicional muy relevante. Además, súmele el trabajo que significa tener una densa red de generación en pequeña escala: instalación, mantenimiento, operación. Ahí hay muchos saberes que vale la pena desarrollar.

–¿Qué opinión le merece la creación de Y-TEC, la empresa de tecnología de YPF?

–Me parece muy valioso en tanto se logre algo parecido a lo que se había conseguido en los antiguos laboratorios de YPF que estaban en Florencia Varela. Allí habían conseguido esa simbiosis tan rara en la historia argentina de conocimiento de punta con aplicación práctica a situaciones que YPF tenía que resolver. Yo creo que Gallucio lo pensó de esa manera.

–El desarrollo de la energía nuclear ¿puede ser también un camino tanto a nivel energético como del desarrollo tecnológico?

–Nosotros manejamos tecnología nuclear desde hace dos o tres generaciones y la energía nuclear sigue teniendo presencia en el mundo. Deberíamos mantenerla e incentivarla. Ahora, ni los más fanáticos de la energía nuclear pueden demostrar que las macro centrales siguen siendo tan competitivas como lo eran hace 40 años. Por otro lado, la iniciativa que tomó la CNEA de avanzar con el CAREM es muy interesante. Yo creo que es novedosa en el mundo y va en la dirección que yo impulsaría. Me parece que si logran un reactor que pueda atender las necesidades de un cuarto de provincia con energía nuclear y con tecnología nacional, habrán hecho un avance relevante.

–Al principio, decíamos que veinte años atrás esta charla era impensable. ¿Podemos decir que hoy se ha instalado un consenso en torno al valor del desarrollo o todavía hay sectores que quieren retrotraer la situación?

–Lo contesto con una anécdota. En el año 2005, cuando llevábamos dos años de gestión en el INTI, logramos que la mesa directiva de la UIA nos recibiera para exponer frente a ellos nuestros planes. Llegamos y nos dijeron que tenían una agenda muy ocupada y que teníamos 20 minutos. Expuse en 20 minutos un plan que tenía que explicarse en no menos de una hora, sin cañon y con Cristiano Ratazzi, el presidente de la Fiat, sentado frente a mí, leyendo el diario. Así que nada está ganado. Los grandes capitales de este país no respetan el conocimiento nacional y la hegemonía multinacional en Argentina es tan importante que mientras nosotros no encontremos caminos para que el conocimiento se sume al desempeño de actores auténticamente nacionales no vamos a poder contrarrestar ese ninguneo. El pensamiento reaccionario sigue vigente, y vigente con mucho peso.

Fuente: Noticias Exactas / Miércoles 10 de Julio de 2013


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Medicina traslacional, del laboratorio al paciente

¿Cuál es su impacto en nuestro país? Un análisis del camino recorrido hasta ahora y una mirada hacia el futuro de esta disciplina en Argentina.

Traducir los desarrollos o hallazgos científicos que se hacen en mesadas de laboratorios a productos o metodologías de la práctica médica cotidiana no es una tarea sencilla. Precisamente el término medicina traslacional se refiere al proceso de aplicar la ciencia básica a la resolución de problemas médicos cotidianos.

Rodolfo Rey es investigador principal del CONICET y director del Centro de Investigaciones Endocrinológicas “Dr. César Bergadá” (CEDIE, CONICET-FEI-GCABA), el primer instituto dedicado a la medicina traslacional pediátrica, que desde hace 40 años se dedica a la detección y tratamiento de problemas hormonales en niños.

Para Rey, esta disciplina está adquiriendo cada vez más importancia en nuestro país. “Se ha tomado conciencia de la importancia que puede tener tanto en el ámbito científico como terapéutico y asistencial”, asegura.

–¿Cómo se integran en el CEDIE ciencia básica y medicina aplicada?

–Dentro del instituto tenemos varias líneas de investigación. Para poner un ejemplo de este trabajo en conjunto nosotros realizamos análisis microscópico de tejido de niños recién nacidos para ver si existe en las células un receptor para determinadas hormonas. A partir de una pequeña muestra podemos determinar porqué los niveles altos de esa hormona no tienen efecto cuando el niño tiene un año, pero sí cuando tiene tres o cuatro.

–¿Esto influye en el tratamiento?

–Si, las acciones que el médico entonces emprende con este paciente pueden ser diferentes según si las células expresan ese receptor o no, ya que la misma causa produce dos problemas clínicos distintos según la edad del chico. Cuando la hormona no está haciendo efecto quizás no necesita tratamiento, pero sí cuando comienza a actuar. La medicina traslacional nos permite explicar porqué en un caso un chico de determinada edad se presenta a la consulta con determinados síntomas, y porqué a otra edad lo hace con otros problemas clínicos.

–¿Cuáles son las patologías más comunes en endocrinología pediátrica?

–Hay que distinguir entre las más frecuentes y aquellas por las que más preguntan, que no es lo mismo. Una gran proporción de los chicos que traen a la consulta es porque no crecen bien, pero muchas veces es solamente una percepción de los padres. Por otra parte, los problemas más frecuentes están relacionados con la glándula tiroides, y precisamente el caso de las enfermedades tiroideas congénitas es un ejemplo concreto de cómo la medicina traslacional se tradujo en una metodología práctica. Hoy en día, tras muchos años de estudio, se pueden detectar en forma precoz a través de una gota de sangre y una acción temprana afecta diametralmente la evolución del paciente: a un niño al que se lo empieza a tratar dentro de los 15 días de vida le cambia su futuro en cuanto al desarrollo neurológico.

–¿Cuál es la trayectoria de la medicina traslacional en nuestro país?

–Hay pocas instituciones que hayan hecho tradicionalmente investigación traslacional en medicina en Argentina, porque los grupos estaban un poco separados: por un lado estaban los que hacían investigación básica, y por el otro los que hacían investigación clínica. Muy pocos lugares que tenían las dos cosas. Sin embargo, creo que en los últimos años se le ha dado un impulso muy fuerte y se está avanzando para profundizar estos conocimientos.

–¿En que áreas de la medicina es mayor el impacto del trabajo en medicina traslacional?

–Por tradición las que están más desarrolladas son la endocrinología, cáncer, inmunología, reproducción, neurociencias y sistema nervioso. Pero se están empezando a explorar otras áreas y creo que las expectativas son grandes porque se ha tomado conciencia de la importancia que puede tener tanto en el ámbito científico como terapéutico y asistencial.

–¿Cuál es el panorama de acá a diez años?

–Yo creo que ya se está viendo una interacción importante: desde la ciencia básica se ve la intención de relacionarse con la ciencia clínica. Y desde el lado de aquellos que forman recursos humanos en clínica –médicos, bioquímicos, farmacéuticos– se observa la necesidad de que los profesionales tengan una base metodológica de la investigación así que creo que vamos por el buen camino.

Formación

Rodolfo Rey es investigador principal del CONICET y director del Centro de Investigaciones Endrocrinológicas “Dr. César Bergada” (CEDIE, CONICET-FEI-GCABA).

Obtuvo su título de Médico en la Universidad Nacional de Rosario, y tiene un doctorado en la Universidad de Buenos Aires. Realizó además un máster en Endocrinología e Interacciones Celulares, en la Universidad París XI, Francia y una formación posdoctoral en la Unité de Recherches sur l’Endocrinlogie du Développement (INSERM) de la École Normale Supérieure, París.

Fuente: CONICET / Viernes 5 de Julio de 2013


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Volver para construir

Hernán Grecco es físico de Exactas. Luego de doctorarse en la Facultad viajó a Alemania para trabajar en uno de los institutos de la prestigiosa Sociedad Max Planck. Recién instalado en la Argentina, luego de permanecer seis años en Europa, explica las razones de su vuelta, describe los cambios que encontró y se muestra esperanzado en colaborar con el crecimiento de la ciencia en el país.

por Gabriel Rocca

–¿Cuándo empezaste tu carrera?

–Entré a la Facultad en el segundo cuatrimestre del 96. Estaba bastante indeciso acerca de qué carrera seguir hasta que un profesor del secundario me contactó con un estudiante de Física de la Facultad que me invitó a venir y me llevó a recorrer la Facultad. Vi un lugar donde había proximidad entre profesores y alumnos y gente motivada para mejorar la institución en la que trabajaba. Me enganchó mucho la idea de una comunidad pujante.

–¿En qué año terminaste tu licenciatura?

–Terminé en diciembre de 2001. Era un momento complicado. El país estaba en una situación económica y política muy difícil, sobre todo para empezar un doctorado. Había mucha incertidumbre en relación con el futuro.

–En ese momento, ¿estabas decidido a hacer un doctorado?

–Yo tenía claro que quería hacer una carrera académica. Me planteé la posibilidad de irme afuera. Pero hablando con mucha gente todos coincidían en que si uno hacía el doctorado en un buen laboratorio de acá, en cuanto a formación, iba a estar al mismo nivel que en un laboratorio de afuera. Entonces, opté por quedarme. Yo había hecho la licenciatura con Oscar Martínez y continué el doctorado con él. Quería aprender un poco de biología y él me recomendó que, para eso, era mejor que me fuera unos meses al exterior. Entonces, si bien hice todo mi doctorado acá, dos veranos me fui a trabajar a un Instituto Max Planck en Alemania. Eso fue muy bueno, tanto personal como profesionalmente.

–¿Tenías decidido qué hacer al finalizar tu doctorado?

–Sí, a principios del 2007, me fui de posdoc a Alemania. Después de haber estado en allá casi ocho meses durante mi doctorado, me atraía la idea hacer ciencia afuera y, sobre todo, de insertarme en un grupo interdisciplinario. Yo tenía ganas de aprender más biología y entonces opté por ir a un grupo en el cual hicieran biología y necesitaran físicos. Y eso fue muy bueno porque me obligó a salir de la zona de confort. Por otro lado, el Max Planck es un muy buen lugar para aprender el trabajo interdisciplinario.

–¿Dónde se encontraba el Instituto en el que trabajabas?

–En la ciudad de Dortmund. Es un instituto muy interesante porque hacen química básica orientada al desarrollo de fármacos, biología estructural, bioquímica, y el grupo en el que yo me integré es el de biología celular. Es un grupo que recién se había mudado, es decir, que yo llegué a un grupo nuevo, a un laboratorio nuevo, lo que fue muy interesante. Armar un laboratorio de cero es mucho trabajo pero también es la posibilidad de plasmar las ideas de uno en ello.

–¿Cómo fue la adaptación a nivel humano?

–Dortmund es una zona interesante porque tiene mucha inmigración. Y, culturalmente, si bien es cierto que es una sociedad totalmente distinta, por otro lado, el ambiente académico es especial porque hay una gran cantidad de extranjeros. Entonces, una de las cosas que más disfruté es la posibilidad de encontrarme con gente de culturas totalmente diferentes. Había mucha gente de India, China, Estados Unidos, distintos países de Europa, de África. Trabajar en un ambiente tan internacional abre la cabeza. Es muy valioso.

–¿Qué es lo que más te llamó la atención acerca del trabajo científico en MP?

–Alemania es un país con mucha inversión en I+D tanto a nivel público como privado. Y eso se nota. Se nota en que los estudiantes de licenciatura y doctorado tienen muchas salidas laborales en industrias y empresas tecnológicas pequeñas. También se nota en la disponibilidad de materiales para trabajar. Pero, además de la cantidad de plata, hay una organización que simplifica la vida del investigador. Eso también forma parte de la experiencia de vivir afuera, ver que hay cosas que con la misma cantidad de dinero se podrían hacer distinto y mejor.

–Tu formación en Exactas ¿te permitió insertarte sin problemas en una institución de ese nivel?

–Sí, la formación que uno tiene acá, desde el punto de vista conceptual y teórica, es muy buena. Es cierto que tenemos acceso a menos equipos y, por lo tanto, hay ciertos dispositivos que tenemos que aprender a usar pero nunca tuve problemas para participar en alguna investigación por falta de formación. Y lo más importante es que la Facultad me brindó la posibilidad de aprender a aprender cosas, porque uno siempre se va a meter en temas en los que algo no sabe. Entonces, desarrollar esa capacidad es clave.

–Cuando te fuiste, ¿viajaste con una idea definida acerca de volver?

–Tenía la idea de estar dos o tres años afuera y volver. Pero después me ofrecieron un cargo de líder de proyecto y después de líder de grupo y el tiempo fue pasando y estábamos bien. Está claro que en Alemania se vive muy bien y, por suerte, el grupo humano que yo encontré era excelente. Quedarnos era una posibilidad seria. Por otro lado, a mí me atraía mucho la idea de regresar por el hecho de ayudar a construir cosas. Uno siente que acá puede hacer la diferencia, colaborando con otra gente de la Facultad para promover sus actividades, para ayudar a que el sistema crezca. Eso es muy enriquecedor. Yo viajé con mi mujer y dos hijos. Y lo que nos decidió a volver fue una conjunción de cosas. Por un lado las posibilidades de insertarme acá en un laboratorio, la apertura de cargos en CONICET y UBA y, por otro, en el aspecto personal, mi hijo mayor tenía que empezar la primaria y después iba a ser más difícil retornar.

–¿Cómo fuiste planificando tu regreso?

–Planear una vuelta con familia es complicado. Yo tuve la suerte de volver a Buenos Aires periódicamente entonces estaba al tanto de lo que estaba pasando. Eso me daba un panorama acerca de las posibilidades reales para reinsertarme. Cuando tomé la decisión de volver presenté los papeles para ingresar a carrera en CONICET y me presenté a un cargo de UBA como profesor. Todo eso fue saliendo a lo largo de 2012, y entonces en 2013 volvimos. Había hablado acá en el Departamento, con la gente del IFIBA, y tuve la suerte de poder incorporarme al Laboratorio de Electrónica Cuántica, que cuenta con cierto equipamiento, lo cual me ayudó para arrancar porque empezar implica un gasto muy grande y a veces ese tipo de partidas no están disponibles, lo que hace que los primeros años sean difíciles.

–¿Notaste cambios en la situación del sistema científico en los últimos años?

–Lo que se ve, primero, es que se ha venido aumentando el nivel de inversión y también que hay mucha más gente. Más gente investigando, más alumnos estudiando. Por lo que estuve viendo prácticamente se duplicó el número de alumnos en la carrera de Física, lo cual es impresionante. También se ve el crecimiento de grupos experimentales en el Departamento de Física. Creo que son cosas muy positivas. Institucionalmente tenemos que acompañar todo eso con más subsidios, flexibilizando ciertas normas de presentación para que la gente que entra no pierda demasiado tiempo de instalación.

Algo que se está haciendo en el Departamento y me parece muy bueno es el Programa de Profesores Visitantes. Creo que es excelente, no solamente por la posibilidad de que los alumnos tomen esos cursos, sino por la interacción con otros investigadores de primer nivel. Me parece fundamental que la gente se vaya relacionando, conectándose, estableciendo redes. Esa es la palabra clave.

–Hace poco que te instalaste pero, al menos por ahora, ¿estás contento con tu regreso?

–Sí, uno siempre vuelve con esperanza y, hasta ahora, no estoy para nada defraudado. Yo tengo claro que hay ciertas cosas que acá son más complicadas pero, por otro lado, veo el potencial que tienen de los alumnos, el interés que demuestran, son cosas que dan mucho ánimo para seguir trabajando. Y eso, sumado a gente muy buena que está volviendo, que se está instalando en la Facultad, con la cual está la idea de interactuar, de hacer trabajos interdisciplinarios, es muy valioso. Eso es lo que me trajo de vuelta.

Fuente: Noticias Exactas / Jueves 27 de Junio de 2013


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“A algunos biólogos les resulta perturbador que la mayor parte de nuestro genoma no sea funcional”

Estudios recientes sobre el llamado ‘ADN basura’ abren el debate en el mundo académico. ¿Qué porcentaje de nuestro genoma es realmente funcional?

Es un hecho poco conocido que casi el 50 por ciento del genoma de los humanos está formado por secuencias repetitivas de ADN que se incorporaron y autoduplicaron en nuestro ancestros a lo largo de cientos de millones de años. En 1972 dos investigadores, David Comings y Susumu Ohno plantearon, independientemente, la hipótesis de que más del 90% de los genomas animales no codifica proteínas ni ARN y le asignaron el nombre de ‘junk DNA’ (ADN basura) por considerar que no cumpliría ninguna función esencial.

Sin embargo, estudios recientes realizados por el consorcio de investigación internacional ENCODE (Enciclopedia de los Elementos de ADN) estimaron que el porcentaje del genoma humano que desempeña alguna función bioquímica sería del 80 por ciento, lo que resignifica la importancia de esas secuencias repetitivas.

Estos trabajos, que tenían el objetivo de determinar todos los elementos funcionales del genoma humano, fueron publicados a fines de 2012 en revistas de alto impacto y movilizaron a la comunidad científica. La pregunta que sobrevolaba era “¿Cuánto conocemos entonces sobre las funciones del ADN?” o “Entonces, ¿no era todo ADN basura?”.

Los investigadores de CONICET Marcelo Rubinstein y Flavio Silva Junqueira de Souza advierten sobre estos resultados de ENCODE en un review que fue tapa de la edición del mes de junio de la revista Molecular Biology and Evolution. “Hay gente que atribuye funciones a elementos repetitivos basándose en experimentos que no llegan a demostrar función real sino simples interacciones bioquímicas”, explica Rubinstein.

–¿Cuál es la controversia en torno a este tema?

MR: Nuestro grupo trabaja hace algunos años en el estudio de elementos repetitivos de ADN que aparecieron a lo largo de la evolución de mamíferos y que se transformaron en enhancers transcripcionales, es decir regiones cortas de ADN que aumentan la expresión de determinados genes. Y para poder decir que esos elementos son realmente funcionales hicimos experimentos que demuestran su actividad en modelos in vivo.

FS: En este review enfatizamos en la importancia de hacer experimentos funcionales más definitivos para determinar si efectivamente una región de ADN tiene una función real sobre un gen o no. Esto es importante porque últimamente aparecieron un gran número de publicaciones donde se asegura que casi todo el genoma es funcional, incluso el 50 por ciento que está constituido por secuencias repetitivas, considerado hasta ahora como ‘ADN basura’. Y en realidad creemos que no es así: es esperable que gran parte del genoma no sea funcional por varias razones de biología evolutiva.

 –¿Creen que existe una necesidad de demostrar que todo el ADN tiene una función para cumplir?

FS: A algunos biólogos les resulta perturbador que la mayor parte de nuestro genoma no sea funcional” porque tienen la idea de que somos como máquinas perfectas y que si ese ADN existe es porque aporta alguna función clave. Pero en realidad se ve que en el genoma hay mucha actividad bioquímica no productiva y sin función específica.

MR: Igual hay que tener cuidado con el término ‘ADN basura’. Muchos creen que es un término peyorativo, cuando para quienes investigan en genética y evolución molecular simplemente indica que es material genético que ahora no tiene una función específica o que perdió la que tenía ancestralmente. El ADN basura puede ser reciclado y adquirir, luego de incorporar mutaciones más recientes, funciones nuevas en el genoma. Por ejemplo, nosotros identificamos secuencias antiguas que adquirieron funciones nuevas imprescindibles para el funcionamiento de los genes que controlan. Se podría utilizar como ejemplo una botella cuya función inicial fue contener una bebida alcohólica. Luego de acabarse la botella quedó por años en un depósito hasta que fue rescatada por un artista que la convirtió en la base de un velador que ahora depende de ese soporte para mantenerse sobre la mesa. Los genomas emplean mucho este mecanismo: usan y reutilizan secuencias para funciones nuevas. Este fenómeno que se conoce como cooptación o exaptación llama cada vez más la atención de la comunidad científica.

–¿Qué rol tiene la exaptación en la evolución de las especies?

FS: Aún no está bien establecido, aunque sí se sabe que ocurre con mucha frecuencia. Cuando miramos nuestro genoma vemos que se acumularon secuencias repetitivas y mutaciones a lo largo del tiempo evolutivo, como si no tuvieran ninguna función. Lo que creemos es que permite el nacimiento de reguladores transcripcionales nuevos y así modificar la forma en que los genes funcionan.

MR: Son como reliquias fósiles que se insertaron en nuestro genoma y el de nuestros antepasados a lo largo de hace millones de años y luego aumentaron su número mediante un mecanismo similar al copiado o corte y pegado.

–¿Hay casos documentados de secuencias repetitivas que sí tengan una función regulatoria sobre otros genes?

MR: Hasta ahora se documentaron al menos diez secuencias de exaptación que actúan como enhancers. De esas diez, nuestro grupo descubrió dos. Pensamos que estos pocos casos sólo representan la punta del iceberg y que se van a descubrir miles de estos eventos en los próximos años.

FS: Sin embargo, lo que nos parece más importante es que hay que ser cautos antes de decir que una secuencia tiene función: hay que realizar experimentos en profundidad y separar la paja del trigo, es decir identificar y caracterizar la función real de una secuencia de ADN y no quedarse sólo con que se observa una actividad bioquímica.

Formación

Marcelo Rubinstein es investigador principal del CONICET en el Instituto de Investigaciones en Ingeniería Genética y Biología Molecular (INGEBI, CONICET-UBA). Es además profesor adjunto en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, donde recibió su título de grado en Ciencias Químicas y obtuvo su doctorado en la misma disciplina. Realizó además un postdoctorado en el Vollum Institute, Oregon Health Sciences University, Porland, Oregon, Estados Unidos.

Flavio Silva Junqueira de Souza es investigador adjunto del CONICET en el INGEBI y profesor adjunto en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Se recibió de Biólogo en la Universidad de Brasilia, Brasil, y obtuvo un Master en Ciencias en la Universidad de Sao Paulo. Realizó su doctorado en Biología en la Universidad de Heidelberg, Alemania y un postdoctorado en el INGEBI.

Fuente: CONICET / Viernes 28 de Junio de 2013