noticiastectv

El día a día de la Ciencia


Deja un comentario

Modelo satelital predeciría aludes en áreas remotas

Los datos satelitales no solo podrían identificar puntos de deslizamientos de tierra, sino que también podrían desempeñar un papel importante en la predicción de estos eventos potencialmente devastadores, en particular en regiones montañosas remotas, sugiere un estudio.

Investigadores de la Universidad de California en Irvine, Estados Unidos, han desarrollado un modelo usando datos satelitales de precipitaciones, características topográficas de pendientes y cobertura terrestre. Tras probar el modelo sobre un conjunto de datos de deslizamientos anteriores, señalan que predice estos eventos  históricos de un modo confiable y podría ser la base de un sistema de predicción de deslizamientos de tierra a nivel global y en tiempo real.

“Los deslizamientos ocurren típicamente en regiones montañosas donde otras fuentes de información, incluyendo el radar y calibraciones pluviométricas [usadas en modelos estándar de deslizamientos mundiales] no están disponibles”, dice a SciDev.Net Amir AghaKouchak, coautor y profesor asistente del Centro para la Hidrometeorología y la Teledetección, en Irvine.

“Además, en muchos países en desarrollo las observaciones terrestres también es limitado debido a la falta de inversión”.

“Nuestro modelo ha sido desarrollado con datos satelitales de modo que pueda ser usado (globalmente) en regiones remotas y topográficamente complejas. La mayoría de los estudios de deslizamientos anteriores han sido a escala local o regional”, añade AghaKouchak.

Según los investigadores, el modelo “no puede ser considerado como un modelo de deslizamiento de tierra general”, pues no toma en cuenta los deslizamientos producidos por terremotos, y no está diseñado para deslizamientos de pequeña escala (eventos locales no registrados en el inventario de deslizamientos mundial de la NASA, que es la fuente usada para calibrar el modelo).

Pero puede “combinarse con un modelo físico local para mejorar la predicción del monitoreo de deslizamientos”, usando primero el modelo satelital para identificar los puntos críticos de deslizamiento y aplicando luego un modelo físico de falla en la pendiente a esos puntos críticos.

“Se están haciendo esfuerzos para seguir desarrollando el proyecto de modo de obtener un modelo de predicción de deslizamientos de tierra en tiempo real”, dice AghaKouchak. “Pero nuestra investigación dependerá en gran medida de las subvenciones y apoyo que recibamos”.

Bjørn Nilsen, profesor del Departamento de Geología e Ingeniería de Recursos Minerales, de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología, dice: “Este enfoque propuesto para predecir el riesgo de deslizamiento de tierra es sin duda interesante”.

“Para vigilar zonas más grandes y remotas podría ser incluso más valioso. Pero la densa vegetación puede representar, en muchas áreas, una limitación y agregar incertidumbre al método. Para seguir investigando el potencial y la confiabilidad de la metodología propuesta se recomiendan visitas y estudios”.

Oliver Krol, científico del Instituto Fraunhofer de Óptica Electrónica, Tecnologías de Sistemas y Explotación en Imágenes en Alemania, dice: “Este es un proyecto muy ambicioso para desarrollarlo a nivel global”.

Y añade que sería preferible un enfoque en modelos regionales pues las condiciones locales podrían ser cubiertas mucho mejor por cada país.

La investigación fue publicada en Natural Hazards and Earth System Sciences.

Fuente: SciDevNet / Miércoles 10 de Julio de 2013

Anuncios


Deja un comentario

Corriente de Malvinas: jets veloces y nutritivos

Investigadores del CONICET estudian bandas marinas de corrientes intensas que favorecen el crecimiento del fitoplancton y benefician las condiciones de vida de las especies.

La Corriente de Malvinas (CM) es una corriente de agua que recorre el talud continental patagónico a lo largo de unos 1800 kilómetros, desde el pasaje de Drake –que separa América del Sur de la Antártida–, hasta aproximadamente la latitud de Mar del Plata. Es una inyección permanente de frías aguas subpolares que se organiza en lo que se conoce como jets, estructuras que se mueven a mayor velocidad que las aguas circundantes.

“Los jets son aguas frías y ricas en nutrientes que están disueltos en el agua y son necesarios para el crecimiento del fitoplancton, la base de la cadena alimentaria marina”, explica Alberto Piola, investigador principal del CONICET en el Servicio de Hidrografía Naval.

El talud continental es la zona submarina con profundidades que van desde los 200 y hasta los cuatro mil metros. La investigación de Piola y colaboradores, publicada en la revista científica Journal of Geophysical Research en mayo de este año, sugiere que el flujo persistente de las aguas frías a lo largo del talud y sus diferencias de altura promueve la surgencia, es decir el afloramiento a la superficie de aguas profundas ricas en nutrientes.

Así, según el investigador, con la llegada de aguas frías a las latitudes subtropicales la Corriente genera condiciones ambientales y oceanográficas únicas en el Hemisferio Sur: se combinan la alta disponibilidad de nutrientes, que caracteriza las regiones subpolares, con la alta disponibilidad de luz, típica en regiones subtropicales.

Esta nueva investigación arroja luz sobre la conformación de la CM, donde se describe por primera vez que está formada por dos núcleos principales o jets. “Las velocidades en el agua no son impresionantes, pero lo que se conoce en términos oceánicos como el transporte de la corriente alcanza los 50 millones de metros cúbicos por segundo mientras que, comparativamente, las aguas del río Amazonas llegan a unos 100 mil”, comenta Piola.

A medida que la corriente se acerca al fondo del mar va disminuyendo su velocidad y la aumenta cuando su recorrido es próximo a la superficie. El núcleo principal dentro de la Corriente de Malvinas está localizado sobre una porción relativamente plana del lecho marino conocido como Terraza Perito Moreno, a la altura de las provincias de Santa Cruz y Chubut. En esta zona el lecho marino está entre 1100 y 1500 metros de profundidad y la corriente registra temperaturas que oscilan entre los 4° y 5° centígrados.

Los datos empleados en el estudio fueron obtenidos en diversas campañas de investigación a bordo del Buque Oceanográfico Puerto Deseado, y a partir de diversos instrumentos como boyas derivantes, que son plataformas autónomas que permiten hacer una descripción estadística de la circulación superficial de las corrientes y tomar muestras de temperatura y datos satelitales.

A partir de estas observaciones, junto con evidencia sísmica y geológica reciente, se pudo deducir que las variaciones en la Corriente de Malvinas jugaron un rol esencial en la configuración de los sedimentos del lecho en el talud oeste de la cuenca Argentina.

Fuente: CONICET / Lunes 24 de Junio de 2013


Deja un comentario

Las consecuencias del desmonte

Investigadores advierten que, a causa del impacto de la expansión agrícola, en sólo tres décadas, el ascenso de las napas en el este de Salta podría causar anegamientos, salinizar los suelos y volverlos improductivos. El problema ya se instaló en San Luis y afecta a otros países, como Australia y Estados Unidos. El equipo de científicos busca alternativas para el manejo del suelo que, sin frenar las tendencias productivas actuales, neutralicen los efectos de la salinización.

por Rodolfo Zibell

Los cambios generados en el uso del suelo por la expansión de la frontera agrícola aceleran procesos que en la naturaleza demoraron miles de años en manifestarse, y que amenazan seriamente su productividad. Dos estudios de la Facultad de Agronomía advierten sobre las consecuencias del desmonte en Cuyo y en el NOA, vinculadas con el ascenso de las napas freáticas y la salinización de los suelos. En Australia, se perdió el 10% del área agrícola por este fenómeno, que en sólo 30 años podría llevar a que parte del noroeste argentino, donde hoy se producen alimentos, se inunde con agua salada.

Los estudios, que incluyen a la Universidad Nacional de San Luis, se concentran en planicies semiáridas de las regiones Espinal y Chaco, en las provincias de San Luis, donde apareció un nuevo río de la noche a la mañana, con cauces de 10 metros de ancho y 5 de profundidad, y del este de Salta, donde el desmonte y la siembra de cultivos (principalmente la de soja) crecieron de manera exponencial en los últimos años.

El reemplazo de la vegetación semiárida por agricultura de secano genera mayor humedad en el suelo, lavado de sales de los perfiles y un posible ascenso de los niveles freáticos”, señaló a Argentina Investiga la especialista Celina Santoni.

Según Jobbágy, otro de los investigadores, el Nuevo Río (como se lo denominó en la provincia cuyana) es una señal temprana de los grandes cambios provocados en el uso de la tierra: “Los sedimentos pasaron allí 9 mil años sin sufrir incisiones ni procesos parecidos. Pero, desde los setenta, los niveles freáticos subieron hasta 10 metros y, literalmente, de la noche a la mañana, el ascenso de las napas generó una ruptura por donde corre el agua en forma permanente, aun en la estación seca”. ¿Qué cambió en estos años para generar tal impacto? “Lo que resulta único del presente es el disturbio agrícola: 90% de la cuenca está desmontada”, aseguró el investigador.

Los bosques secos, en estas condiciones de clima, suelen alojar naturalmente una enorme cantidad de sales en el suelo a más de dos metros de profundidad. Esto es el resultado del consumo exhaustivo de agua que hace la vegetación natural y que lleva a que se acumulen sales en profundidad por siglos o milenios y que las napas freáticas se mantengan profundas. “La agricultura cambia esta condición, porque genera fugas de agua en profundidad. Con el tiempo, esto lava las sales, las transporta a la napa, eleva su nivel y, en muchos casos, causa salinidad en superficie cuando las napas entran en contacto con la atmósfera”, explicó Jobbágy.

En Australia existe un antecedente, denominado dryland salinity, que provocó el ascenso de los niveles freáticos, con aguas totalmente salinizadas, producto del lavado de las sales acumuladas naturalmente en los suelos en profundidad. El resultado final son grandes hectáreas de suelos inundados con aguas salinas o suelos totalmente salinizados e improductivos. Esto ocurrió después de más de 100 años de uso agrícola de las tierras, que originalmente tenían bosques de eucaliptos.

Asociamos esa situación con lo ocurrido en San Luis, en la cuenca del Nuevo Río (una de las más antiguas deforestadas en el país, con 70 años de historia agrícola), donde se perdieron muchas hectáreas de tierras y la salinización de napas superficiales es un problema incipiente”, apuntó Celina Santoni. Sin embargo, el ascenso de niveles freáticos no causó anegamientos y salinización como en Australia, sino la ruptura del terreno por un proceso particular: “Se trata de una cuenca con pendientes más altas que las típicas de nuestras llanuras y con sedimentos eólicos muy nuevos y, creemos, susceptibles a la ruptura por napas que fluyen a mayor velocidad”, dijo Jobbágy.

En el NOA, las investigaciones arrojaron coincidencias con San Luis, Australia y otras planicies semiáridas de Estados Unidos, según Laura Amdan, quien estudió las consecuencias del desmonte sobre la recarga de agua subterránea y la salinización de suelos en Salta. Su trabajo se presentó junto a otras tesis coordinadas de la licenciatura en Ciencias Ambientales de la Facultad de Agronomía ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación, para evaluar el impacto ambiental acumulativo del desmonte en cuatro departamentos del este salteño (San Martín, Orán, Rivadavia y Santa Victoria), que en las últimas tres décadas tuvieron el mayor crecimiento agrícola del país, en detrimento de los bosques.

El desmonte cambió radicalmente el sistema radicular”, dijo Amdan, y explicó que las raíces de la soja (el cultivo extensivo más difundido en el este de Salta) no logran absorber la lluvia como lo hacían los árboles. Esto hace que el agua atraviese todo el perfil del suelo y transporte las sales acumuladas por milenios hasta las napas. Si el monocultivo de soja persiste, con el tiempo las napas comienzan a ascender con las sales, hasta llegar a la superficie. Y esto podría suceder, según las conclusiones de Amdan, en un período de entre 30 y 100 años, según la edad del desmonte, la cobertura y el manejo agronómico. En el caso de las pasturas, que se siembran como alimento para el ganado, el proceso podría demorar hasta 250 años.

El problema está identificado; tenemos evidencias in situ y experiencia de otras regiones similares sobre cómo es la dinámica del proceso y sus posibles consecuencias. La señal en Salta es fuerte y las consecuencias son severas. No podemos sentarnos a esperar de brazos cruzados para ver cómo el sistema resuelve naturalmente el cambio”, advirtió. “Entendemos que el modelo productivo presiona para obtener una rentabilidad máxima inmediata, pero el costo a largo plazo puede ser tan alto que no haya retorno posible y la pérdida de productividad, así como la capacidad de producir alimentos, sean netas”, concluyó Amdan.

Por esta razón, los investigadores se concentran en remediar o frenar el proceso y proponer sistemas alternativos de manejo del suelo que, sin limitar las producciones agrícolas típicas de ambientes semiáridos y las tendencias productivas actuales, retrasen o anulen el efecto de recarga subterránea y la salinización del agua y los suelos, antes de que sea demasiado tarde.

Los trabajos fueron financiados por el Instituto Interamericano Para la Investigación del Cambio Global (IAI), el Fondo para la Investigación Científica y Tecnológica (FONCyT) y el Conicet, e involucraron la participación de José Paruelo, Gervasio Piñeiro, Victoria Marchesini, Laura Amdan y otros investigadores de las cátedras de Ecología y Métodos Cuantitativos de la Facultad de Agronomía.

Fuente: Argentina investiga / Lunes 27 de Mayo de 2013


Deja un comentario

Un científico bipolar

Así se llama en la jerga científica a quienes han trabajado en los dos polos: la Antártida y el Ártico. Tal es el caso del doctor en Geología Juan Manuel Lirio, con 30 expediciones en carpa en latitudes australes y una campaña en territorio cercano al Polo Norte. En esta región boreal, es una de las últimas personas que vivió en la isla que hoy es una reserva de osos polares y no puede ser pisada por humanos.

por Cecilia Draghi

Es un investigador bipolar”, así lo presentaron a Juan Manuel Lirio en una reunión de amigos. Ante la cara de sorpresa de su interlocutor, enseguida explicaron que no sufría ningún trastorno psiquiátrico, sino que de ese modo llaman en la jerga científica a quienes han trabajado en tierras cercanas al Polo Norte y Polo Sur. Y él lo ha hecho, desde 1985 hasta hoy. Lleva treinta campañas en la Antártida, cinco de ellas en invierno, y casi todas en carpa, donde ha soportado temperaturas inferiores a 30 grados bajo cero. “Cuando hacía 12 grados bajo cero, el día era agradable y te permitía salir a hacer trabajo de campo”, dice.

En el otro extremo del planeta, el Ártico, el frío no resultó feroz porque fue en verano, pero pasó casi un mes en un refugio anti-osos de la Isla Kongsoya (Noruega) donde debió ir armado para asegurarse la vida. “Es como si fuera un zoológico al revés. Uno está enjaulado y los animales andan sueltos”, compara. Él fue uno de los últimos humanos en habitar ese suelo, porque luego ese territorio insular se destinó como reserva exclusiva del oso polar.

En su Mendoza natal, Lirio jamás imaginó los caminos que le depararía su pasión por las rocas. Él es el mismo a quien su madre describía de chico como “muy casero y poco salidor”. Su viaje para estudiar geología en la Universidad de Buenos Aires y luego su ingreso al Instituto Antártico Argentino, le abrieron un mundo nuevo, donde los desafíos geológicos pasaron a ser su obsesión. “Al principio, estudié el ambiente cretácico, es decir, rocas de más de 65 millones de años. Luego trabajé con geólogos suecos en el período cuaternario, con rocas más jóvenes, de dos millones de años hasta el presente. En especial, investigo los últimos 20 mil años, que quizás ahora llaman más la atención porque se busca comprender mejor el cambio climático global”, precisa.

Si el desafío geológico vale la pena, no importa dónde queda el terreno a explorar, allí él va. Así, fue a un refugio ubicado en el Ártico Noruego, llamado Svalbard. Casi a 80 grados de latitud norte, y a unos mil kilómetros del Polo Norte, el verano boreal de 1993 vio flamear dos banderas: una de la Argentina, por Lirio; y otra de Islandia, de donde era su colega y compañero de campaña, Ólafur Ingólfsson. Lo curioso es que ambos iban como integrantes de una expedición sueca. Ellos se sumaban a un proyecto de descripción de la geología glaciar del Ártico, que ya estaba en desarrollo. “Un helicóptero nos dejó en la Isla Kongsoya, donde nacen el 80 por ciento de los osos de Svalbard. Durante 20 días fuimos los únicos habitantes de la isla, junto con los osos polares”, relata. “El refugio tenía ventanas chicas por los cuatro lados, a modo de atalaya, y estaba rodeado por un cerco en el que explota una bengala cuando un oso tropieza con él, con el propósito de ahuyentarlo”, detalla.

Parecido y opuesto

Como científico bipolar, Lirio compara: “En la Antártida, uno no sufre el estrés de que un animal lo ataque. Además, la fauna no te tiene miedo porque nunca fue cazada. En cambio, en el Ártico, los alces, renos y zorros son muy asustadizos. Y uno no sólo se debe cuidar, en tierra, del oso polar, sino también, en el agua, de la morsa que puede hundir el bote de goma. Lo que sí encontré en ambos lugares es el gaviotín del Ártico, porque migra”. Hallar este viejo conocido en un lugar tan distante de casa siempre causa alegría. Esta ave es más pequeña que una gaviota. A pesar de su frágil aspecto, resulta una viajera incansable y realiza una de las rutas migratorias más largas conocidas, unos 38 mil kilómetros.

Este gaviotín siempre sigue al verano: va del Ártico a Tierra del Fuego, de ahí a la Antártida y luego vuelve al hemisferio norte. Allí se reencontró con Lirio, quien también había hecho un extenso periplo aéreo de la Argentina a Suecia, y tras hacer un curso de supervivencia, siguió viaje en otro avión hasta Longyerbyen, la ciudad más importante del archipiélago Svalbard, ubicado en el Mar Glacial Ártico. “Longyerbyen es un antiguo pueblo minero. Hoy, en una de las minas se almacenan las semillas de todo el mundo como banco genético”, señala. Esta especie de Arca de Noé vegetal, conocida como “Bóveda del fin del mundo” busca salvaguardar de cualquier catástrofe, la biodiversidad de las especies de cultivo que sirven como alimento.

En varios sentidos, Longyerbyen se encuentra en las antípodas de la Antártida. “A pesar de que se halla a la misma latitud que la base General Belgrano, allí hay flores y variada fauna, en cambio el sur es un desierto blanco. En Marambio, se llega a ver que el sol se oculta; eso, en el norte, nunca ocurre.  Se llama “sol de medianoche”, porque no hay noche en verano”, compara. Si la Antártida es un territorio de paz, Longyerbyen “sufrió la Segunda Guerra Mundial y la posterior Guerra Fría”, porque esta zona está en el medio de la ex Unión Soviética y Estados Unidos.

Mientras la Antártida está poblada sólo por bases científicas, en el Ártico se puede encontrar un restaurante considerado uno de los mejores de Noruega, una iglesia ortodoxa rusa a cargo de un ermitaño o un negocio tipo freeshop con bandejas de carne de oso, de foca o ventas de pieles, según enumera. “En la Antártida no se ven redes de pesca ni troncos de árboles, que allí provienen de Siberia cuando hay inundación. Esto contrastaba –observa– con mi experiencia anterior”.

Longyerbyen fue su primer destino ártico. Tras unos días de aclimatamiento, Lirio e Ingólfsson navegaron el archipiélago junto con estudiantes de la Universidad de Tromso, de Noruega, porque todos participaban de la elaboración del mapa geológico de la zona. “Como mi destino final, la Isla Kongsoya, estaba muy lejos para ir en barco, nos llevaron en helicóptero”, puntualiza.

Un refugio peligroso

De los cientos de mamíferos de la isla, sólo dos eran humanos. Lirio desembarcó por primera vez, e Ingólfsson ya había ido en diversas ocasiones. Justamente por su buena conducta al no haber tenido nunca un altercado con osos, le dieron el pasaporte para ir a ese terreno donde es indispensable llevar un rifle en la mano, y una pistola que lanza bengala en el bolsillo. La consigna siempre es ahuyentar a estos gigantes y esquivarlos, nunca herirlos, a menos que sea en defensa propia.

Con todas las precauciones posibles, y luego de haber escuchado los innumerables relatos sobre ataques de osos que cobraron la vida de otros visitantes, Lirio e Ingólfsson, eran los nuevos huéspedes del refugio científico, con una agenda cargada de actividades.

Los días de buen tiempo, partían a la mañana hacia el campo a explorar. “Caminábamos unos 10 kilómetros diarios –describe–, íbamos cargados con las armas, comida y herramientas. Parte del trayecto, lo hacíamos por la costa con mucho cuidado, porque había témpanos donde los osos podían estar escondidos y uno no los veía porque estaban mimetizados con el hielo  En ese tipo de ambiente, tu vida depende del grupo. Es un trabajo de cooperación. Mientras uno hace las excavaciones de campo; el otro custodiaba con el rifle, es decir, tiene tu vida en sus manos”.

Casi el 90 por ciento del trabajo era cavar. Finalizada su jornada de ocho horas, ambos geólogos volvían cargados con muestras. “Una vez que llegabas al refugio, cerrabas la puerta con un tronco grande que hacía de traba contra la pared. Y dormías tranquilo”, recuerda. Aunque, en una oportunidad, lo despertó sobresaltado una explosión. “Me levanto y veo a una osa con su osezno, que había pasado el cerco y activado la alarma. ¡Pobrecita, el susto que se pegó!”, se lamenta.

¿Cómo fue la convivencia? “No tuvimos ningún problema. Ya habíamos trabajado juntos en la Antártida”, contesta. Si bien entre ellos hablaban en inglés, un gesto del escritor Jorge Luis Borges tuvo su eco años después en ese sitio recóndito. “Borges, en su momento, quiso aprender islandés para leer las sagas en idioma original. Esto, en Islandia lo tienen muy presente, y por eso a Ólafur le gustaba saber cómo era el castellano”, menciona.

Nunca salían cuando había niebla porque “el oso no te ve, pero huele muy bien y podés ser su presa”, advierte. En esos días, se quedaban en el refugio, que tenía una pequeña biblioteca con historias de exploradores polares. Allí cobran otra dimensión los relatos de Roald Amundsen, quien dirigió la primera expedición en pisar el Polo Sur, o de Robert Falcon Scott, el segundo en hacerlo, y morir junto con su equipo en la Antártida. “En el Ártico hay un monumento a Amundsen, en el lugar donde se lo vio por última vez, antes de que saliera a rescatar a una expedición italiana. Parte de la historia antártica está en el Ártico”, destaca.

Este refugio peligroso encerraba el temor hasta en los juegos. Un tablero de ajedrez de madera y piezas con forma de osos habían sido tallados por un biólogo, quien había ocupado antes la base para estudiar el comportamiento de estos animales. “La última partida, que se jugó en ese refugio, la ganó un argentino”, ríe.

Invierno en moto

El estado de alerta al que se acostumbró en el Ártico, lo siguió por un tiempo en la siguiente campaña en la Antártida. En este continente blanco, ya lleva 30 expediciones. Cinco de ellas fueron en invierno, siempre en carpa y en moto por la estepa helada. Hacia el mes de agosto, un  grupo de 4 ó 5 personas eran transportadas en un Twin-Otter, un avión con dos hélices que tiene patines para aterrizar en el hielo, y eran dejadas en la base Matienzo. “Allí, acomodábamos la carga en unos trineos y seguíamos con motos de nieve unos 100 ó 200 kilómetros, a los lugares de interés, donde acampábamos y sabíamos que estaríamos aislado por 45 días. Tenías que confiar en tu gente”, valora.

Con temperaturas de 30 grados bajo cero, en que “abrís una cerveza y se congela la espuma alrededor de la tapita”, había que aprovechar las 4 ó 6 horas de luz por día para hacer el trabajo de campo. “Íbamos con glaciólogos que estudiaban la barrera de Larsen, que luego colapsó por el cambio climático. Era una barrera de hielo de 200 metros de espesor que se fracturó toda como un espejo roto, y se desprendieron un montón de témpanos”, señala, sin ocultar su estupor. Es que él estuvo por primera vez allí en 1990, precisamente iban en invierno porque los puentes de nieve eran más sólidos y seguros, pero en diez años se despedazaron. “Ahora conviene ir en barco”, advierte.

Hoy se emociona cuando recuerda las andanzas en moto. “Llevábamos la bandera argentina atrás, flameando. Nosotros hacemos soberanía a través de la ciencia. Tenemos que demostrar a la comunidad que somos buenos custodios, buenos administradores de la Antártida. ¿Cómo? Haciendo ciencia y cuidando el medio ambiente”, enfatiza.

Viento catabático

En la soledad antártica, el viento es ese compañero molesto que se extraña cuando falta. “Al sopapeo del viento en la carpa te llegás a acostumbrar, y hasta lo necesitás. Si la tormenta es fuerte, te quedás en un pequeño huequito dentro de la carpa, en tu bolsa de dormir, y esperás que pase”, aconseja, y más adelante agrega: “El frío te duele. No se puede ni hablar, te da un temblor desde la punta del pelo hasta el pie. Para mí, el infierno –si existe–, es frío. Y en esos momentos pensás: ¿Quién me mandó acá?”.

Si de vientos se trata, el catabático, en la Antártida Oriental, es el más temido. Allí también estuvo Lirio cuando fue parte de una expedición australiana, cuyas bases están situadas en latitudes más extremas. En ese sector está la calota de hielo. “Desde hace unos 3 millones de años, la gran masa de hielo está apoyada sobre rocas muy viejas que conforman el escudo continental. Ahí es necesario escalar, porque el hielo tiene tres kilómetros de espesor. El viento persistente que baja de allí, muy frío y veloz, se llama catabático”.

Para dar una idea aproximada, invita a imaginar lo que sucede cuando se abre el freezer en la cocina de una casa. “El aire frío es pesado y va para abajo, como cascada. Lo mismo ocurre en ese lugar. Lo único que la caída no es de dos metros, como en una heladera, sino de 3000 metros, entonces las ráfagas heladas pueden tener hasta 200 kilómetros de velocidad. Cuando baja y se encauza por los valles glaciarios, no se ve nada. Todo es blanco. Hay que buscar un lugar tranquilo, y quedarse”, grafica.

Las casi tres décadas que pasó en climas hostiles y en ambientes con peligros al acecho, le han dejado la lección de la humildad, y saber que siempre se aprende algo, a pesar de la enorme experiencia acumulada. “La naturaleza te sorprende y no te perdona cuando uno se abusa. A la fatalidad le basta con tener una oportunidad. El tema es no fiarse. Varias veces la Antártida te dice: ‘Acá mando yo’. Es como con el oso, cuando uno se  equivoca, viene el zarpazo; y uno sabe que siempre gana el animal”.

La vida de uno no siempre depende de uno; en algunos casos, de la naturaleza; y muchas veces, de los otros. “Son lugares extremos y uno pone su vida en manos del piloto que te traslada en helicóptero, o del capitán del barco, y uno confía en que esa gente hará bien su trabajo. Lo mismo ocurre cuando uno está colgado de una cuerda, y confía en quien la sostiene”, apunta.

Más que bipolar

El barco que lo traía de la expedición australiana, antes de dejarlo en Australia, recorrió diversas bases antárticas recogiendo a otros investigadores. En esa travesía fueron a la estación francesa Dumont d’Urville, situada en Tierra Adelia, en el archipiélago de Punta Geología. “No pudimos descender porque hubo un desprendimiento de un glaciar cercano y un témpano que se rompió generó una ola que dañó parte de las instalaciones. Nos pidieron que no bajáramos porque no estaban en condiciones de recibir visitas. Sólo nos llevamos a quienes íbamos a buscar”, precisa.

Esta base está muy cerca del Polo Magnético Sur. “Por ahí salen en forma vertical las líneas de flujo magnético. En este lugar, no sirve guiarse por la brújula, porque allí no apunta al norte, sino que se pone vertical y apunta hacia arriba”,  advierte, y en tono de broma sostiene: “Así que soy bipolar porque también estuve cerca del Polo Magnético Sur. En la Argentina, hay pocos investigadores que hayan trabajado en los dos polos”.

¿Está en sus planes acceder al lugar más meridional del planeta, el Polo Sur Geográfico, donde se halla muy cerca la base norteamericana Amundsen-Scott? “No me interesa ir porque sólo hay hielo, no hay roca. Si no hay un interés geológico, me quedo en casa”.

La pasión por la geología lo ha llevado a sitios a donde muy pocos humanos accedieron, y él fue siempre detrás de su roca. “La Antártida es una circunstancia, si la roca está en el Sahara, allí voy”, expresa. Enseguida, con humor, asegura: “En la próxima reencarnación estudiaré corales en el Caribe, un lugar donde me caliente los huesos”. Claro que, si entonces bucea en ese cálido mar dando vueltas una y otra vez alrededor de las rocas, ya sabemos la razón.

Fuente: Noticias Exactas de la UBA / Lunes 8 de Abril de 2013


Deja un comentario

Revelan detalles del choque que, hace millones de años, protagonizó la Patagonia

Está región habría sido junto a Chilenia un continente aislado que hace 320 millones habría colisionado con el supercontinente Gondwana, dejando rastros geológicos desde Sierra de la Ventana hasta la provincia de Mendoza.

Entre los geólogos que reconstruyen el pasado de nuestra Tierra se plantea una gran controversia. ¿Fue realmente la Patagonia un continente a la deriva que colisionó hace millones de años con Gondwana, el supercontinente formado por las tierras que hoy conocemos como Sudamérica, África, India, Antártida, Malvinas y Oceanía? ¿O tal vez se trató de un territorio que siempre estuvo ubicado más o menos en el mismo lugar y sólo se “acomodó” con Gondwana?

Ahora, investigadores de la UBA realizaron un estudio que sugiere que la primera de las alternativas es la correcta, aunque se trató de una especie de choque en cadena: durante los finales del Devónico, hace 320 millones de años, Chilenia (actualmente en la zona de cuyo y parte de Chile) colisionó con Gondwana desde el oeste y Patagonia desde el sur-suroeste.

Para llegar a estos resultados, los científicos del Instituto de Geociencias Básicas, Aplicadas y Ambientales de Buenos Aires (IGEBA), que depende de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA y del CONICET, combinaron distintos enfoques: observaciones de campo, trabajo de laboratorio y análisis de paleomagnetismo, la disciplina que estudia la “memoria” magnética de las rocas.

Según indicó a la Agencia CyTA la autora principal del estudio, la doctora  Renata Nela Tomezzoli, “la deformación a lo largo del margen sur-suroccidental del Gondwana, desde Sierra de la Ventana hasta el Bloque de San Rafael, representaría el choque de Chilenia por el oeste y de la Patagonia por el sur con Gondwana”.

De acuerdo con la investigadora del CONICET, esas deformaciones constituyen “suturas” que evidencian esas colisiones entre esos continentes. “Uno de los secretos para poder entender como evolucionó geológicamente una región durante millones de años está en comprender cómo, cuándo y por qué se deformaron las rocas para lucir como las vemos en la actualidad”, dijo Tomezzoli, para quien la Tierra se puede pensar como un pan que sale del horno: “En sus inicios, hace aproximadamente 5600 millones de años, era un planeta caliente que se fue enfriando de afuera hacia adentro. Las placas continentales, que podríamos asimilarlas con la corteza del pan, se unieron, cual rompecabezas, formando al menos tres supercontinentes a lo largo de toda la historia geológica del planeta”. Luego, estas placas se separaron y dieron lugar a la actual conformación del mapamundi.

En geología, se distingue entre colisión y acomodamiento. La primera describe un proceso de deformación de primer orden, como el que dio origen a la cadena del Himalaya la impactar las placas tectónicas de India y la asiática. El acomodamiento, en cambio, es un proceso secundario que implica un roce o desplazamiento mutuo entre placas.

La región analizada en este trabajo, publicado en la “Revista de la Asociación Geológica Argentina”, incluyó estudios geológicos que se extendieron entre las provincias de Buenos Aires, Mendoza, La Pampa y Río Negro.

Fuente: Portal de Internet Agencia CyTA / Miércoles 10 de Abril de 2013


Deja un comentario

Acuerdo Binacional para monitorear volcanes

Argentina y Chile firmaron convenios con el fin de desarrollar acciones de cooperación científica para monitorear los volcanes que se encuentren en la frontera.

Ambos países acordaron llevar adelante acciones para controlar, monitorear y gestionar la actividad de los volcanes Copahue y Puyehue y generar información destinada al conocimiento científico y la prevención de riesgos naturales.

El Acuerdo Binacional fue firmado entre la Secretaría de Minería (SMIN) dependiente del Ministerio de Planificación Federal y el Servicio Nacional de Geología y Minería (SERNAGEOMIN) de la República de Chile.

Además se prevé sumar a estas tareas a los organismos que ya participaban de la mesa de emergencia por actividad volcánica, entre los que se encuentran el Ministerio de Salud a través de la Dirección nacional de emergencias sanitarias, Defensa Civil, Servicio Meteorológico Nacional, Centro de Avisos de Cenizas volcánicas, Secretaría de articulación científico tecnológica del Ministerio de Ciencia y Técnica, VAAC Buenos Aires, Ministerio de Turismo a través de la Administración de Parques Nacionales, Instituto Nacional del agua, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales, Gendarmería Nacional, Instituto Nacional del agua, Administración Nacional de Aviación Civil, Instituto Nacional de Tecnología Industrial, Administración Nacional de Aviación Civil, entre otros.

Fuente: Portal de Internet Argentina.ar / Viernes, 08 de Febrero de 2013


Deja un comentario

Fósiles y petróleo en la cuenca neuquina

Beatriz Aguirre Urreta, doctora en Ciencias biológicas, investigadora principal del Conicet, profesora titular de Paleontología. El estudio de los fósiles permite datar y conocer la antigüedad de las rocas. A su vez, establecer su datación y su distribución es importante para la exploración y explotación petrolífera. Fósiles, microfósiles y nanofósiles ayudan en la tarea.

–Cuénteme un poco.

–Bueno, como bien puso usted, mi formación es en Biología, pero toda mi carrera la hice en el Departamento de Geología. Mis investigaciones siempre se centraron en el estudio de amonoideos de las cuencas argentinas, básicamente el Cretácico de la Argentina. Inicialmente empecé mis trabajos en la cuenca austral, en la parte sur del país, y después de que terminé mi doctorado e hice un posdoctorado en Sudáfrica e Inglaterra, me mudé a la cuenca neuquina. Y hace 20 años que trabajo allí.

–¿Y qué busca?

–Yo estudio, como le decía, amonoideos.

–Que son…

–… moluscos que tienen el aspecto de un caracol, pero en realidad son parientes cercanos de los pulpos y los calamares, son cefalópodos. Tienen una conchilla externa muy fosilizable. Por eso son muy abundantes. Lo que uno podría preguntarse es por qué es importante estudiar a los amonoideos. Y resulta que son excelentes fósiles guía, nos sirven para datar precisamente las sucesiones sedimentarias. Eran organismos que andaban nadando por los océanos, con una gran capacidad para dispersarse, y esos mismos amonites que tenemos en la cuenca nativa se conocen en los Himalayas, en la Antártida. Eso nos permite tener una línea temporal de las sucesiones sedimentarias, nos permite datar relativamente (porque no puedo ponerles números) qué es más antiguo y qué es más moderno y relacionarlo con otras partes del mundo.

–¿Y cómo se sabe?

–Por la ley de superposición de los estratos. Las cosas más antiguas se depositan antes y las más modernas, después.

–¿Y hay diferencias entre los depositados antes y los depositados después?

–Sí. Una pregunta de Paleontología I de final es qué es un buen fósil guía. Y los chicos tienen que saber que un buen fósil guía es aquel que es fácilmente reconocible y presenta cambios rápidos en el tiempo, de manera que un amonito del Jurásico es muy distinto de uno del Cretácico. Ya su vez, a niveles mucho más pequeños, los amonites del Jurásico temprano son distintos de los del Cretácico tardío. Entonces uno encuentra una serie a lo largo del tiempo, y se puede obtener una resolución más o menos de unos 500 mil a un millón de años, que desde el punto de vista geológico es muy buena. Por eso son buenos fósiles.

–¿Qué averiguó con eso?

Empezamos con una idea básica de las sucesiones geológicas en la cuenca neuquina, a partir de una monografía monumental hecha por un norteamericano en la década del ’30. Eso era una base, pero lo que hemos hecho nosotros en estos años es afinar muchísimo y ahora tenemos una zonación equivalente a la de Europa, en la cual hay gente trabajando hace 200 años. Los logros nuestros son en ese sentido. Y lo que estamos trabajando ahora con otros investigadores es intentar lograr que todos esos datos que manejamos, que son relativos, se conviertan en un número absoluto, que se obtiene ya no por los fósiles sino por las rocas. Se trata de combinar la información estratigráfica relativa de los fósiles con la información absoluta de las rocas.

–¿Usted diría que la ciencia que practica es puramente descriptiva? ¿Busca describir más que explicar?

–Nosotros tenemos que hacer una tarea de base descriptiva, pero con los datos que tenemos hay que hacer otro tipo de análisis. Para eso tenemos que tener una buena base: no podemos ponernos a analizar si no estamos seguros de lo que estamos analizando. Primero, entonces, tenemos que tener la base, y con eso podemos hacer otro tipo de interpretación.

–¿Y cuál es ese otro tipo de interpretación?

–Poder producir para la cuenca neuquina (que tiene grandes posibilidades de desarrollos de yacimientos no convencionales) un modelado más preciso de esas sucesiones, estudiando los fósiles, los paleoambientes. Ahora estamos tratando de agregar las edades absolutas, que son un modelo generalizado en el cual nosotros aportamos un granito de arena.

–¿Y eso se aplica al petróleo?

–Claro.

–¿Por qué?

–Bueno, además de mi trabajo particular, tenemos gente en el grupo que trabaja en microfósiles y en nanofósiles. Esos fósiles, en cierta medida, son mucho más útiles para los estudios petroleros, porque ellos pueden trabajar con restos de fósiles que se extraen de los pozos y obtener datos tan certeros y tan precisos (o incluso más) como los que dan los amonoideos. De manera que a esa utilidad de una base de datos general se unen otros grupos de fósiles que sirven para datar de manera muy precisa. Si uno perfora un pozo, con un pedacito de roca del tamaño de una uña podemos saber la edad. Eso se está haciendo y se está aplicando a los estudios de la cuenca neuquina.

–¿Y la edad tiene que ver con la calidad del petróleo?

–No, la edad tiene que ver con las rocas portadoras de los hidrocarburos. No todas las rocas tienen hidrocarburos: algunas son rocas madre de hidrocarburos, otras son rocas portadoras de hidrocarburos y otras no son nada. Es muy importante entonces saber la edad de esas rocas, y los estudios de microplancton y nanofósiles ayudan especialmente a esa datación más que los megafósiles, que es lo que hago yo.

–¿Y en qué ayuda lo que hace usted?

–En parte, como le decía, es mi granito de arena para esta datación, pero en parte el interés tiene más que ver con la ciencia básica que con una aplicación concreta. Pero de pronto aparece un amonito, una corona…

–Una corona…

–Sí. Cuando se hacen las perforaciones para exploración de hidrocarburos, sacan como si fuese un testigo de roca que después se analiza en mucho detalle. Se toma un “tubo” de roca y se estudia en detalle. Este proceso es muy caro, por lo cual no se hace para todo el trayecto sino para los tramos que los geólogos del pozo consideran que son más importantes. En esas coronas se hacen estudios sedimentológicos, de cantidad de materia orgánica, de microfósiles y de nanofósiles. En ese sentido, el trabajo que hacen los micropaleontólogos está más cercano a la industria que el que hacemos quienes nos dedicamos a fósiles. Pero a mí me han llamado porque en un pedazo de roca hay un amonite que justo fue preservado, de casualidad, allí. No es habitual, pero ha pasado.

–¿Y qué pasa allí?

–Bueno, a veces se puede determinar la edad de la corona a partir de ese amonite, con lo cual resulta muy útil, y otras veces no. Depende cuán bien preservado está.

–¿Qué edad tienen las rocas que tienen petróleo?

–En todo este boom de ahora, de yacimientos no convencionales, tienen alrededor de 140 o 150 millones de años.

–Son recientes.

–Bueno, para una persona común son viejísimos. Para un geólogo no es tanto.

Fuente: Página 12 / Miércoles 23 de Enero de 2013